En 1769, Pierre-Paul Sirven regresó a Francia para solicitar un lugar en prisión. Había cruzado las montañas con el fin de escapar de los jueces; ahora franqueaba la frontera para ponerse en sus manos. Durante años, la huida le había salvado la vida. Mas no le había devuelto su casa, ni su honra, ni el derecho a evocar a su hija muerta sin escuchar que la había asesinado. Para salir por fin de la causa, era preciso volver a entrar en ella. La puerta de un calabozo ofrecía este singular principio para reparar una injusticia.
Sirven conocía bien, sin embargo, los límites, las medidas y las pruebas. Como comisario de terriers en la comarca de Castres, trabajaba en aquellos registros donde se custodiaban los derechos inherentes a las tierras. Una herencia, un censo, una parcela exigían documentos; una sospecha contra un protestante parecía poder prescindir de ellos. Casado desde hacía largo tiempo y padre de tres hijas, había criado a una familia a la que la religión distinguía de la mayoría de sus vecinos. Esta diferencia no tardaría en procurar a la desgracia doméstica una explicación prefabricada, de esas que eximen de examinar aquello que pretenden esclarecer.
El 6 de marzo de 1760, Élisabeth desapareció. Sus padres la buscaron antes de enterarse de que se hallaba en una comunidad religiosa de Castres, donde se pretendía instruirla en la fe católica. La joven había abandonado el hogar familiar; su conciencia, a partir de entonces, parecía depender de otras autoridades. Entre los padres que la reclamaban y quienes deseaban convertirla, apenas quedaba margen para saber qué sentía ella misma. Se hablaría de ella durante años. Su propia voz apenas nos llega.
Élisabeth regresó varios meses después, sumida en un profundo desasosiego. El relato de Champagnac atribuye este estado a las coacciones padecidas durante su estancia; fue también uno de los puntos controvertidos del proceso. En la casa, la dificultad inmediata residía en impedir que se autolesionara o huyera. Sirven mandó atarle los brazos y proteger las ventanas. Estas precauciones, que la familia presentaba como una penosa necesidad, cambiaron de sentido en cuanto se relataron extramuros. Un padre ya no velaba por una hija enferma: un protestante perseguía a una muchacha que deseaba abrazar el catolicismo.
La acusación gozaba de una comodidad admirable. Si los padres retenían a Élisabeth, ejercían una violencia religiosa; si la dejaban salir, no la protegían. Sirven recabó opiniones, consintió visitas, intentó que se reconociera el estado de su hija. La crónica consigna la visita de médicos designados por el intendente. Nada, no obstante, parecía cerrar definitivamente la puerta a las sospechas. El padre acabó incluso por considerar entregar a Élisabeth al obispo. Confiar a su hija a quienes temía por su influencia pudo antojársele menos peligroso que continuar respondiendo en solitario de su seguridad.
Se ausentó para atender sus quehaceres y consultar a una protectora de la familia. Élisabeth volvió a desaparecer. Esta vez, ninguna casa religiosa la restituyó. Se halló su cadáver en el fondo de un pozo de Saint-Alby. Un pozo ofrece pocas respuestas: devuelve un cuerpo, a veces un objeto, jamás los últimos pensamientos de quien cayó en él. Accidente, acto desesperado, violencia ajena: era imperativo investigar antes de juzgar. El vecindario, por su parte, ya disponía de una historia. La familia habría eliminado a una hija cuya conversión no toleraba.
El nombre de Calas circulaba por la región. En Toulouse, asimismo, la muerte de un hijo en el seno de una familia protestante se había trocado en acusación contra los suyos. Esta vecindad no probaba nada contra Sirven; volvía la sospecha más fácil de reconocer y, por ende, más sencilla de repetir. Las mismas palabras parecían convenir a ambos hogares. Que pudiera superponerse un relato sobre otro se antojaba una confirmación, cuando no era más que una semejanza fabricada por quienes la propagaban.
Los exámenes del cadáver pasaron a formar parte de la disputa. Champagnac describe dictámenes sucesivos e incompatibles, y acusa a los pesquisidores de buscar un respaldo médico para la tesis del homicidio. Sirven opuso testimonios a las imputaciones: era preciso establecer el paradero de cada cual, en qué momento exacto y con qué posibilidades de actuar. Pero una familia señalada en su totalidad como culpable apenas tenía asideros donde refugiarse dentro de su propio relato. Lo que adujera en su descargo corría el riesgo de convertirse en el lenguaje convenido de unos cómplices.
Avisados de la orden de detención, los Sirven huyeron. Abandonaron sus haciendas, sus costumbres, esa red de pequeñas certezas que convierte una tierra en un hogar. La fuga los condujo hasta Suiza. Era posible sobrevivir lejos del tribunal; no era fácil hacer oír allí la propia defensa. La ausencia de los acusados otorgaba a los jueces la potestad de disponer de sus nombres. En 1764, la condena cayó sobre los fugitivos y sus bienes fueron confiscados. La justicia perseguía a una familia que el miedo ya había dispersado; y hallaba en ese mismo miedo una razón suplementaria para condenarla.
Voltaire tuvo noticia de su historia. Conocía la fuerza que adquiere un error judicial cuando se reviste de las formas ordinarias del procedimiento, así como el poder de una causa que se difunde a suficiente distancia para que la vecindad deje de ser su único juez. Escribió, solicitó apoyos, puso en circulación alegatos y recursos. Élie de Beaumont asumió la defensa. La desgracia de los Sirven pasó de los senderos del destierro a los memoriales jurídicos, a las correspondencias epistolares, a las manos de lectores que jamás los habían visto.
Una carta podía partir hacia París mientras la familia aguardaba en Suiza, sin saber qué respuesta recibiría. El trabajo de la defensa arrastraba esa lentitud particular: a cada memorial concluido respondía una nueva espera. Los apoyos eran tangibles; la distancia, también. Para los refugiados, el correo constituía un camino que aún se podía transitar sin riesgo de arresto.
Semejante auxilio no convertía cada jornada en un triunfo. Había que subsistir mientras las gestiones avanzaban y luego recomenzaban. La madre falleció antes de ver el desenlace. Un procedimiento puede conservar escrupulosamente los nombres de aquellos a quienes aflige; no suspende su envejecimiento a la espera de su propia resolución. Cuando Sirven resolvió volver, no conducía a una familia intacta hacia una reparación intacta. Llevaba ante los jueces lo que restaba de su existencia en común, junto a una obstinación que el destierro no había logrado quebrar.
Se constituyó prisionero en Mazamet el 31 de agosto de 1769. Este retorno privaba a sus adversarios del cómodo argumento de la fuga; exponía de nuevo su persona a la sentencia que impugnaba. Su puesta en libertad no le bastaba. Verse expulsado de una cárcel no equivale siempre a verse exonerado de una culpa. En tanto una sombra de duda oficial se cerniera sobre su apellido, aquellos años de campaña no habían conseguido más que un permiso para respirar. Sirven perseveró, pues, en pos del reconocimiento de su inocencia, esa conclusión indubitable que tantos procesos judiciales saben soslayar.
El 25 de noviembre de 1771, el tribunal de Toulouse revocó la condena y le restituyó sus posesiones. El tiempo de la justicia había alcanzado por fin al hombre a quien había forzado al destierro. Quedaban una hija muerta, cuya pérdida no podía reparar sentencia alguna; una esposa perdida durante la tribulación; años consumidos para obtener lo que debió preceder a todo fallo: el examen riguroso de los hechos. El proceso Sirven no concluye con un culpable vicario ofrecido a la curiosidad pública. Concluye con una familia a la que debe cesar de imputarse un crimen. Tras tantos discursos, no era más que una frase sencilla. La justicia había tardado casi una década en avenirse a pronunciarla.
