El 9 de agosto de 1765 se advirtió que un crucifijo de madera, erigido en el Pont-Neuf de Abbeville, presentaba daños. Las primeras sospechas, según refiere Champagnac, recayeron sobre unos soldados ebrios que salían de una taberna. Ningún testigo señaló entonces al caballero de La Barre. Y sin embargo, menos de un año más tarde, aquel joven sería conducido al cadalso al término de un proceso en el que el percance del puente, el paso irreverente ante una procesión y ciertas coplas referidas acabaron confundiéndose en una misma imputación.
En 1764, la abadesa de un convento de Abbeville había mandado llamar a su lado a su sobrino, el caballero de La Barre, nieto de un teniente general. Su padre había dilapidado un patrimonio considerable; la tía veló por el muchacho con desvelo maternal y procuraba obtener para él una compañía de caballería. Residía fuera del claustro y cenaba con frecuencia en su mesa en compañía de algunos amigos. Entre las relaciones habituales de la abadesa figuraba Duval de Saucourt, de unos sesenta años de edad, teniente del tribunal de la elección y comisionado en ciertos asuntos de la comunidad. Champagnac refiere que Duval concibió por ella una viva pasión y que sus pretensiones, al principio desestimadas con mesura, terminaron por granjearle una profunda aversión.
La discordia cobró un cariz más agrio cuando La Barre salió en defensa de su tía y se dirigió a Duval con altivez. La crónica señala este agravio como el verdadero resorte de la venganza subsiguiente. Duval supo que La Barre y el joven d’Étallonde, hijo del presidente de la elección, habían cruzado una calle al paso de una procesión sin descubrirse. Se propuso presentar aquel descuido de la cortesía debida como un ultraje deliberado a la religión. El suceso del crucifijo, acaecido escasos días después, le brindaría la ocasión propicia para vincular dos hechos que la relación histórica considera enteramente inconexos.
El obispo de Amiens, sobre quien recaía asimismo la jurisdicción eclesiástica de Abbeville, confirió a la mutilación del crucifijo una resonancia extraordinaria. Se promulgaron monitorios y se dispuso una solemne procesión expiatoria. Durante meses circularon rumores sobre supuestos sacrilegios: se murmuraba la existencia de una secta entregada a quebrar crucifijos y profanar hostias, y no faltaron personas que llegaron a aseverar que habían visto manar sangre de ellas. Champagnac equipara tales habladurías a las añejas y mendaces inculpaciones propagadas contra los judíos en diversas ciudades de Europa. No expone estos relatos a modo de hechos acreditados, sino como la manifestación de una atmósfera de pavor y calumnia.
Duval hizo comparecer a criados, sirvientas y operarios que habían tratado al joven. A tenor de la crónica, respondieron en un principio que lo creían inocente del deterioro del crucifijo. Ningún indicio vinculaba a La Barre con semejante desafuero; se propendía más bien a juzgarlo un accidente fortuito, acaso provocado por una carreta cargada de leña. Duval no depuso su empeño. Valiéndose de amenazas y discursos conminatorios, persuadió a varios declarantes de que debían delatar al caballero por haber transitado a corta distancia de una procesión con la cabeza cubierta y por haber entonado, en cierta ocasión, canciones libertinas.
Él mismo elevó una deposición formal ante el primer juez de la senescalía y obtuvo que se oyera a los denunciantes. La causa no tardó en ramificarse: cada cual refería lo que afirmaba haber visto u oído, y en ocasiones lo que creía recordar. Las cinco personas encausadas fueron La Barre, Moinel, d’Étallonde, Douville de Maillefeu y el propio hijo de Duval. El sumario reunió así a cuantos se decía relacionados con ambos episodios, a pesar de que el primero —el crucifijo maltrecho del puente— no guardaba identidad alguna con el paso ante el cortejo sacro. Los testigos instigados por Duval señalaron asimismo al vástago de este entre los presuntos partícipes en las impiedades secretas. Afirma la crónica que Duval, consternado en un principio, facilitó la evasión de su hijo y redobló a continuación la saña de su persecución judicial.
El cuerpo de la acusación se nutrió de testimonios indirectos, de expresiones atribuidas a los jóvenes y de conductas privadas pretéritas, todo ello refundido en un legajo único. La Barre y Moinel, de unos quince años de edad, fueron interrogados. El vocabulario de atentado contra la religión blandido por el juez quebrantó el ánimo del más joven: Moinel cayó de rodillas e hizo una confesión general. La Barre, por el contrario, lo exculpó por entero y perseveró en dicha tesitura hasta el postrer instante.
La suerte reservada a d’Étallonde evidenció la extrema severidad de las penas contempladas. A sus dieciocho años, los jueces de Abbeville lo sentenciaron a que le fuera cortada la lengua, cercenada la mano derecha y a ser atado a un poste para perecer abrasado a fuego lento; el joven huyó, sustrayéndose con ello a la ejecución del fallo. La Barre, que se hallaba preso, fue condenado a ser decapitado antes de que su cadáver fuese arrojado a la pira. Los magistrados ordenaron asimismo la aplicación del tormento ordinario y extraordinario para arrancarle la delación de sus cómplices. De este modo, ambos castigos emanaban del mismo rigor implacable, si bien no prescribían idéntico suplicio. La tortura debía preceder a la ejecución de La Barre y servir exclusivamente para obtener nombres: en ningún caso descansaba sobre la prueba concluyente de su intervención material en el quebranto del crucifijo, hecho que la crónica cuida siempre de distinguir de los restantes cargos. Champagnac recuerda que una ordenanza de 1666 preveía meras sanciones pecuniarias para las blasfemias, el doble en caso de reincidencia y la picota tras reiteradas recaídas; y reprueba el recurso a la pena capital en esta causa. Dicha disposición legal, según la compendia la crónica, no derogaba la crudeza de los fueros antiguos, mas en modo alguno decretaba la muerte por los dichos y ademanes imputados al caballero. El cronista contrapone, por ende, las penas fijadas por la letra de la ley a las sentenciadas por el tribunal, coligiendo de tal disparidad la patente violencia judicial que abatió al encausado. La sentencia de Abbeville fue pronunciada el 28 de febrero de 1766.
Dado que la senescalía dependía del Parlamento de París, el reo fue trasladado a dicha corte. Los magistrados de la capital confirmaron el fallo y La Barre fue devuelto a Abbeville. Quienes lo custodiaban tomaron caminos extraviados. Viajaba en una silla de posta, apostado entre dos oficiales de justicia y escoltado por arqueros disfrazados de correos; temíase, refiere la crónica, que sus deudos intentasen liberarlo por la fuerza.
El 1 de julio de 1766 se le sometió al tormento en Abbeville. Tras sufrir un desmayo, recobró el conocimiento y sostuvo no tener cómplice alguno. El fraile dominico que lo reconfortaba espiritualmente, allegado a su tía, no lograba contener el llanto; el caballero se dedicó a consolarlo. Compartieron el almuerzo y La Barre propuso seguidamente tomar café, apostillando con serenidad que aquello no le quitaría el sueño. Tales pormenores, transmitidos por la relación de Champagnac, dotan a la escena de una singular templanza en medio del implacable aparato represivo.
La mutilación lingual mandada por la sentencia no llegó a consumarse: ante su resistencia, los verdugos se limitaron a simular la operación, conforme asevera la crónica. La Barre subió al cadalso desprovisto de queja o cólera. Al religioso le confesó: «¡No creí jamás que pudiera darse muerte a un joven hidalgo por tan menguada causa!». Fue ejecutado ese mismo día.
El ajusticiamiento sumió a Abbeville en una profunda consternación; las diligencias contra los restantes encausados no prosiguieron, según consigna Champagnac. Voltaire, que había reivindicado la memoria de Calas, dio a la estampa a su vez una relación del trágico fin de La Barre bajo la identidad apócrifa de M. Casen, abogado. La crónica toma prestados de dicho opúsculo sus rasgos primordiales. Fue así como el asunto del crucifijo permaneció en el origen y umbral de un proceso que acabó juzgando de consuno un menoscabo material jamás probado contra La Barre, un sombrero conservado sobre la cabeza ante una comitiva sacra y meras palabras juveniles atribuidas por terceros.
