El 11 de abril de 1729, Mary Green comía a solas en un reservado del Green Lettuce, una taberna de High Holborn. James Cluff, que servía en la misma casa, entró y se reunió con ella. Transcurrieron cuatro o cinco minutos. De pronto, el mozo llamó a su patrona: «Señora, venga, se lo ruego». Mary yacía ya sin vida, herida en el muslo por una cuchillada que le había seccionado la arteria femoral. Aquel grito condujo a los testigos ante el cuerpo exánime; más tarde cobraría un peso decisivo en las declaraciones reunidas contra Cluff.
Cluff era hijo de gentes honradas que regentaban una posada en Clare Market. Sus padres lo enviaron a la escuela y luego lo colocaron como aprendiz en la taberna The Swan, cerca de la Torre de Londres. Allí sirvió con esmero y, a decir del cronista, conservó buena reputación. Cumplido el aprendizaje, trabajó de criado en varias casas públicas. No se le imputó falta alguna conocida hasta su llegada al servicio del señor Payne, dueño del Green Lettuce. Mary Green también servía allí. La fuente refiere que algunos atribuían a James cierto afecto hacia ella, si bien advierte que tal extremo nunca quedó cabalmente probado; en cambio, sí constata que reñían a menudo y que Cluff había llegado a golpearla en ocasiones.
Cluff fue procesado en primer término ante las sesiones del Old Bailey por la muerte de Mary. Asimismo, fue acusado en virtud de la ley sobre agresiones con arma blanca y a raíz de las pesquisas del juez de instrucción de muertes violentas. El jurado lo absolvió al juzgar que las pruebas no eran lo bastante concluyentes para condenarlo. William Green, hermano de la difunta, entabló entonces un procedimiento distinto: la apelación de homicidio (*appeal of murder*), recurso de antiquísima data que facultaba a los parientes de la víctima para promover un nuevo juicio tras una absolución pública. La crónica detalla los rigores formales de esta vía secular, pero en el presente caso el hecho medular es inequívoco: el hermano de Mary llevó la acusación ante un segundo jurado.
Durante la apelación, la crónica recoge las declaraciones que permitieron reconstruir la jornada; ningún testigo afirmó haber visto asestar la herida. Su patrona, Diana Payne, paseaba por la posada con su hijo en brazos. Había visto a Mary bajar al sótano para subir dos pintas de bebida, una para un cliente y otra para su propia comida. Después, Mary se había sentado sola en el reservado. La deposición de Diana situó a Cluff fuera de la estancia cuando la muchacha volvía de la bodega; instantes después lo vio entrar. Según su relato, el mozo dio la voz de alarma pocos minutos más tarde. Al aproximarse al reservado, halló a Mary tendida de espaldas, con Cluff sosteniéndola por los hombros mientras la sangre manaba copiosamente de la herida.
Diana le preguntó qué había hecho. Él respondió que nada. La mujer quiso saber si había visto a Mary atentar contra sí misma; él contestó que no, para añadir luego que la había visto con un cuchillo en la mano en el sótano. La joven ya no hablaba y parecía muerta. Sobrecogida, Diana mandó llamar a su marido y corrió en busca de un boticario.
John Payne, su esposo, confirmó lo esencial de aquel testimonio. Agregó que por la mañana, entre las nueve y las diez, un joven había ido a beber y fumar. Le habían dicho que aquel visitante pretendía en otro tiempo los favores de Mary. Payne creyó ver que el forastero la besaba; advirtió entonces cómo se demudaba el semblante de Cluff, visiblemente descontento, aunque no podía aseverar que existieran relaciones amorosas entre ambos criados. Declaró asimismo haber oído al acusado entrar de modo abrupto en el reservado. Aquellas observaciones apuntaban a un posible móvil según los testigos, pero no bastaban para esclarecer lo ocurrido a solas entre Cluff y Mary tras cruzar el umbral.
Saunders, un parroquiano que comía en el Green Lettuce, ratificó lo sustancial de los testimonios de los señores Payne. Añadió que, tras una reconvención de John Payne, Cluff se había proclamado tan inocente como el niño de la casa. Saunders y Payne bajaron a registrar la bodega en busca del cuchillo que Cluff decía haber avistado; no hallaron en ella rastro alguno de sangre. Saunders afirmó no haber visto cuchillo alguno en manos de Mary cuando bajó por las bebidas y que Cluff no se hallaba cerca de allí en ese instante.
El cirujano Cox examinó el cadáver. Sobre una mesa, entre otros cubiertos, descubrió un cuchillo ligeramente manchado de sangre cuyas dimensiones se correspondían con la incisión. La hoja había atravesado el delantal, un refajo de tela basta y una camisa ordinaria. La herida surcaba el muslo en sentido oblicuo; según Cox, semejante trayectoria resultaba incompatible con una lesión autoinfligida. El cirujano advirtió además que el arma reposaba demasiado lejos para que Mary hubiese podido dejarla allí tras el golpe, pues la sección de la arteria femoral debió causarle la muerte en un minuto o minuto y medio a lo sumo. Descubrió asimismo marcas de violencia bajo la barbilla y junto a la oreja izquierda. Otro cirujano y un boticario refrendaron sus observaciones, de igual modo que un perito médico convocado por la defensa admitió sus conclusiones fundamentales.
Cluff formuló escasas preguntas. Daldwin, citado por William Green, declaró haber presenciado a las nueve de la mañana una disputa entre el preso y la difunta; calificó a Cluff de hombre malintencionado y de áspero carácter. Los letrados de la parte apelante concluyeron su alegato. Cluff negó los hechos, sin ofrecer otra hipótesis que la del cuchillo tomado en el sótano. El jurado se retiró a deliberar y lo declaró culpable.
Entre aquel veredicto y la ejecución, Cluff guardó, según la crónica, un sosiego extraordinario. Acudía a las oraciones de la capilla y permanecía en calma en su calabozo. Lejos de mostrar temor o proferir injurias contra sus acusadores, rezaba por ellos. Los clérigos le suplicaron que no compareciera en el otro mundo con una mentira en los labios y que revelase cómo Mary había recibido la herida. Cluff contestó que reconocía haber incurrido en numerosos pecados, pero que ignoraba cómo había muerto Mary y que no tenía conocimiento alguno del crimen por el que iba a perecer. Mantuvo esta negativa hasta el final.
Al cruzar Holborn, la carreta se detuvo frente a la posada de Payne a petición de Cluff. El reo pidió una pinta de vino y solicitó hablar con su amo. Le dijo que iba a morir por un hecho del que se declaraba inocente y le rogó, tanto a él como a su mujer, que encomendaran su alma a Dios. Les deseó la bendición divina y pidió que el carromato reanudara la marcha. En Tyburn, reiteró idéntica negativa ante la multitud, recordó que había rezado por sus perseguidores y pidió oraciones por su salvación. Deseó verse tan libre de todo otro pecado como lo estaba, afirmó, del crimen por el que moría.
James Cluff fue ejecutado en 1729, a la edad de unos treinta y dos años. La crónica preserva así la absolución primera, la condena dictada tras la apelación de William Green y la obstinada inocencia que Cluff proclamó hasta el último aliento.
