El 3 de julio de 1751, hacia las dos de la madrugada, Elizabeth Jeffries se hallaba descalza y en camisa frente a una puerta vecina. «Me temo que lo han matado», dijo. De inmediato apartó la atención de su propio desamparo: era urgente acudir a ver a su tío. Edward Buckle entró en la casa; Swan, el jardinero, le franqueó el paso. El anciano yacía de costado, con tres heridas en la cabeza. Incapaz de articular palabra, apretó la mano de su vecino cuando este le pidió alguna señal de reconocimiento. Fallecería al anochecer del día siguiente.
La escena aún no presentaba los visos de un complot. Jeffries era un carnicero retirado de Londres, viudo y sin descendencia, que se había afincado en Walthamstow, en el condado de Essex, y había acogido a su sobrina. Swan, adiestrado en las labores agrícolas, estaba a su servicio. Pocas horas después de la alarma, Elizabeth rogó a Buckle que difundiese por la comarca que se había perpetrado un crimen y que faltaban diversos objetos de valor: un jarro de plata, una copa del mismo metal y quince platos de peltre. No obstante, en cuanto Buckle propuso arrestar a Matthews, el antiguo criado, la joven le suplicó que no interviniera, alegando que el mozo podría acarrearle problemas a ella misma.
La relación de los preparativos saldría de labios de Matthews, convertido ya en testigo de cargo. Había llegado de Yorkshire en busca de trabajo; Jeffries lo había encontrado al borde del camino, carente de recursos, y lo había contratado como peón de jardín a cambio de comida, pero sin percibir jornal alguno. Cuatro días después de entrar en la casa, mientras Matthews sacudía el polvo de una cómoda y varias sillas, Elizabeth le preguntó qué haría si alguien le ofreciese cien libras. Matthews respondió que aceptaría cualquier proposición honesta. Ella lo mandó hablar con Swan.
En el jardín, Swan sonrió. Condujo a Matthews hasta un cobertizo y precisó la oferta: recibiría setecientas libras si le descargaba un golpe fatal al amo en la cabeza. Dos días después, Jeffries despidió al muchacho entregándole un chelín. Swan, en cambio, le proveyó de media guinea para que comprase dos pistolas. En la versión que llegaría ante la justicia, la promesa de una pequeña fortuna y las armas precedieron por muy poco a la muerte del dueño de la casa.
Según este testimonio, el dinero no duró mucho en manos de Matthews. Lo gastó en la taberna The Green Man, en Low Layton, y luego reanudó la marcha hacia Londres. Swan lo alcanzó y lo arrastró hasta Whitechapel, al mesón Green Man and Bell, regentado por Gall. Estuvieron bebiendo hasta la noche. Embriagado, Swan increpó a los presentes retándolos a pelear por una guinea; acto seguido se despojó con furia de su capote y lo arrojó al fuego. El tabernero lo rescató de las llamas: la prenda resultaba pesadísima y, al registrar los bolsillos, halló las dos pistolas.
Ambos pasaron la noche en el calabozo y comparecieron a la mañana siguiente ante el juez de paz Samuel Gower, quien ordenó recluirlos en Clerkenwell por alteración del orden. Elizabeth pagó la fianza para asegurar su comparecencia. Poco después, los tres volvieron a reunirse en la taberna de Gall. La mujer increpó a Matthews por haber comprometido a Swan, extremo que el peón negó. Ella le dio un chelín y le concertó un encuentro en Stratford. Allí, Swan le entregó media corona y fijó una nueva cita: al día siguiente, a las seis de la mañana, en la posada del Buck, en pleno bosque de Epping. Por último, le exigió que regresase a Walthamstow el martes siguiente, a las diez de la noche.
Matthews entró por la cancela del huerto, que habían dejado simplemente entornada al pestillo, y se ocultó tras una cuba en la despensa. Swan le llevó una ración de buey cocido frío. Hacia la medianoche, Elizabeth y el jardinero se reunieron con él. Swan le anunció que había llegado el instante de ultimar al amo. Matthews titubeó y se echó atrás: le faltaba el valor. Elizabeth lo tildó de cobarde por romper su promesa; Swan, encañonándolo, lo amenazó con volarle la cabeza. Luego extrajo un libro e instó a Matthews a jurar sobre él que guardaría absoluto silencio. El peón prestó el juramento, mas reservándose mentalmente el derecho a romperlo si de ello dependía salvar su propio pellejo.
Momentos después, Matthews oyó un disparo. Huyó con presteza por la parte trasera, cruzó la barca de paso y se refugió en Enfield Chase. La crónica judicial no aclara lo que presenció: oyó tan solo la detonación y escapó. Durante las horas posteriores, el vecindario oyó los gritos desgarradores de Elizabeth. Diaper la vio asomada a medio cuerpo por una ventana, tratando de arrojarse. Entró con Clarke y registraron el inmueble en busca de algún forajido; el rocío matutino del césped, no obstante, permanecía intacto. Las trazas del asalto violento que anunciaban los chillidos no hallaron correspondencia exterior alguna.
Swan acudió a buscar al cirujano Forbes, de Woodford, quien constató la presencia de sangre ya coagulada y examinó las heridas. El jardinero mostraba un espanto absoluto y aseveró que con gusto habría entregado su propia vida por salvar la de su señor. Con todo, Jeffries ya no pudo responder a los interrogatorios: falleció entre atroces tormentos al filo de las ocho de la tarde del día siguiente. Elizabeth declaró a los magistrados que había oído un disparo y que se había encontrado a su tío moribundo. A falta de indicios inmediatos en su contra, mandó registrar el testamento y tomó posesión de la hacienda heredada.
Las pesquisas policiales no se detuvieron en estas declaraciones preliminares. La inexistencia de fracturas o huellas de asalto, el hallazgo de las pistolas y las noticias que circulaban sobre los encuentros con Matthews confirieron otra faz a las sospechas. La sobrina y el jardinero fueron conducidos a prisión. El juicio estuvo a punto de celebrarse antes de que Matthews diese señales de vida, pero la acusación se opuso formalmente: la Corona no podía prescindir de tan decisivo testimonio. El tribunal aplazó la causa para las siguientes sesiones de la corte de lo criminal.
Gall, el hostelero de Whitechapel, se lanzó a la búsqueda de Matthews. Averiguó que se había marchado de la India House, donde se había alistado al servicio de la Compañía de las Indias, y acabó por localizarlo en una vivienda de Abel’s Buildings, en Rosemary Lane. Detenido por orden judicial, Matthews accedió a declarar como testigo de la Corona. El 11 de marzo de 1752, en el tribunal de Chelmsford, desgranó minuciosamente el ofrecimiento criminal, el tráfico de armas y la confabulación nocturna. Elizabeth se desmayó en repetidas ocasiones, una de ellas durante más de media hora. La declaración de Matthews, a juicio de Borrow, resultó tajante y se vio refrendada por otras circunstancias concordantes. El jurado emitió un veredicto de culpabilidad contra ambos reos.
Tras el fallo, Elizabeth confesó su culpa y admitió que llevaba dos años rumiando el crimen. Señaló que solo había hallado la ocasión propicia al sumar a Swan al proyecto y acusó al criado de haber sido su brazo ejecutor. Swan montó en cólera cuando le comunicaron tales imputaciones; no obstante, al saber que su cuerpo sería colgado de una horca encadenada, dio muestras de sincero arrepentimiento. El relato de Borrow no sitúa ambas actitudes en un mismo nivel: Elizabeth asume con frialdad el designio criminal, en tanto que Swan pasa de la furia a la penitencia a medida que la muerte se aproxima.
A las cuatro de la madrugada del 28 de marzo, salieron de la prisión para ser conducidos cerca del mojón de las seis millas, en el bosque de Epping. Elizabeth fue trasladada en un carro y Swan sobre un trineo de arrastre. A la rea le sobrevinieron varios ataques nerviosos, aunque recobró la serenidad antes de subir al patíbulo. Llegó a confiar al eclesiástico que la asistía que había mantenido relaciones íntimas con su tío cuando este aún vivía con su esposa, y que el anciano le había suministrado hasta en dos ocasiones brebajes para hacerla abortar. Borrow añade que semejante imputación descansa únicamente en la palabra de la condenada. Elizabeth cayó desvanecida justo antes de que le ajustaran la soga al cuello. Sus despojos fueron entregados a sus allegados; el cadáver de Swan, por el contrario, quedó suspendido de una horca de cadenas que fue reubicada en otro paraje del bosque.
