En Loudun, los exorcistas sostenían que las ursulinas señalaban al cura Urbain Grandier como el causante de que los demonios hubiesen penetrado en sus cuerpos. Fue detenido en diciembre de 1633. Ocho meses más tarde, una comisión lo declaró mago, hechicero y autor de la posesión; ese mismo día, el 18 de agosto de 1634, fue ejecutado.
El rumor se había iniciado hacia finales de 1632. En la villa de Poitou, se aseguraba que las monjas del convento de las Ursulinas se hallaban poseídas. Muy pronto, los exorcismos comenzaron a practicarse tanto en público como en privado. Interrogadas en latín, las religiosas respondían en dicha lengua, y los nombres atribuidos a los demonios se repetían a lo largo de las ceremonias. Champagnac ironiza sobre sus faltas de sintaxis latina, si bien su burla responde a la mirada de un autor que escribe dos siglos después de los hechos.
El sacerdote Jean Mignon, confesor y director de la comunidad, imputó los fenómenos a Grandier y lo acusó formalmente de hechicería. Otros eclesiásticos y vecinos principales secundaron la incriminación. Champagnac sostiene que los capuchinos de Loudun, abiertamente hostiles a Grandier, buscaron el valimiento del padre Joseph, confesor de Richelieu. Escribieron al cardenal asegurándole que el párroco era el autor de un libelo injurioso titulado La Cordonnière de Loudun. El ministro comisionó entonces al consejero de Estado Laubardemont para investigar lo ocurrido con las religiosas. El capítulo interpreta esta resolución como la firme voluntad de perder a Grandier; la diligencia misma y la instrucción sumarial ulterior constituyen los elementos que el cronista sitúa en primer plano.
Grandier no carecía de enemigos antes de que diesen comienzo los exorcismos. Hijo de un escribano real de Sablé, había cursado estudios con los jesuitas en Burdeos. Tras ordenarse sacerdote, obtuvo dos beneficios en Loudun: la cura de almas de Saint-Pierre y una prebenda en Sainte-Croix. El éxito de sus prédicas desde el púlpito y su fama de orador le granjearon, según refiere Champagnac, los recelos de ciertos religiosos. Contaba asimismo con adversarios a causa de varios litigios de los que había salido victorioso, así como por un talante que el autor califica de altivo y orgulloso.
En 1629, el tribunal eclesiástico del obispado de Poitiers lo había condenado a tres meses de ayuno a pan y agua, junto con la suspensión del ministerio en la diócesis durante cinco años y la inhabilitación a perpetuidad en Loudun. Grandier apeló el fallo ante el tribunal del presidio de Poitiers, donde fue declarado inocente, según consigna el texto. Celebró su triunfo sobre sus detractores de forma harto ruidosa. La relación presenta este revés judicial como el detonante que atizó el resentimiento de sus contrarios; asimismo, recoge otros reproches atinentes a su conducta privada, cuyo valor fáctico aparece entremezclado con los juicios morales del propio cronista.
La reseña atribuye también la inquina contra él a un sermón en el que Grandier recordó el precepto de confesarse con el propio párroco por Pascua de Resurrección. En ese mismo período sitúa su pretensión de asumir la dirección espiritual de las ursulinas. Se le acusó entonces de pretender transformar el convento en escenario de deshonestidades y de haber seducido allí a varias mujeres. Tales imputaciones sobre su vida íntima figuran en un pasaje que entrelaza celos clericales, disputas por prebendas y la crónica procesal, contribuyendo tanto a perfilar a sus acusadores como la figura del reo.
Laubardemont mandó prender al cura en diciembre de 1633. Recabó declaraciones en las que Mignon y sus allegados desempeñaban un papel primordial, tras lo cual regresó a París para conferenciar con Richelieu. Hubo que esperar hasta el 7 de julio de 1634 para que se expidiesen las cartas patentes que ordenaban la apertura del juicio. En virtud de estas, la causa quedaba encomendada a Laubardemont y a doce jueces reclutados en los tribunales comarcanos. A ojos de Champagnac, el hecho de que fuesen seleccionados por los propios enemigos de Grandier anticipaba ya el desenlace. El procedimiento se articuló como una comisión extraordinaria y no como una audiencia ordinaria en la que el párroco hubiese podido acogerse a un fuero independiente.
Durante los careos, Grandier fue puesto frente a las religiosas, pero, según apunta Champagnac, ninguna fue capaz de reconocerlo. El texto refiere que se tomó declaración a seis mujeres y a sesenta testigos sobre cargos de incesto, adulterio y sacrilegio. Recoge asimismo el testimonio de dos mujeres que afirmaban haber mantenido trato carnal con él, una de las cuales le imputaba haberle ofrecido un puesto entre las hechiceras. Todos estos elementos constan en la crónica como cargos de la acusación; el autor los tacha de falsos o calumniosos, omitiendo la transcripción literal de las deposiciones.
El 18 de agosto, los jueces dictaron sentencia. La crónica señala que las declaraciones atribuidas a los espíritus malignos correspondían en verdad a las de las religiosas, bastando para declarar a Grandier convicto de magia, maleficio y posesión diabólica. El tribunal le impuso la pena de amonestación pública y lo condenó a ser quemado vivo en la hoguera, junto con los supuestos pactos y caracteres mágicos, disponiéndose además la dispersión de sus cenizas. La sentencia unía de este modo una imputación de índole sobrenatural con la pena capital.
Antes de conducirlo al cadalso, se hizo comparecer a un cirujano en la prisión. Recibió orden de raparlo íntegramente con el fin de hallar en su cuerpo el estigma o marca del diablo. El recluso se sometió a la operación; el cirujano, no obstante, se negó a arrancarle las uñas, horrorizado ante semejante crueldad. Aquel forzado expolio capilar no arrojó señal alguna, pero sirvió para someter al condenado a una severa humillación previa al suplicio.
Aquel mismo día, en la sede judicial de Loudun, se dio lectura a la sentencia ante los jueces y un concurso numeroso de gentes. Grandier proclamó su inocencia y aseveró que jamás había ejercido la magia. Laubardemont mandó entonces desalojar la sala y se entrevistó a solas con él durante largo tiempo, instándole a delatar a sus cómplices a cambio de una eventual conmutación de la pena. Grandier replicó que no podía tenerlos, siendo del todo inocente. Se decretó entonces que fuese sometido a tormento. Champagnac detalla los instrumentos empleados, mas la narración prescinde de tales pormenores corporales: baste señalar que la tortura se prolongó hasta provocar el desvanecimiento del reo.
El capítulo distingue entre el tormento ordinario y el extraordinario, de mayor rigor, y consigna que Grandier perdió el sentido en repetidas ocasiones. Los frailes recoletos tomaron parte activa en la diligencia. Al suspenderse la tortura, el reo quedó tendido en el suelo y reiteró en voz alta que no era hechicero. Mantuvo su postura aun después de una prueba cuya desmedida crudeza documenta Champagnac.
Tras el tormento, Grandier admitió haber redactado un opúsculo en contra del celibato eclesiástico, manifestando haberlo escrito para persuadir a una dama a la que amaba, cuyo nombre rehusó desvelar. Al solicitar como confesor al guardián de los cordeleros, se le impuso un recoleto a quien consideraba su enemigo. Más tarde, el padre Grillau acudió a transmitirle el consuelo de su madre y a confortarlo en la fe. Los arqueros apartaron a este último con violencia cuando ambos hombres se encontraron durante la ceremonia de la retractación pública.
A las cinco de la tarde, Grandier fue sacado en parihuelas. Se leyó de nuevo el fallo condenatorio y se le paseó por diversas iglesias antes de alcanzar la plaza de Sainte-Croix. Según la crónica, se le había prometido permitirle dirigir la palabra a la multitud y estrangularlo antes de que prendiesen las llamas; ninguna de estas dos promesas fue cumplida. Cada vez que intentaba hablar, un exorcista le arrojaba agua bendita a la cara. Al pie del poste, Grandier suplicó que se honrase la palabra de estrangularlo previamente. El padre Lactance, uno de los clérigos a quienes Champagnac señala como instigador principal del hostigamiento, prendió fuego a la pira por su propia mano. El párroco proclamó por última vez que desconocía por entero al demonio e imploró la clemencia divina. Las llamas lo devoraron vivo.
Tras su muerte, los ecos de la causa continuaron girando en torno al testimonio de las ursulinas. Champagnac relata que varias de ellas confesaron tiempo después haber calumniado a Grandier, inducidas por las sugerencias de Mignon y de otros eclesiásticos. Recoge asimismo las severas censuras de Voltaire contra los acusadores, las supuestas posesas, Laubardemont y el propio Richelieu. Tales valoraciones conforman la lectura retrospectiva del texto. El destino de Grandier concluye en la contradicción insalvable entre una comisión que dictó su condena a muerte y las confesiones de las monjas que la crónica sitúa con posterioridad a la pira.
