En Hounslow Heath, un hombre desaparece al borde del camino. John Cole Steele, comerciante de agua de lavanda, había dejado Londres para dirigirse a su plantación de Bedfont. Debía regresar como de costumbre; en su lugar, sus allegados rastrean sus huellas por veredas y matorrales. Lo hallan bajo un arbusto, con el rostro y el cráneo destrozados, despojado de sus botas y su sombrero, con los bolsillos de sus ropas seccionados. Junto al cuerpo, un viejo tocado de corte militar alimenta en un principio la sospecha de que unos soldados han cometido el crimen. Nadie puede, sin embargo, señalar a un culpable. Cuando el jurado escuche la descripción del cadáver, sabrá que una correa de cuero le ceñía la garganta y que un grueso garrote y unos zapatos viejos habían sido abandonados cerca de los restos. Diversas manchas de sangre marcaban el otro lado del camino; los pesquisas creyeron deducir que el cuerpo había sido arrastrado.
La familia de Steele había aguardado en vano su retorno. El proceso, tal como lo consigna Borrow, reconstruye las últimas horas a partir de recuerdos que no siempre concuerdan en la exactitud de las fechas. El comerciante se había trasladado a Bedfont, donde cultivaba la lavanda, y pernoctó luego en Feltham. Al caer la tarde, emprende la ruta hacia Londres a pie, a falta de haber encontrado un carruaje. La desaparición se remonta a principios de noviembre de 1802.
Durante varios años, las pesquisas resultan infructuosas. Se detiene a varios sospechosos, en particular a dos peones que disputan en Bristol y se acusan mutuamente de crímenes espantosos. La investigación los exculpa. Se reúne un fondo caritativo para auxiliarlos; Sir Richard Ford les entrega tres guineas y un salvoconducto para Liverpool. La pista del sombrero militar no basta para esclarecer quién mató a Steele, y la causa permanece abierta.
El vuelco procede de un hombre ya condenado por robo. Benjamin Hanfield aguarda su deportación a bordo de un pontón carcelario en Woolwich. Gravemente enfermo, habla del asesinato y declara querer hacer una revelación antes de morir. Los magistrados consiguen que se le conduzca a tierra y se le traslade hasta el páramo. Hanfield señala un paraje cercano al undécimo mojón, al borde de una arboleda; refiere que Holloway y Haggerty le habían propuesto participar en un «no toby», un asalto a transeúntes en pleno camino. Según su testimonio, los tres hombres se habían ocultado entre los árboles en espera de algún caminante. Habían salido de Londres a mediodía, haciendo un alto en la posada Bell para beber cerveza negra, aguardando luego junto a la piedra millar del undécimo mojón. Al salir la luna, Holloway juzga que han llegado demasiado temprano. Hanfield relata que avanzan después por la ruta hacia Bedfont cuando Holloway afirma percibir pasos.
Hanfield sostiene que Steele les entrega su dinero y suplica que no le hagan daño. Opone resistencia cuando Holloway le exige su libreta; Hanfield le inmoviliza las piernas mientras Haggerty le registra las ropas. En medio del forcejeo, los hombres cruzan al otro lado del camino. Al acercarse un carruaje y ponerse Steele a gritar, Hanfield refiere que Holloway promete hacerlo callar y le descarga golpes en la cabeza y en el cuerpo.
El hombre que ofreció este relato se incrimina a sí mismo en él: no comparece como un testigo distante, sino como uno de los tres asaltantes. Afirma haberse marchado antes de que los otros dos abandonaran a la víctima.
En Hounslow, según cuenta, Holloway y Haggerty lo alcanzan más tarde. Holloway le pone en la mano el sombrero de Steele, como prueba de que han «rematado la faena». Hanfield desaprueba el asesinato, pero acepta en un principio guardar silencio. De regreso a Londres, interroga a Holloway sobre la libreta robada; este le replica que no compartirá el botín, puesto que se negó a compartir el peligro. Poco después, Hanfield advierte el nombre de Steele en el interior del sombrero. Los tres hombres lo lastran con piedras, atan el forro y lo arrojan al Támesis, cerca del puente de Westminster.
La confesión no se transforma de inmediato en una acusación formal ante la justicia. En Newgate, a Hanfield se le escapa que solo ellos tres conocían el asalto y comprende que los demás reclusos sospechan que va a «delatar». En los pontones de Portsmouth, el remordimiento lo empuja, según dice, a beber para sofocar lo que sabe. Concluye por prestar declaración ante Sir John Carter. Puesto que su propia condena le impide todavía testificar contra sus cómplices, las autoridades solicitan un indulto real. Un oficial acude a buscarlo; camino de Londres, Hanfield muestra de nuevo el escenario del crimen. Su puesta en libertad le permite comparecer a renglón seguido como testigo de la Corona, mas su complicidad exige un escrutinio minucioso de sus palabras.
Holloway es detenido en Brentford; Haggerty, enrolado en la infantería de marina, es hallado a bordo de la fragata Shannon, en Deal. Durante los interrogatorios, Haggerty niega conocer a Hanfield o a Holloway y frecuentar las tabernas mencionadas. Holloway, por su parte, reconoce conocer a ambos, pero asegura no haber bebido jamás con ellos ni haber pisado Hounslow. Ciertos testigos, no obstante, los habían visto en las mismas tabernas de Dyot Street. John Sawyer, que servía en la posada Bell, los vio varias veces en Hounslow, sin poder aseverar que estuviesen juntos. Los guardias aportan asimismo prendas de vestir semejantes a las descritas por Hanfield. Se prueba un par de zapatos en los pies de Haggerty; le vienen algo holgados, pero el zapatero hace notar que han sido deformados por un usuario de menor talla.
Un oficial de policía llamado Bishop aporta una pieza singular. En la comisaría de Worship Street, ambos hombres se hallan confinados en celdas contiguas, separadas por un tabique. Detrás de los calabozos se encuentra una fosa séptica; Bishop toma posición allí tras los interrogatorios y anota cuanto dicen en sus conversaciones. En una de ellas, Haggerty pregunta a Holloway dónde dijo Hanfield que habían bebido ginebra después del homicidio. Holloway responde: en el Black Horse. Haggerty asiente, admitiendo que en efecto bebieron allí. A juicio de Borrow, este diálogo, contrastado con las demás manifestaciones captadas, desbarata sus empeños por negar todo trato.
En el juicio, los dos acusados rechazan de plano el relato de Hanfield. Haggerty asevera no conocer al delator y no haber estado jamás en Hounslow; Holloway admite esta vez haber ido en diversas ocasiones a Hounslow y haber podido coincidir con los otros dos, al tiempo que niega cualquier connivencia con ellos. La defensa puede subrayar la endeblez de un cómplice que salva el pellejo denunciando a quienes acompañó. El legajo de Borrow conjuga, no obstante, su deposición con las palabras sorprendidas en los calabozos, los testigos de sus frecuentaciones, el sombrero y los zapatos. El jurado delibera cerca de un cuarto de hora y declara a ambos hombres culpables.
La noche previa a la ejecución, los dos reos claman todavía su inocencia. Holloway jura no conocer el paraje del crimen. En el patíbulo, reitera él mismo: «¡Inocente!», y luego: «¡No verdict!», según las actas. La crónica se detiene enseguida en la muchedumbre congregada para presenciar el suplicio. Borrow estima que rozaba las cuarenta mil personas; da cuenta de seres aplastados, mujeres incapaces de zafarse de la compresión, un muchacho que pereció bajo los pies de la multitud y una criatura de pecho que pasó de mano en mano hasta que un hombre logró ponerla a salvo bajo una carreta. Los cuerpos fueron conducidos a diversos puestos de socorro. El último acto de la causa resulta ser el de un castigo público que hiere a su vez a los curiosos, en el instante mismo en que dos hombres acaban de expirar sin haber cesado de negar el asesinato.
