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Justicia y escándalos · Inglaterra

El regreso prohibido de Will Barton

Tras una infancia entre Covent Garden y Jamaica, William Barton sirvió en el ejército, relató diversos robos y asaltó a viajeros en los caminos. Condenado a siete años de deportación tras un delito en Covent Garden, huyó de las colonias y regresó junto a su esposa. El asalto a la carroza del vizconde de Lisbourn lo condujo de nuevo al Old Bailey y al patíbulo, en 1721.

William Barton debía permanecer siete años desterrado de Inglaterra. Sin embargo, regresó antes de expirar el plazo, buscó a su esposa en Londres y reanudó los robos que ya le habían valido la condena. Aquel retorno bastaba por sí solo para costarle la vida; con todo, fue el asalto a la carroza de un vizconde lo que volvió a sentarlo ante los jueces. De todos los viajes que solía relatar, el que lo aproximaba a los suyos habría de ser el último.

William Barton nació en Thames Street, en Londres. Su padre, a quien la crónica describe como un hombre inquieto y entregado a toda suerte de vicios, partió hacia Jamaica en compañía de una mujer y con mercancías que pensaba vender o destinar a una plantación. Dejó al niño al cuidado de su madre, sin asegurarle recurso alguno. El muchacho halló más tarde un hogar junto a su abuelo, que regentaba una importante casa de comidas en Covent Garden. El anciano lo tomó bajo su protección y se mostró tierno e indulgente con él. Los parroquianos solían hacerle pequeñas propinas al joven Will; en conjunto, habrían bastado para asegurarle una subsistencia decorosa en su condición.

Barton, no obstante, soñaba con viajes. Desoyendo las advertencias de su abuelo, se hizo a la mar con el propósito de reunirse con su padre, a quien imaginaba enriquecido en las Antillas. En Jamaica no lo aguardaba la fortuna soñada. Su padre había muerto; la mujer que lo acompañaba se había establecido en una plantación, pero Barton no tenía modo alguno de desalojarla de allí. Volvió, pues, a embarcarse y se ganó la vida como buenamente pudo.

El navío en el que navegaba fue apresado poco después por los españoles, que sospechaban el transporte de contrabando. Barton y sus compañeros cayeron prisioneros y fueron enviados a España. Según el relato, padecieron al principio un trato riguroso y una alimentación precaria; al aproximarse a la costa, su suerte pareció suavizarse ligeramente. Tras desembarcar, fueron encerrados en un presidio de donde Barton no pensaba sino en escapar. Los prisioneros ingleses fueron destinados a la reparación de un viejo muro del patio exterior. Dado que era preciso recalzar los cimientos, Barton y otro compañero aprovecharon las faenas para sustraer las faltriqueras a los soldados españoles y reunir la pólvora en una pequeña bolsa. La dispusieron bajo la parte del muro a la que tenían acceso y le prendieron fuego. La detonación voló dos yardas de mampostería; aprovechando el desconcierto de los guardias, se deslizaron por la brecha y abandonaron la prisión.

Apenas ganaron la calle, los fugitivos buscaron asilo en un monasterio. Los religiosos los alimentaron, los protegieron cuando el carcelero acudió a reclamarlos y los tomaron a su servicio junto al resto de los criados. Aquella hospitalidad les ofrecía sustento y seguridad, pero Barton y su compañero no quisieron aguardar. Durante la noche, forzaron las puertas exteriores y alcanzaron un buque inglés dispuesto a zarpar del puerto. A bordo supieron que los frailes ya habían acordado con el capitán el pago de su pasaje. De modo que su huida no les había reportado sino el peligro de ser capturados de nuevo o de navegar sin auxilio alguno; habrían podido partir por el cauce dispuesto por sus anfitriones de haber tenido paciencia.

De vuelta en Inglaterra, Barton sentó plaza en el ejército y tomó parte en varias campañas en Flandes. Sus oficiales le tenían aprecio, según refiere la crónica, y parecía a punto de ser nombrado sargento pagador. No obstante, la conclusión de la guerra sobrevino cuando aquel ascenso parecía inminente; su regimiento fue disuelto y se encontró sin empleo. Conservaba el gusto por narrar las peripecias aprendidas bajo las armas. Dos de estos relatos versan sobre hechos de latrocinio que él atribuía a sus años de andanzas y que la crónica reproduce como historias de su propia cosecha.

El primero se sitúa en las inmediaciones de Bruselas en torno a la figura del barón de Casteja, noble de origen español. El barón había sido jugador empedernido y había dilapidado su patrimonio; tras heredar de su hermano más de cien mil coronas, reincidió en el vicio. Recibió una primera entrega de cuarenta mil coronas. Acompañado de su esposa, marchó a Bruselas con el pretexto de buscar una colocación para su hijo, llevando consigo veinte mil coronas. El barón olvidó sus propósitos durante una recepción y perdió toda la suma en el juego. De regreso a su hacienda, permaneció de mal humor durante una semana y reunió después en secreto una segunda suma de veinte mil coronas, al tiempo que preparaba una nueva partida.

La baronesa, angustiada por el porvenir de su hijo, se confió a su mayordomo. Este sumó al plan a tres sirvientes y al paje de la señora, recurriendo después a Barton y a otro soldado inglés acantonado en los alrededores. Afirma la crónica que fueron contratados por una módica recompensa. La baronesa dispuso disfraces, mandó cegar el oído de las armas de fuego que portaban su marido y dos criados, y se vistió ella misma con ropas de hombre. Al anochecer, emboscada en un bosque con su pequeña partida, asaltó al barón en el camino. Este no pudo oponer resistencia; el grupo se apoderó de las veinte mil coronas. La baronesa puso el dinero a buen recaudo en beneficio de su hijo, y el barón, conmocionado por la pérdida de lo que debía sostener a su linaje, abandonó el juego para siempre. La crónica presenta esta aventura como el instante en que Barton cobró afición al robo; no obstante, la transmite como una patraña que Barton gustaba de relatar, sin testimonio documental alguno que la corrobore.

Barton refirió asimismo que, tras haber caído prisionero de los franceses, había servido a un oficial gascón menesteroso en una guarnición fronteriza. Los juegos de azar estaban prohibidos en la plaza y los prebostes debían registrar los alojamientos a fin de castigar a los infractores. El gascón se había confabulado con un compatriota y camarada suyo, tahúr de renombre, quien le señalaba las casas donde se celebraban las timbas. El capitán, Barton y otro compinche se disfrazaban de agentes de la ley; casi todas las noches irrumpían en aquellas viviendas seguidos de un tumulto y extorsionaban a los jugadores, que los tomaban por la autoridad legítima. En este episodio, tal como fue referido, Barton participaba en las falsas pesquisas, en tanto que la delación procedía del compatriota del capitán. Una vez más, el testimonio procede de su propia boca, según lo recogió el cronista.

La crónica achaca al afecto de Barton por su esposa buena parte de sus crímenes. No toleraba verla trabajar para ganarse el sustento y ansiaba asegurarle una existencia holgada, aun a costa de la horca. Añade el narrador que de sus viajes había adquirido una notable destreza para planear sus golpes, y que solía repetir una máxima que equiparaba al ladrón con el conquistador: solo el valor del botín los diferenciaría. Tales juicios pertenecen al retrato moral trazado por el autor; con todo, las empresas que refiere ilustran con precisión el método con que Barton organizaba sus asaltos.

Cierto día, en un camino real, Barton divisó una carroza de viaje. Su compañero, antiguo soldado, se adelantó para escudriñar a los ocupantes: cuatro caballeros pertrechados con trabucos, dos damas y un lacayo. Barton le ordenó rodear una colina y disparar un tiro por encima del carruaje en cuanto se hallase a su espalda. Entretanto, Barton avanzaría con paso lento y cerraría el paso al vehículo. Ambos ejecutaron la maniobra. Los viajeros, sobrecogidos por las detonaciones, entregaron cuanto llevaban encima; el botín ascendió a cerca de cien libras. Barton se apoderó también de dos pistolas con incrustaciones de plata y dos trabucos de latón, tras lo cual ambos salteadores emprendieron la huida.

La fortuna de Barton se quebró durante una tentativa de robo en Covent Garden, donde su rostro resultaba harto conocido. Fue arrestado, conducido a Newgate, condenado y sentenciado a siete años de deportación en las posesiones británicas. Una vez desembarcado, fue adquirido por un hacendado por el precio de dieciocho libras. Precisa la crónica que su amo no lo destinó a las faenas agotadoras que suelen evocarse en estos relatos, sino que le encomendó la vigilancia de los esclavos y su cuidado durante las ausencias del propietario. Barton reconoció que gozaba allí de una situación desahogada y que bien habría podido darse por satisfecho. Permaneció algún tiempo en aquella casa, hasta que el recuerdo de Londres, de sus amigos y, por encima de todo, de su esposa tornó la estancia insoportable.

Planeó largamente su regreso pese al riesgo de ser descubierto y ejecutado por quebrantar la condena de destierro antes de tiempo. Halló el modo de zafarse de su señor, subió a bordo de un navío y recaló de nuevo en Londres. Buscó de inmediato a su mujer y se instaló con ella, retomando las viejas andanzas que le servían para mantener el hogar. Barton negó en todo momento que ella hubiese tomado parte en los asaltos o que tan siquiera estuviese al tanto de su procedencia. El sumario no contiene indicio independiente alguno que la incrimine.

Su sola presencia en suelo inglés bastaba para convertirlo en prófugo; un nuevo asalto lo llevó por segunda vez al Old Bailey. Había despojado al vizconde de Lisbourn, par del reino de Irlanda, y a una dama que viajaba con él. El botín se componía de un espadín con guarnición de plata, una tabaquera y cerca de doce chelines. Barton fue capturado, juzgado y declarado culpable. Al escuchar su sentencia, abandonó toda esperanza de conservar la vida y buscó en los libros sagrados y en la oración la paz que confesaba haber extraviado por sus propios vicios. Supo que sus allegados cuidarían de su hija y que a su esposa no le faltaría lo indispensable; disipó entonces las inquietudes materiales y mostró, según el cronista, una serena entereza ante la muerte.

El 12 de mayo de 1721, contando alrededor de treinta y un años, Barton fue ejecutado. El cronista atribuye su firmeza al temple natural que le reconocía y a un tardío retorno a la piedad. Ni los viajes, ni los presidios, ni las evasiones habían apagado el apego a su esposa ni el desvelo por su hija; fueron esos mismos lazos los que lo empujaron a regresar a Londres, donde sus fechorías acabaron por alcanzarlo. Sus relatos sobre Bruselas y Francia nos han llegado como bravatas de sus propias proezas. El fallo definitivo, en cambio, se dictó por el asalto cometido contra el vizconde de Lisbourn y su compañera de viaje.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El sello del billete

Una novela corta de ficción criminal seguiría a un soldado retornado de la deportación a quien se encomienda la entrega de un mensaje sellado destinado a una viuda. Al descubrir que la misiva organiza el robo de la dote de su propia hija, debe debatirse entre facilitar la dirección a los ladrones o alertar a la mujer que le ofreció trabajo. La trama y los personajes serían enteramente ficticios. ¿Logrará amparar a una desconocida sin ser capturado por su fuga? ¿Le seduciría este relato de espionaje y chantaje donde un simple pliego desata una nueva huida?

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Los tres regresos de Will

Una trilogía criminal de ficción acompañaría a un antiguo soldado a lo largo de tres retornos sucesivos. El primer volumen lo traería de vuelta del cautiverio portando una carta falsa de rescate; el segundo narraría su regreso de las colonias tras sustraer el libro de cuentas de una plantación; el tercero lo situaría ante un tribunal donde su esposa, hasta entonces ajena a sus crímenes, se vería forzada a testificar contra su antiguo cómplice. Cada entrega presentaría un caso criminal autoconclusivo con personajes inventados. ¿Es posible huir de un pasado que uno mismo ha forjado? ¿Le atraería esta serie de tres pesquisas entrelazadas por una misma familia?

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Expediente inglés consultado íntegramente. Barton fue condenado a siete años de deportación tras un robo en Covent Garden, escapó antes de expirar el plazo y regresó a Inglaterra. Fue juzgado de nuevo en el Old Bailey por el asalto al vizconde de Lisbourn y a la dama que lo acompañaba; ejecutado en Tyburn el 12 de mayo de 1721, a los treinta y un años de edad aproximadamente. Los episodios de Bruselas (el barón de Casteja) y de la guarnición francesa fueron presentados por el cronista como anécdotas referidas por el propio Barton, careciendo de confirmación independiente en dicha relación. El juicio moral del narrador respecto a su padre, su esposa y sus móviles constituye una interpretación de época. Barton negó siempre la complicidad de su esposa y no constan pruebas en contrario. La fuente hace mención expresa de los esclavos a los que vigilaba en la plantación donde fue vendido, hecho no atenuado bajo eufemismo alguno.

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