En St. George’s Fields, Edward Burnworth congregó a sus cómplices tras enterarse de que un tabernero de Mint andaba tras su pista para entregarlos a la justicia. Thomas Ball conocía a varios hombres de la partida e intentaba hacerlos arrestar. Burnworth propuso asesinarlo para infundir temor a cualesquiera otros que osaran emprender semejante tarea. El grupo asintió, con la sola excepción de John Higgs, quien al principio se apartó. Cuando Burnworth llegó a la morada de Ball, aferró al hostelero, lo arrastró al interior y abrió fuego contra él. Ball expiró en contados minutos. Aquella resolución transmutó a la cuadrilla de rateros en una gavilla de asesinos acosados por un homicidio concertado.
Edward Burnworth, conocido bajo el alias de Young Frazier, había servido como aprendiz de fabricante de hebillas. Al fallecer su padre, su madre quedó en una penuria tan estrecha que el joven se sacudió la disciplina que lo había contenido hasta entonces. Empezó a frecuentar el cercado de Moorfields, donde un individuo llamado Frazier organizaba torneos de juego de bastón. La destreza de Burnworth no tardó en llamar la atención; el gentío lo apodó Young Frazier, apelativo que él no tardó en hacer propio. Se asoció con William Blewit, Emanuel Dickenson, Thomas Berry, John Levee, William Marjoram, John Higgs y algunos otros. La banda se inició en el hurto de carteras para pasar después al robo de faltriqueras, sombreros y espadas en las calles más concurridas de la City: Cheapside, Fleet Street y Charing Cross.
Burnworth ya había purgado encierro en Bridewell y luego había sido transferido a New Prison, de donde logró evadirse. La crónica refiere que más tarde encañonó al cabecilla de los pesquisidores de Jonathan Wild: cargó una pistola y obligó al sabueso a trasegar un vaso de aguardiente mezclado con pólvora, forzándolo a proferir una maldición contra sí mismo en caso de continuar persiguiendo a la cuadrilla. Semejante alarde de intimidación le confirió gran predicamento entre sus acólitos. En lugar de reunirse únicamente cuando asomaba una ocasión propicia para el pillaje, empezaron a acatar sus dictados y a actuar de consuno, sabedores de que varios de ellos estaban en el punto de mira de mandamientos de captura.
La mañana del crimen, Burnworth y un conmilitón llamado Barton allanaron la residencia de un juez de paz de Clerkenwell que ya lo había hecho encarcelar en el pasado. Se incautaron de efectos de valor y de unas monedas que presumían de plata; tras cerciorarse de que eran de vil metal dorado, Burnworth las arrojó al New River, considerando que solo servirían para delatarlos.
Los facinerosos permanecieron en los descampados hasta el anochecer. Llegó entonces un compinche para alertarles de que los alguaciles batían Chick Lane y de que el paraje convenido para la cita resultaba a todas luces peligroso. Burnworth les encomendó mantenerse unidos y abrir fuego si se veían acosados. Caminaba junto a sus secuaces cuando, en Turnmill Street, se topó de frente con el carcelero de New Prison, quien lo había visto fugarse seis semanas atrás. El carcelero le sugirió apartarse, asegurándole que no albergaba malas intenciones. Burnworth se aproximó empuñando una pistola oculta, mientras los suyos aguardaban a la expectativa. Los vecinos comenzaron a congregarse; los maleantes emprendieron la retirada hacia los campos, blandiendo sus armas de fuego y profiriendo amenazas contra quienes intentaban darles caza.
La gavilla cruzó a renglón seguido hacia Southwark y se detuvo en St. George’s Fields. Burnworth expuso allí que Thomas Ball, encargado de un despacho de ginebra en Mint, conocía sus semblantes y se había propuesto entregarlos a las autoridades. Refirió que Ball a punto había estado de echarle el guante tras requerirle su nombre, lance en el que Burnworth se vio obligado a encañonarle. Llegados a este punto, argumentó, su muerte impediría que Ball los denunciara y desanimaría a otros cazadores de ladrones. Todos manifestaron su anuencia, según asienta el cronista, a excepción de Higgs, quien protestó y se esfumó en la noche. Los restantes partieron con Burnworth a la cabeza.
Llegados a la vivienda, inquirieron a la esposa de Ball por el paradero de este. Ella repuso que se hallaba en el local contiguo y acudió a llamarlo. Burnworth la siguió de cerca y salió al paso de Ball en el mismo umbral. Lo asió con violencia del cuello, lo empujó al interior de su propia casa y le echó en cara que intentara prenderlo a pesar de haber sido antaño su compañero. Ball imploró la intercesión de Blewit para salvar la vida. Burnworth replicó que se disponía a ponerlo a cubierto de cualquier traición venidera y apretó el gatillo. Blewit descerrajó a continuación otro tiro por encima de los tejados para que, según recoge el memorial, el vecindario tomara la detonación por un disparo sin propósito homicida. Ball intentó arrastrarse hasta la puerta, pero se desplomó exánime a los pocos instantes.
El piquete tomó la senda de la ribera del Támesis. Allí volvieron a cruzarse con Higgs, que también caminaba rumbo a los embarcaderos. Burnworth le increpó su deserción y propuso degollarlo allí mismo; Marjoram medió para que se le perdonase la vida. Cruzaron las aguas y buscaron refugio en una taberna de Smithfield, antes de desperdigarse en pequeños grupos para reanudar los hurtos de ocasión. Tras aquella jornada sombría, Blewit, Berry y Dickenson huyeron hacia Harwich, donde tomaron pasaje con rumbo a Holanda. Higgs se enroló en un buque de guerra en Spithead. La muerte de Ball no refrenó los robos de los supervivientes, pero desató contra ellos una cacería mucho más implacable.
Burnworth permaneció en Londres. Junto a sus hombres, asaltó el carruaje del conde de Scarborough en Piccadilly. Los portadores de la litera plantaron cara y uno de los malhechores fue derribado; Burnworth hirió de un disparo en el hombro a uno de los mozos, permitiendo que la banda se desvaneciera en medio de la refriega. El gobierno ordenó pregonar un bando ofreciendo una recompensa por la captura de los forajidos. William Marjoram, que oyó dar lectura al edicto en una taberna de Whitecross Street, abandonó el establecimiento sin llamar la atención y se entregó a un alguacil de Smithfield, confiando en obtener el perdón real y la prima prometida. Su confesión sacó a la luz las tropelías en que había tomado parte; Levee fue apresado esa misma noche. Marjoram no figura entre los seis reos juzgados junto a Burnworth.
Otro delator, Christopher Leonard, que yacía en prisión, acarició la idea de granjearse el favor gubernamental facilitando el arresto de Burnworth. Su cónyuge, Kate, debía obrar como señuelo. En la noche de un martes de carnaval, mientras ella, su hermana y Burnworth aderezaban la cena, Kate fingió salir a buscar bebida. Alertó a los agentes que aguardaban en la posada contigua, regresó y ajustó la puerta trasera sin pasar el cerrojo, dejándola solo entornada. Burnworth, que llevaba pistolas cosidas al forro de su casaca, se sobresaltó al oír ruido e intentó ganar la salida; los captores se abalanzaron sobre él antes de que lograra forzar la puerta, que él creía sostenida solo por el picaporte, pero que en verdad estaba atrancada. Lo redujeron por la fuerza y lo condujeron ante el magistrado, quien ordenó su ingreso en Newgate.
Desde el penal, Burnworth se las ingenió para mantener correspondencia con los secuaces que seguían libres. Estos intentaron en varias ocasiones liquidar a Kate Leonard por haber propiciado su captura, lo que obligó a apostar una guardia fija ante su morada. Burnworth, por su parte, fue recluido en el pabellón de los condenados, cargado de pesados grilletes. Consiguió zafarse de los hierros, perforó el muro y alcanzó las celdas de las mujeres, donde comenzó a serrar las rejas. Una reclusa dio la voz de alarma a los guardianes, quienes lo redujeron y lo encadenaron al suelo de la mazmorra. Los otros seis camaradas que debían comparecer ante el tribunal también habían tramado fugarse: entorpecidos por el alcohol, no lograron culminar la brecha antes de que se les agotaran las velas.
Blewit, Berry y Dickenson fueron localizados en Róterdam. El enviado británico en La Haya reclamó formalmente su captura; tras las indagaciones oportunas, la justicia neerlandesa les echó mano en una fonda y a bordo de una nave fondeada en el puerto de Brielle. Fueron conducidos de vuelta a Inglaterra bajo custodia y hacinados en Newgate, donde se reunieron de nuevo con Burnworth y los demás. El 30 de marzo de 1726, Burnworth, Blewit, Berry, Dickenson, Levee e Higgs fueron trasladados en carreta a Kingston, en el condado de Surrey. Al día siguiente, 31 de marzo, dieron comienzo las sesiones del tribunal. Cinco de ellos se declararon no culpables; Burnworth se negó en redondo a responder. Fue sometido al suplicio de la prensa hasta que consintió en prestar declaración. Tras una vista que se prolongó desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde, los seis resultaron convictos. Higgs había sostenido en un principio que se había retirado antes del ataque; no obstante, otros testimonios lo situaban en las inmediaciones de la casa de Ball empuñando una pistola en el momento del homicidio.
El 4 de abril se dictó la pena capital. Aun así, intentaron un postrer conato de evasión, procurándose de manos de sus allegados limas y otras herramientas de contrabando; el plan contemplaba dar muerte a los carceleros y prender fuego a un acopio de maderas contiguo a la prisión. La conjura fue abortada antes de consumarse y los pertrechos fueron confiscados. El miércoles siguiente por la mañana, los seis fueron conducidos al patíbulo en compañía de otro reo, Blackburn. Blewit se arrodilló para implorar el perdón de un hombre a quien tiempo atrás había encañonado con un arma. Al pie de la horca, Blewit y Dickenson rezaron con vehemencia; Blewit entonó un salmo penitencial. Los reos se dieron el abrazo postrero antes de que la carreta fuera retirada bajo sus pies. Consigna el cronista que Dickenson tardó largo tiempo en expirar.
Tras el ajusticiamiento, los cadáveres fueron distribuidos por los parajes de exhibición prescritos: Burnworth y Blewit en St. George’s Fields, Dickenson y Berry en Kennington Common, Levee e Higgs en Putney Common. El sheriff recibió la orden de autorizar a la familia a descolgar el cuerpo de Dickenson tras una jornada a la intemperie, en atención a los servicios leales de su padre, muerto en combate durante la última contienda bélica. Una existencia iniciada al calor del apodo de Young Frazier, una bravata contra un pesquisidor y el posterior asesinato de Ball habían precipitado una vorágine de capturas, evasiones, destierros y repatriaciones forzosas. En Kingston, el jurado condenó a seis hombres por su complicidad en la infamia; la muerte de Ball persistió como el eje procesal en torno al cual la crónica engarza sus destinos.
