Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Francia

La pieza que faltaba

Se halla un hacha junto a una criada asesinada. Los peritos cotejan su mango con trozos de madera incautados a un carpintero. Los fragmentos parecen encajar; sin embargo, las pruebas no convencerán lo bastante como para condenarlo.

Faltaba un pequeño trozo de madera entre el mango del hacha y la pieza hallada en casa de Heller. Una laguna minúscula, en medio de un asunto en el que una mujer había sido asesinada, los muebles forzados y el dinero sustraído. Los peritos comparaban las fibras, el corazón de la madera, hasta las huellas de la helada. Consideraban tener entre manos dos partes de una misma vara. La investigación encontraría otros fragmentos; no lograría reunir con tanta certeza todos los elementos para una condena.

El mandil que se venía a buscar

El 25 de febrero de 1813, hacia las nueve de la noche, Marcelin Dousse regresó a la calle de la Lingerie, en París. Asociado al comercio de mantequilla de sus padres, subió al segundo piso para mudarse de ropa y ponerse de nuevo el mandil. La alcoba mostraba las marcas de un robo. Bajó a avisar a su madre, que permanecía en la tienda, y volvió a subir con ella. En la cocina contigua descubrieron suficientes indicios de violencia como para retroceder de inmediato y llamar a las autoridades.

El comisario acudió acompañado de un médico y de un cirujano. Cécile Normand, criada de la familia, había sido asesinada. En el suelo yacía un hacha ensangrentada; nadie en la casa la reconocía. Según las comprobaciones referidas más tarde por Champagnac, parecía haber sido sorprendida cerca de la chimenea, donde solía confeccionar cucuruchos de papel. La cocina conservaba así la proximidad de una labor interrumpida y un arma ajena. Los facultativos juzgaron que la muerte era reciente. En la pieza colindante, el ladrón había dejado otra clase de trabajo inconcluso.

Un secreter estaba forzado, un armario abierto y un cofrecillo roto. Los Dousse denunciaron la desaparición de cuatrocientos francos. No obstante, una platería que se hallaba a la vista no había sido tocada. El maleante habría podido llevarse más; parecía haber buscado algo muy preciso. Se constató asimismo que la puerta del zaguán se abría mediante un resorte secreto. Las costumbres de la casa dejaban cada noche a Cécile sola en el piso, mientras los varones salían y la madre atendía el mostrador. El conocimiento del lugar se convertía en el primer hilo del que tirar.

El secreto del cofrecillo

Marcelin Dousse había sido carpintero. Sus herramientas y su banco de trabajo habían permanecido en la cocina; un formón y un mazo parecían haber servido para el descerrajamiento. El cofrecillo era también obra suya. Lo había dotado de una falsa apertura, mientras que el verdadero herraje permanecía oculto. Quien lo había forzado no había perdido el tiempo ante semejante señuelo. Sus esfuerzos se habían dirigido al punto idóneo. Resultaba tentador deducir que ya sabía lo que el mueble pretendía esconder.

Dicho cofrecillo había guardado en otro tiempo seis mil francos, retirados poco antes del crimen para prestárselos al padre. La suma esperada ya no era, por tanto, la que allí se podía hallar. Esta diferencia reforzaba la hipótesis de un visitante informado, pero cuyas noticias habían quedado desfasadas. Cuatro camaradas de Dousse frecuentaban la vivienda: Chevalier, Guenot, Prudhomme y Heller. Fueron detenidos al día siguiente. Los tres primeros justificaron el empleo de su velada y quedaron en libertad, al no hallar la instrucción cargos contra ellos. Heller siguió siendo sospechoso.

Conocía íntimamente a Dousse y en alguna ocasión había comentado el artificio del cofrecillo. Pocos días antes del homicidio había ido a visitarlo; la víspera, había pedido de nuevo una herramienta prestada. La madre lo había dejado subir a buscarla él mismo al piso alto. Aquella confianza, natural en un trato ordinario, cobraba ahora el posible cariz de un reconocimiento previo. Se supo también que una prolongada enfermedad había agotado sus recursos. Su penuria brindaba un móvil a la acusación. Con todo, seguía sin explicar dónde se encontraba cuando Cécile fue herida de muerte.

Un taller entre virutas

El 17 de marzo, dos peritos herreros y cortantes examinaron el hacha. Estimaron que el mango había sido colocado recientemente y se esforzaron por reconocer la mano de quien lo había desbastado. Les pareció obra de un carpintero más que de un artesano habituado a enmangar ese tipo de aperos. Dos días más tarde, un registro en casa de Heller sacó a la luz una pieza de haya recién aserrada. Se la cotejó con el mango. Dos grupos de expertos concluyeron que ambos trozos habían pertenecido a la misma madera, a pesar del pequeño tramo que faltaba entre ellos.

El 6 de abril, una nueva pesquisa aportó virutas y cuatro fragmentos. Su acoplamiento, según los peritos, correspondía al extremo del mango. Se compararon también las marcas de un formón hallado en el lugar y una impronta atribuida al golpe de un martillo. La reconstrucción cobraba precisión: el arma habría sido encajada en aquella caja y luego su mango recortado. Pero esta sucesión de actos se deducía de los objetos; ningún testigo afirmaba haber visto a Heller preparar el hacha destinada al crimen.

El acusado había negado al principio que el mango procediera de su madera. Tras el segundo registro, reconoció que había sido aserrado y labrado en su casa. Sin embargo, atribuyó la obra a un compañero carpintero, a quien creía llamado o apodado Picard. Dicho hombre le habría pedido material para fabricar un mango y habría subido luego a ajustarlo. Heller adujo haber olvidado tales circunstancias en sus primeras declaraciones. El cambio resultaba comprometedor: una explicación tardía no solo debe encajar con los objetos materiales, sino justificar también por qué no se ofreció antes.

Se le objetó que difícilmente se preparaba un mango sin el hierro al que iba destinado. Respondió que su compañero había tomado las medidas. En cuanto a la marca interpretada como la de un martillo, sostuvo que bien podía deberse a otra herramienta. Las pesquisas no permitieron dar con Picard. Para los instructores, aquel individuo podía no existir más que en la coartada del reo. No obstante, la ausencia de un prófugo buscado y la prueba de que hubiera sido inventado no eran exactamente la misma cosa. La causa avanzaba por el filo de esas sutiles diferencias.

Las horas que la puerta desmentía

La noche de Heller planteaba otro escollo. Se había separado de sus camaradas hacia las cuatro de la tarde so pretexto de un encargo de trabajo, prometiendo reunirse con ellos en una taberna de la Courtille. Lo aguardaron en vano. Él declaró haber vuelto a su casa, haber salido luego al bulevar y haber intentado más tarde, sin éxito, encontrar a sus amigos. En una declaración posterior añadió una visita a su cuñado Delamotte. Este último confirmó dicha visita. Los porteros de su finca, en cambio, no corroboraban todas sus entradas y salidas.

El portal se cerraba al caer la tarde. Para entrar a las horas que señalaba, habría sido menester, según declararon, que le abriesen tirando de la cuerda. Lo habrían visto. Heller admitió también que el encargo alegado ante sus amigos era inexistente: pretendía tan solo ahorrarse el gasto en la taberna. La mentira quedaba reconocida; su finalidad seguía sujeta a debate. ¿Había servido para ocultar un crimen o únicamente un bolsillo vacío? La confesión de un falso pretexto no dispensaba de demostrar qué había encubierto en realidad.

Fueron examinadas manchas rojizas halladas en sus ropas. Una de ellas, en la manga de su levita, no fue juzgada compatible con una salpicadura violenta de sangre; él la atribuía a un corte en un dedo. Este resultado no desvirtuaba ni los fragmentos de madera ni las contradicciones horarias. No obstante, impedía sumar sin reservas un indicio más al conjunto. Ante el tribunal de lo criminal del Sena, su letrado, Gohier Duplessis, defendió a un hombre contra el que la instrucción acumulaba considerables indicios materiales, pero ninguna escena completa y directamente presenciada.

El jurado lo declaró culpable por siete votos contra cinco. El tribunal, sin embargo, adoptó el criterio de la minoría, y Heller fue absuelto. Champagnac insiste en la sorpresa causada por semejante desenlace; reconoce asimismo que los cargos no habían bastado para condenar. La crónica no permite transformar esta sentencia en una inocencia demostrada, como tampoco anularla mediante una íntima convicción. Los trozos de madera habían encontrado su lugar. En el asesinato de Cécile Normand quedaba un sitio que el fallo no había asignado a nadie: el del verdugo.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

Las cuatro virutas

Una novela corta de ficción seguiría a una aprendiza de carpintería encargada de ordenar el taller de su maestro encarcelado. Encuentra cuatro virutas que un perito se había llevado antes de devolverlas con sigilo. ¿Por qué salieron estas piezas del sumario? La historia transcurriría durante la jornada en que intenta contactar al abogado antes del veredicto. Los personajes y la investigación serían ficticios. ¿Le atraería esta novela corta donde una joven obrera debe hacer valer lo que su oficio le enseña, mientras los hombres encargados de juzgar prefieren escuchar a quien ostenta el título de perito?

Cargando votos…

novela

La madera de los testigos

Una novela original tendría por protagonista a un artesano convocado para cotejar el mango de un arma y unos desechos de taller. Su conclusión provoca el arresto de un antiguo compañero. Luego descubre que la madera proviene de una remesa repartida entre varias tiendas, incluida la de su propio suegro. Para rectificar su peritaje, debe localizar a los compradores sin alertar a quien desvió los registros. La trama y los personajes serían inventados. ¿Desearía esta novela donde la indagación de un hombre seguro de sus manos comienza precisamente cuando deja de estar seguro de lo que estas han probado?

Cargando votos…

trilogía

El taller de las pruebas

Tres novelas de ficción seguirían a una familia de artesanos convertidos en peritos ante los tribunales. El padre cree poder hacer hablar a los objetos; su hija descubre de qué modo su presentación sesga las conclusiones; el nieto investiga una condena de la que la familia obtuvo su renombre. Cada libro tendría su caso y su desenlace, con personajes imaginados. ¿Le interesaría esta trilogía donde el progreso de los métodos jamás exime de observar quién aporta las piezas, quién las custodia y quién se beneficia de que un peritaje parezca, al fin, no albergar duda alguna?

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El crimen está fechado el 25 de febrero de 1813; no se añade fecha exacta para el juicio. Las conclusiones sobre los fragmentos de madera quedan atribuidas a los peritos. Picard no fue localizado: esto no demuestra su inexistencia. La mancha examinada no se juzga compatible con una salpicadura violenta de sangre, lo cual no equivale a una ausencia total de esta. En las páginas 321-322, el jurado se pronuncia por siete votos contra cinco, tras lo cual el tribunal adopta el criterio minoritario y absuelve a Heller. Dicha absolución no se presenta como una inocencia probada ni como una ausencia absoluta de cargos. El intento de suicidio referido por la fuente no se recoge aquí.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete