El lunes 31 de mayo de 1813, en Camden Place, la residencia campestre de los Bonar en las inmediaciones de Chislehurst, una puerta entornada y una palmatoria ausente guiaron a los criados hacia la alcoba donde sus señores habían pasado la noche. Philip Nicholson, el joven lacayo, fue enviado sin demora a Londres en busca de auxilio. Partió a caballo; regresaría al centro mismo de las pesquisas antes de que los primeros recelos hubieran dado con su auténtico blanco.
La noche del domingo, Thomson Bonar se había recogido a su hora acostumbrada. Su esposa no se reunió con él hasta cerca de las dos de la madrugada, tras haber ordenado a su doncella que acudiera a despertarla a las siete. Los cónyuges dormían en dos lechos estrechos, dispuestos uno junto al otro. La servidumbre no reposaba por completo: el mozo de cuadra, William Evans, afirmó haber estado conversando con Nicholson pasada la medianoche; una lavandera, que había entrado hacia las cuatro, había dejado franca una puerta de servicio. Ninguno de los sirvientes declaró haber escuchado queja ni grito alguno.
Al clarear el día, Susannah Curnick advirtió que la puerta principal no estaba cerrada del todo. La entornó, recorrió las estancias y subió a la planta alta. En la antecámara, la llave colgaba por la parte exterior de la cerradura. Unos rastros oscuros mancillaban el entarimado; la pequeña mariposa que alumbraba la noche había desaparecido. Llamó a Mary Clarke, la doncella personal. Clarke lo comprendió todo antes incluso de cruzar el umbral: gritó despavorida que habían asesinado a los señores.
El cuadro superaba cuanto hubieran podido imaginar. Thomson Bonar yacía tendido sobre el suelo, con el cráneo destrozado por múltiples golpes; su esposa permanecía aún en el lecho, gravemente herida y privada de sentido. Un atizador de cocina, torcido por su extremo superior, reposaba junto al cadáver. La distancia entre ambas camas apenas consentía el paso de una persona. La señora Bonar respiraba todavía. La servidumbre despachó aviso a Londres en busca de un cirujano, mas este llegó demasiado tarde: la dama expiró hacia la una de la tarde, sin haber recobrado el conocimiento. Borrow no le atribuye más que una breve exclamación a lo largo de aquella agonía.
La violencia ciega apenas dejaba respuestas. Ninguna cerradura parecía haber sido forzada; el zaguán de la casa se hallaba abierto, pero las habitaciones no mostraban signos de desorden ni faltaba el dinero que allí pudiera guardarse. El anciano caballero, de setenta años cumplidos, era descrito como un varón robusto, capaz aún de oponer resistencia. Sus manos evidenciaban heridas defensivas. El gorro de dormir, caído a escasa distancia de su cabeza, conservaba un mechón de cabellos canos empapados en sangre. En el lecho contiguo, la ropa de cama estaba salpicada, pero el rostro de su esposa, a decir de Borrow, mantenía un semblante sereno que contrastaba con la ferocidad de sus lesiones.
Esa misma tarde se personó desde Faversham el hijo de ambos, el coronel Bonar. Desoyendo a quienes procuraban contenerlo, subió precipitadamente a la alcoba, penetró en ella y echó el cerrojo. Hubieron de forzar la entrada para llegar hasta él: se encontraba de rodillas, con las manos entrelazadas sobre los despojos de su padre.
Entretanto, Nicholson cabalgaba lejos de la mansión. Llevaba el encargo de trasladar la funesta nueva a Londres, requerir al afamado cirujano Astley Cooper y avisar a continuación al señor Angerstein, socio del difunto Bonar. En una posada del camino apuró un trago de ron; con todo, cubrió la distancia de unas doce millas en apenas cuarenta minutos, a tenor de los testimonios vertidos en el juicio. Antes de alcanzar Bow Street, hizo un alto en el Red Lion, cerca de Bedlam, y conversó con Dale, el antiguo mayordomo. Le previno de que las sospechas recaían sobre él, aunque puntualizó que no lo creía partícipe del homicidio. Ante los agentes de Bow Street, sus insidias bastaron, no obstante, para orientar las pesquisas hacia aquel hombre. Dale había sido despedido dos semanas atrás, pero pudo demostrar que no se había movido del Red Lion en toda la noche. La acusación que pesaba sobre él se desmoronó por completo.
Tras prestar declaración, Nicholson no emprendió el camino de regreso a Chislehurst. Se dirigió a Whitechapel, donde frecuentó a conocidos y continuó bebiendo sin tasa. Cuando un alguacil de la City lo localizó en la posada Three Nuns, opuso una violenta resistencia al arresto; el forcejeo le causó diversos traumatismos. Durante su reconocimiento, los pesquisidores buscaron las huellas que el señor de la casa pudiera haberle infligido al defenderse; las heridas advertidas, en particular una contusión en la frente, fueron justificadas por la refriega con el oficial.
Las indagaciones se centraron asimismo en las sábanas. Al acudir los sirvientes, Nicholson había cubierto el cadáver de su amo y enjugado el suelo con la ropa blanca; acto seguido, había envuelto los lienzos ensangrentados en los de su propio jergón y los había ocultado debajo de este. Arguyó haber querido evitar a los presentes una estampa insoportable. Sin embargo, Curnick declaró haberlo visto descender con el fardo, y Clarke recordaba su vivo empeño en proclamar que la señora Bonar aún respiraba. La lencería, las pisadas y sus titubeos convirtieron al criado en el sospechoso principal.
Se procedió a inspeccionar el calzado. Un zapato mostraba la puntera desgastada y un tacón corriente; el otro disponía de un tacón de muelle. Se cotejaron sus huellas con las marcas sanguinolentas de la antecámara y se hallaron restos de sangre tanto en las suelas como en el empeine. Nicholson admitió que las prendas eran suyas y sugirió que una de ellas pudo habérsele desprendido del pie al trasladar las sábanas. Reconoció de igual modo un gorro de noche manchado, alegando que la sangre bien pudo haberse transmitido al tocar la ropa. Aunque los criados discrepaban en pormenores sobre las primeras horas de la mañana, aquellos indicios tendían un puente irrefutable entre su buhardilla y el cuarto del crimen.
Concluida la investigación del forense, el jurado dictaminó un veredicto de homicidio doloso. Poco después, Nicholson intentó degollarse con una navaja de afeitar que había sustraído de la despensa. El corte era tan profundo que se temió por su vida; no obstante, mientras conservó el habla, continuó negando los hechos. El 7 de junio, tras recibir la visita de encumbradas personalidades, la herida volvió a sangrar con fuerza. Se requirió al sacerdote católico Bramston. Al día siguiente, el propio reo rogó que compareciera el coronel Bonar. Anegado en lágrimas, declaró su voluntad de confesarlo todo; firmó acto seguido un documento admitiendo la autoría del crimen. Las vestiduras ensangrentadas que había enterrado bajo un montón de hojarasca, junto a un portillo de la huerta, fueron halladas en el punto exacto que él mismo señaló.
En las cortes de Maidstone, Nicholson fue procesado por petty treason, o «pequeña traición»: la acusación no le imputaba un mero homicidio, sino el alevoso asesinato de un amo a manos de su sirviente. Pese a la confesión suscrita, se declaró no culpable, aduciendo haber sido inducido a ella por diversas presiones. Los testigos reconstruyeron el hallazgo de los cuerpos, las sábanas ocultas y el peritaje de los zapatos. En su manifestación, el encausado detalló lo que afirmaba haber sucedido: desvelado hacia las tres de la madrugada, habría empuñado un atizador y una vela, cubriéndose con una pieza de lienzo para no ser reconocido. Afirmó haber asestado los primeros golpes a la señora Bonar antes de arremeter contra el marido; este se levantó y le hizo frente. Según sus palabras, ambos hombres forcejearon durante un cuarto de hora. Ni esta confesión ni sus explicaciones sobre la ausencia de robo y de cómplices permitieron discernir el instante preciso en que germinó la voluntad criminal.
El jurado emitió veredicto de culpabilidad. Pronunciada la condena, Nicholson entregó un último pliego donde reconocía haber dado muerte a sus señores, descartaba cualquier complicidad y aseguraba no haber codiciado botín alguno. Achacaba su proceder a un arrebato súbito motivado por la embriaguez; no obstante, en testimonios anteriores había jurado no haber bebido más que cerveza antes de acostarse y no haber albergado el propósito del crimen hasta el momento de despertar. La contradicción subsistía invariable, y el reo marchó al cadalso sin haberla disipado.
En el patíbulo, con la soga ciñéndole ya la garganta, un hombre se acercó a interrogarlo de parte del coronel Bonar: ¿había actuado enteramente solo y guardaba algún rencor previo? Nicholson reiteró que no había tenido secuaz alguno. A la postrer pregunta, juntó las manos pese a la opresión de los grilletes y repitió que había sido un pensamiento repentino. Fue la única explicación que acertó a legar; ni el atizador, ni las pisadas, ni las sábanas escondidas bajo la cama pudieron jamás suplir su silencio.
