Richard Taylor sabía dónde ocultar los nueve chelines. Su padre se lo había enseñado; el muchacho incluso le había demostrado que nada quedaba a la vista. Las monedas entraban en una pequeña bolsa, la bolsa en la palma y el mitón lo cubría todo. El 4 de marzo de 1831, Richard partió hacia Aylesford para recoger el subsidio parroquial de la familia. A sus trece años, conocía bien aquel trayecto y la hora a la que se le esperaba. Debía estar de vuelta hacia las tres. Aquella tarde, su padre aguardó en vano.
Los Taylor vivían en Stroud. El padre era un pobre fabricante de velas, para quien este socorro de nueve chelines se repetía cada semana. Antes de partir, Richard le había pedido su cuchillo: quería cortar ramas en el camino de vuelta para hacerse un arco y flechas. Llevaba una chaqueta azul, pantalones marrones y un pañuelo anudado al cuello. Estas ropas, este cuchillo y el mitón dispuesto para proteger el dinero pertenecían aún a los preparativos ordinarios de un recado confiado a un muchacho.
En Aylesford, el funcionario parroquial Cutbath entregó la suma habitual al muchacho. Se le vio guardarla en la mano como su padre le había enseñado. Luego emprendió el regreso. Llegada la noche, los Taylor seguían sin saber qué lo había retenido. Al día siguiente, el padre hizo él mismo el camino. En Aylesford le confirmaron el pago. Richard había llegado; el dinero se le había entregado puntualmente. Todo cuanto se pudo averiguar concluía allí, en el instante en que había retomado el camino.
Transcurrieron más de dos meses. El 11 de mayo, un hombre llamado Izzard tomó un sendero a través de un bosque, a unas dos millas de Rochester. A poca distancia del camino real, en una zanja, halló el cadáver de un muchacho. Le habían cortado el mitón de la mano izquierda. La ropa estaba en desorden, manchada de sangre. Avisados los padres, acudieron al lugar. La búsqueda del niño desaparecido se convertía en la de su asesino.
El cirujano Seaton examinó el cuerpo al día siguiente. Pese a la descomposición, reconoció una herida en la garganta, producida por un instrumento punzante. Las pesquisas en los alrededores permitieron encontrar un cuchillo común, de mango de cuerno blanco, ya enmohecido. Las informaciones obtenidas sobre este objeto condujeron al asilo de pobres vecino, la casa de socorro donde residían los Bell. El cuchillo habría pertenecido a uno de los hijos, John Amy Bird Bell. Se detuvo al padre y a sus dos muchachos: John, de catorce años, y James, de once.
Tras la instrucción del juez forense, Richard había sido sepultado sin que se registraran sus bolsillos. Los magistrados ordenaron reabrir la tumba. Quisieron asimismo que los hermanos Bell asistieran a la exhumación para observar sus reacciones. John guardó silencio. Se le ordenó a James descender a la fosa y registrar las ropas del difunto. Obedeció y regresó con un cuchillo.
No era el arma con mango de cuerno hallada en el bosque. Era el cuchillo que el padre de Richard le había prestado para el arco y las flechas. Había permanecido entre las ropas. El dinero, en cambio, ya no estaba. Convenía, pues, distinguir ambos objetos: uno había orientado la investigación hacia John; el otro pertenecía a los Taylor, recuperado por un niño de quien se sospechaba que había participado en la muerte de su hijo.
Se reanudaron los interrogatorios. Tras una nueva prórroga de su detención, James habló. Su hermano, dijo, había aguardado a Richard en el bosque mientras él mismo montaba guardia fuera. Sabían desde hacía algún tiempo por qué el muchacho acudía con tanta frecuencia a Aylesford. Según James, habían planeado matarlo para apoderarse del dinero, pero diversas circunstancias habían retrasado su propósito hasta el 4 de marzo. John le había entregado después un chelín y seis peniques.
La justicia admitió el testimonio del menor. El padre fue puesto en libertad, a pesar de las sospechas que pesaban sobre el auxilio prestado tras el crimen. John fue remitido al tribunal de lo criminal. De camino a Maidstone, confirmó el relato de su hermano. Señaló el estanque donde se había lavado las manos y el claro por el que había conducido a Richard entre los árboles.
A tenor de las palabras recogidas por la crónica de Camden Pelham, John había comenzado por caminar y conversar con él. Lo había internado en el bosque, multiplicando los rodeos, antes de sentarse y fingir que se había extraviado. Richard se había sentado a su vez; lloraba y decía que no conocía el camino de salida. John lo atacó entonces. Para encontrar los nueve chelines tuvo que buscar: el escondite ideado con el padre había resistido hasta aquel instante.
John detalló incluso las monedas. Eran tres medias coronas, un chelín y una pieza de seis peniques. Estas dos últimas le correspondieron a James. Tras explicar de este modo el reparto, pidió que su hermano asistiera a su ejecución, para que le sirviera de escarmiento. El niño que había hecho guardia se convertía, en boca del mayor, en aquel a quien era preciso impedir que acabara como él.
El 29 de julio de 1831, ante el tribunal de Maidstone, John fue juzgado por el asesinato de Richard. Pelham lo describe impasible durante las vistas y la condena a muerte. Mostró, sin embargo, conmoción cuando el juez anunció que su cadáver sería entregado a los cirujanos para su disección. De regreso a la celda, lloró. El domingo lo visitó su madre; él le reprochó haberlo conducido a semejante situación. Por la noche, tras el sermón del capellán, formuló una nueva confesión.
En esta última declaración sitúa la crónica las súplicas de Richard. El niño, al comprender lo que le amenazaba, se habría puesto de rodillas y ofrecido el dinero, el cuchillo, la gorra, todo cuanto John quisiera, con tal de que le dejara con vida. Estas palabras nos llegan de labios de quien afirmó haberle dado muerte. La víctima, por su parte, no pudo relatar el camino entre los árboles ni el momento en que los rodeos se transformaron en trampa.
El lunes por la mañana, a las once y media, la campana de la prisión anunció los preparativos. John subió al cadalso junto con el capellán. Se había congregado una multitud que Pelham cifra en ocho mil personas. El muchacho imploró misericordia y exhortó a los presentes a tomar ejemplo de su destino. Se ejecutó la sentencia; el cuerpo fue entregado a los cirujanos de Rochester.
Los dos hijos de los Bell no siguieron el mismo destino tras sus confesiones. James había testificado; John había sido condenado. En casa de los Taylor, ninguna de estas resoluciones podía alterar el desenlace del encargo de aquel 4 de marzo. La pequeña bolsa debía poner a salvo el dinero; el cuchillo, servir para fabricar un arco. Más de dos meses después de su partida, fue aquel cuchillo lo que se encontró en la tumba.
