Antes de que los jueces hubiesen dictaminado lo acaecido en el aposento de Cécile, los cantores ya lo pregonaban por las plazas. Circulaba un romance de ciego, unos versos daban nombre a la desdicha, y tal nombre clamaba venganza. En Bergerac, el cortejo fúnebre de Hylaire Dehap se había detenido frente a la casona de los Ponterie. El joven yacía muerto; el padre de la doncella a quien cortejaba lo había tomado de la garganta. A partir de tales hechos, vinieron a injertarse dos relatos irreconciliables: uno se iniciaba con una sorpresa en una alcoba; el otro, con una emboscada en un jardín. Atrapada entre ambos, una familia temía no llegar con vida ante sus jueces.
Jean-Jacques Ponterie tenía siete hijos. Pertenecía a una familia protestante de los alrededores de Bergerac y pasaba la mayor parte del año en su casa de campo. Su primogénito servía en el ejército; una de sus hijas había desposado a un médico de la comarca. Cécile, otra de sus hijas, conoció a Dehap durante una estancia en la ciudad, naciendo entre ellos una relación amorosa. Cuando ella acudía a visitar a su hermana casada, se encontraba a solas con el galán en un bosque próximo. Ciertos convecinos repararon en aquellas citas y alertaron a los padres. Aquello que había poseído señas furtivas y horas hurtadas irrumpió bruscamente en las conversaciones de toda la familia.
Ponterie exigió explicaciones. Cécile confesó el cruce epistolar y prometió romper la relación. Escribió reclamando sus esquelas, pero advirtió asimismo a Dehap, en un billete separado, de que obraba bajo coacción. La correspondencia emprendía así dos trayectos: uno manifiesto, destinado a tranquilizar al padre; otro secreto, que mantenía el pacto entre los amantes. Dehap terminó por devolver algunas cartas, acompañadas de una exhortación a esperar y resignarse ante la oposición paterna. El padre creyó sosegado el asunto: había recibido el pliego y otorgó a dicha restitución el valor de una ruptura definitiva.
En la finca campestre, Cécile comenzó a retirarse más temprano por las noches. Su estancia, en la planta baja, contaba con una ventana abierta al jardín y otra a un camino. Cierta noche, un disparo resonó en las inmediaciones. Cécile lo achacó a un cazador. La crónica antigua vincula aquel estruendo a la señal convenida para los encuentros; nos introduce de este modo en la versión favorable a los Ponterie, la de unos amores clandestinos proseguidos a espaldas de la familia. Tras la cena, la joven se acostó. Más tarde, su madre necesitó cierta ropa blanca guardada en aquella estancia y halló la puerta cerrada por dentro.
Llamó. Cécile tardó en responder, pero al fin abrió. La madre entrevió un movimiento junto al lecho y la sombra de un hombre. Dio un grito. Ponterie acudió a la carrera y, según la escena descrita por Champagnac, halló a Dehap, quien acababa de levantarse encañonándolo con una pistola. El padre desvió el arma, aferró al joven por el cuello y lo derribó. El curso entero del proceso dependería en parte de este instante inicial: ¿había sorprendido a un intruso armado en la alcoba de su hija o había resuelto de antemano dejarlo incapacitado para resistir? El arma se hallaría cargada; mas su sola presencia no revelaba todos los ademanes de aquella noche.
Dehap dio aún señales de vida. Ponterie mandó atarlo sobre un lecho, alegando temer nuevas violencias, y lo dejó bajo la custodia de un criado. Envió a su hijo menor en busca del juez de paz, pero el magistrado pospuso su comparecencia para el día siguiente. Asimismo, se mandó llamar a un cirujano de Bergerac. La noche transcurrió así, con un herido retenido en la morada de quien lo había golpeado, la autoridad ausente y la familia sumida en la zozobra. Cécile, desmayada, había sido conducida a otro cuarto. En la relación del litigio subsiguiente, su papel quedaría reducido casi por entero a esa puerta que ella misma había abierto.
A la mañana siguiente llegaron el juez, su actuario y el cirujano. Dehap fue desatado, asistido y luego trasladado. Murió sin haber podido ofrecer su testimonio. Los facultativos encargados del reconocimiento atribuyeron la muerte, de forma principal, a una presión violenta y prolongada sobre el cuello, la cual había suspendido la respiración y el riego sanguíneo. La pugna en torno a las circunstancias no podía borrar semejante hecho: un joven había perecido a consecuencia de una violencia mortal. La cuestión de saber quién inició la agresión, quién amenazó, quién resistió o quién albergó designio homicida permanecía abierta; mas debía plantearse a partir de un cadáver, no solo a partir del honor maltrecho de un linaje.
Los deudos de Dehap interpusieron una querella, denunciando una carnicería y mutilaciones. El cortejo fúnebre que conducía los restos a Bergerac se detuvo ante la mansión de los Ponterie; se profirieron amenazas. Vino luego el tiempo de los libelos y las canciones. Circuló un impreso titulado La mort de Dehap y se cantó una copla por todas las aldeas. La crónica califica estas manifestaciones de urdimbre calumniosa. Aun sin juzgar las intenciones de cada miembro del cortejo, se comprende el peso de un relato que antecede a las actuaciones judiciales: el reo debe responder también ante escenas que nadie comprueba antes de propagarlas.
Se libraron mandamientos contra el padre y el hijo. Un pariente les advirtió de que se había congregado un gentío, que su casa urbana había sido amenazada y que temían un asalto a la hacienda campestre. Ambos huyeron. Dicha fuga brindó de inmediato un argumento a sus adversarios: ¿por qué ocultarse si nada se tenía que reprochar? Los Ponterie sostenían que huían de la cólera popular, no de la justicia. Solicitaron que la causa fuese juzgada en otro fuero. El 24 de junio de 1807, el Tribunal de Casación ordenó el traslado a Burdeos. Habiendo obtenido dicho cambio de jurisdicción, se entregaron presos en dicha ciudad.
La acusación versaba sobre asesinato y atentado contra la libertad individual. Al relato de la alcoba, los acusadores oponían el del jardín: sostenían que Ponterie había aguardado a Dehap, lo había asaltado y luego arrastrado hasta el lecho de Cécile para dotar a su violencia del pretexto de una afrenta doméstica. Aducían para ello las ropas desgarradas y el sombrero estropeado del difunto. ¿Podían tales vestigios sustentar esta otra versión? La defensa, encomendada por el padre al letrado Denucé, rebatió la construcción acusatoria. Champagnac encomia su destreza forense, si bien no ha transmitido un registro minucioso que permita reconstruir, pieza por pieza, los ocho días que duraron los debates.
El 31 de agosto de 1807, el jurado absolvió a ambos Ponterie de los cargos de asesinato y de atentado contra la libertad individual. El veredicto, no obstante, no concluía ahí. Se habían formulado otras preguntas sobre excesos y violencias corporales; el padre fue declarado culpable en este extremo y condenado a un año de prisión, mil francos de multa, una indemnización destinada al hospicio de Bergerac y las costas procesales. Sostener únicamente que fue absuelto equivaldría a ignorar esta pena; afirmar que un padre fue castigado por asesinar al pretendiente de su hija desatendería los dos cargos desestimados. La justicia separó aquello que la copla popular había fundido en una sola culpa.
Respecto al hijo, no consta condena alguna en este desenlace. En cuanto a Cécile, la crónica no desvela su porvenir. Todo se había anudado en torno a su nombre; sin embargo, tras los clamores de los padres, las imprecaciones de los acusadores y los alegatos de los letrados, su propia voz se desvanece. Queda una correspondencia devuelta pero no interrumpida, una puerta que una madre intenta abrir y un joven que jamás pudo testificar. El proceso de los Ponterie no nos enseña a tomar partido entre el duelo de una familia y el de otra; muestra, en cambio, hasta qué punto un suceso, cuando deviene cantar de ciego antes que prueba judicial, puede hacer que tal discernimiento resulte casi imposible.
