En Londres, los asaltos callejeros se habían vuelto tan osados, a decir del cronista, que no era infrecuente ver a transeúntes interceptados y despojados a plena luz del día. La Corona respondió promulgando una proclama: se pagarían cien libras esterlinas por la captura de cada malhechor y se garantizaba el perdón real a quienes se entregaran y delataran a sus cómplices. James Dalton se rindió a las autoridades y habló. De las declaraciones nacidas de aquella determinación cobró forma el proceso contra William Russell, Robert Crouch y William Holden.
Russell procedía de una familia a la que el redactor calificaba de honorable; había recibido una educación esmerada que lo distinguía, a ojos del cronista, de los hombres junto a quienes fue arrestado. La crónica le atribuye una confesión genérica: reconocía la índole delictiva de su existencia y declaraba haber corrido tras placeres que jamás le procuraron satisfacción alguna. No obstante, esta semblanza psicológica procede de la pluma del autor y no consta en forma de acta judicial de interrogatorio. Añade el texto que su padre había marchado a Irlanda, dejando a Russell en libertad de obrar a su antojo, coyuntura en la que cayó en malas compañías.
Robert Crouch era natural de Dunstable. Sus progenitores, a quienes la noticia describe como gentes virtuosas y de posición holgada, procuraron instruirlo y lo colocaron como aprendiz de un carnicero en el mercado de Newgate. Cumplido su aprendizaje, se entregó al juego y a la bebida. Dalton, miembro de peso en la banda según el cronista y muy pronto testigo de cargo, lo habría empujado con particular empeño a unirse a ellos. La fuente subraya que el padre abrigaba el designio de establecerlo por su cuenta en el oficio y no previó semejante desenlace; con todo, no ofrece fecha ni pormenor alguno de aquel plan.
Holden conoció una mocedad muy distinta. Nacido de padres menesterosos, apenas recibió instrucción ni desempeñó jamás oficio duradero. Había navegado en ocasiones y conducido también un coche de alquiler. El cronista juzgaba que estos hombres llevaban menos de un año entregados a tal género de vida cuando Dalton, para salvar el pellejo, se entregó y prestó declaración. Los acusados fueron prontamente detenidos y conducidos a los calabozos de Newgate.
En las siguientes sesiones del Old Bailey, los tres fueron procesados por el asalto a Martha Hide en el camino real y el robo de su fardo. Los efectos detallados en el acta de acusación comprendían un abrigo de paño, tasado en cuarenta chelines, un espejo valorado en treinta, un camisón y diversas prendas más estimadas en conjunto en otros treinta chelines. James Dalton declaró que a las nueve de la noche caminaba en compañía de los acusados cuando alcanzaron a Hide en Fleet Street. Al ver que portaba un paquete, resolvieron arrebatárselo y la siguieron hasta Lincoln’s Inn Fields. Según su testimonio, Crouch la derribó de un golpe, mientras Russell se apoderaba del fardo y emprendía la fuga.
Al abrir los hombres el envoltorio, el espejo cayó al suelo y se hizo añicos. Los restantes efectos fueron vendidos a Sarah Watts, señalada como receptadora de géneros robados que regentaba un «lock», esto es, una guarida destinada a recibir y ocultar tales mercancías. Dalton aseveró que no examinaron con detenimiento el contenido y que sólo más tarde supieron que dentro se hallaba, envuelta en un trapo, una suma de cuarenta chelines; Watts se habría quedado con ella junto con las ropas. La fuente no precisa si aquel dinero motivó una causa judicial por separado.
La propia Martha Hide ratificó que cruzaba Lincoln’s Inn Fields cuando la arrojaron al suelo para arrebatarle el bulto. El testimonio de Dalton no quedó aislado. Solomon Nicholas declaró que, tras los hechos, mientras Russell y Crouch reñían en una taberna de aguardiente, Russell se había referido al abrigo sustraído como una pieza de la que le correspondía una parte. Otro testigo refirió que Crouch había empeñado un viejo capote con el fin de costear la reforma del abrigo de Hide: mandó retirar la esclavina de paño que llevaba la prenda robada y sustituirla por una de terciopelo. De este modo, la suerte corrida por la prenda, cotejada con las palabras de Hide, proporcionaba a los dichos atribuidos a Russell y a las explicaciones de Dalton un indicio material de corroboración.
El alguacil Willis fue el último testigo compareciente por la acusación. Afirmó que, al momento de prender a Russell, éste admitió que las prendas habían sido hurtadas y luego vendidas por una libra y dos chelines. Habría apostillado que el asunto le tenía sin cuidado, puesto que iba a morir en compañía de tan valerosos camaradas. Oídas estas declaraciones, el jurado se retiró a deliberar; regresó poco después declarando culpables a los tres encausados. La sentencia de muerte se dictó en el marco de unas sesiones extraordinariamente prolijas: veintidós hombres y siete mujeres fueron condenados a la pena capital en aquel periodo, según refiere el texto.
Al aproximarse la ejecución, la conducta de los tres reclusos dio lugar a descripciones dispares. La crónica refiere que Russell, aquejado al principio de una aparente ligereza, bromeaba con Holden sobre la posibilidad de que sus cadáveres fuesen retirados en carruaje tras la horca para sustraerlos al escalpelo de los cirujanos. Charlaba asimismo acerca de la situación de los robos callejeros y sostenía que la proclama real distaba de haber desmantelado su hermandad; a su juicio, los supervivientes se verían impulsados a una mayor audacia. Mencionaba a Benjamin Branch y a Isaac Ashley entre los maestros del hurto de faltriqueras recientemente muertos o a punto de ser sentenciados, encomiando la pericia con que cribaban las bolsas robadas.
Tras publicarse la orden de ejecución, prosigue la fuente, Russell mudó de semblante, mostrándose más compungido y entregado al arrepentimiento durante las plegarias. Crouch se mantuvo sosegado, manifestando por momentos cierta jovialidad que achacaba a su natural temple. Reconoció la gravedad de la senda extraviada que había seguido y explicó que, a raíz del bando real, concibió el proyecto de enrolarse cuatro años en la mar, propósito que la delación de Dalton vino a truncar. La cronología exacta de este intento no consta en las actas.
Holden, por su parte, había negado al principio con firmeza haber intervenido en el asalto por el que iba a perder la vida. Empero, cuando Russell confesó su propia participación y lo implicó directamente, Holden revocó su negativa y admitió haber tomado parte en aquel robo y en varios más. Uno o dos días antes del suplicio, Russell declaró que Dalton le había propuesto asociarse a la delación contra sus antiguos secuaces, pero que él se había negado a comprar su vida traicionando a quienes le habían brindado acogida.
El lunes 20 de mayo de 1728, los tres reos fueron ajusticiados. Russell contaba unos veinticinco años; Crouch, cerca de veinte, y Holden superaba por poco los veintiocho. La noticia reseña que afrontaron el trance con entereza, exentos de bravata o turbación, mostrando en sus postreros instantes una compostura de honda gravedad. Es dable dar por acreditados a través de esta fuente el veredicto conjunto, la condena y la fecha de la ejecución; los comentarios concernientes a las disposiciones de ánimo de los condenados no rebasan el testimonio de un cronista de inclinación moralizante.
En el núcleo de esta causa, el paquete de Martha Hide enlazaba un ademán relatado por Dalton, una víctima que ratificaba el asalto, un abrigo desfigurado y un caudal que los ladrones aseguraban ignorar que llevaban consigo. La proclama regia había prometido mercedes pecuniarias y el perdón al delator; convirtió también a Dalton en el principal instrumento de la acusación. Los demás testimonios, entre ellos el de la víctima, fueron escuchados a su turno. Sobre este cúmulo de probanzas condenó el jurado a Russell, Crouch y Holden, legando cada cual a las páginas de la crónica una trayectoria vital dispar, pero un idéntico cadalso.
