El 7 de abril de 1889, un niño de diez años, Emil Steinfatt, salió de la casa paterna para entregar un encargo en una posada de la Hammerlandstraße. Hacia el final de la tarde, unos auxiliares del Rauhes Haus hallaron su cadáver en una zanja del páramo de Horn. Corrieron a dar aviso al agente de policía Anders; muy pronto, las huellas de un hombre condujeron desde el lugar del crimen hacia el campo de tiro de Wandsbek, perdiéndose luego en los caminos enfangados donde la noche borró todo rastro. Al día siguiente, la ciudad entera conocía el nombre de la víctima. El del asesino, en cambio, permanecería en la sombra durante dos semanas.
Emil se había marchado entre las tres y las cuatro, acompañado durante un trecho por Georg Borries, de seis años. Los muchachos se toparon con un individuo que les propuso llevar un fardo a cambio de cincuenta pfennigs. Frente a la posada de David, Adolf y Heinrich Clasen vieron entrar a los dos pequeños y salir después junto a aquel desconocido. El hombre reiteró su ofrecimiento; Heinrich Clasen advirtió que no portaba bulto alguno y que su catadura le inspiraba desconfianza. Borries no tardó en apartarse del grupo. Emil continuó su marcha con el forastero.
Varias personas los divisaron a continuación encaminándose hacia el Horn Moor. Entre las cuatro y media y las cinco, unos jóvenes vieron a Emil correr con el individuo por el sendero empedrado que prolongaba el Horner Weg. Uno de ellos le gritó para inquirir adónde iba; el desconocido replicó con aspereza. A escasos minutos de allí, el niño fue ultimado. Los auxiliares del Rauhes Haus descubrieron el cuerpo alrededor de las cinco y media. Las ropas yacían bajo él; las heridas, en particular las del cuello y el hombro, daban fe de un ataque de extremada violencia. El médico forense concluyó que la muerte obedeció principalmente a la hemorragia y en parte a la asfixia, determinando que solo la incisión del cuello había sido infligida en vida del menor.
Las pesquisas iniciales siguieron un rastro de pisadas que conducía al campo de tiro. Los testigos describían a un hombre joven, enjuto, de tez pálida, ligeramente encorvado, con el hombro derecho más elevado y un andar vacilante y arrastrado. Vestía un abrigo oscuro, sombrero negro y botines de tacón pronunciado. Las descripciones no coincidían en todos los detalles. Los muchachos que persiguieron al fugitivo no lograron verle el rostro; uno creyó distinguir un forro claro, otro erró en la forma del sombrero. El camino estaba anegado y el sospechoso corría con presteza suficiente para distanciar a sus perseguidores.
El 21 de abril, un agente arrestó a Johann Adolf Christian Benthien, quien se hacía llamar también Ahrens. Contaba con múltiples condenas previas por mendicidad y quebrantamiento de destierro. Su infancia había estado marcada por la miseria, el desamparo y la violencia; quienes lo habían tratado lo tachaban de embustero, cruel con los animales y renuente a todo oficio. Tales testimonios dibujaban un pasado sombrío, mas no bastaban para probar el crimen perpetrado en el páramo. Benthien negó en un principio haber estado en la zona. Alegó haber pasado la tarde cerca del depósito de agua de Rothenburgsort y en un salón de baile, para marchar luego a pescar con su casero. Nadie corroboró dicha coartada.
El juez de instrucción, el Dr. Sudeck, tardó casi tres semanas en desmoronar aquel relato. El 6 de junio, Benthien admitió haber caminado hacia Horn, pero urdió un motivo distinto: un desconocido le habría pedido acarrear un baúl y buscar a un muchacho. Aseguró haber encontrado a Emil y a Borries, aguardando luego en vano al primero, quien se habría alejado para pedir autorización a su madre. Esta confesión parcial encajaba con ciertos extremos —efectivamente había recibido café y un groshen en casa del pintor Biedermann—, pero desviaba la autoría material hacia un tercero inalcanzable.
Los investigadores reunieron seguidamente varios indicios. La misma noche del crimen, antes de que recayeran sospechas sobre él, Benthien había relatado a su casero Wulff una versión muy distante de su itinerario real. Mencionó que un gato le había arañado la mano; al día siguiente, dos personas le vieron marcas recientes cuya disposición recordaba a la de unas uñas humanas. El 6 de abril, le había pedido prestado a Wulff un cuchillo de zapatero. La jornada posterior al homicidio, insistió en conservarlo algún tiempo más y lo devolvió finalmente limpio. Un cuchillero apreció arañazos en la hoja, compatibles con un afilado reciente; el facultativo juzgó verosímil que el arma hubiese causado las lesiones, sin poder aseverarlo de manera categórica.
Las huellas de calzado parecían asimismo incriminar a Benthien. Los vestigios hallados junto a la zanja medían unos veintitrés centímetros y presentaban un tacón alto y angosto. Sus botines se correspondían, en especial en la talonera; sin embargo, la defensa hizo medir el pie del reo, arrojando veinticuatro centímetros, y señaló que otro sospechoso de la causa calzaba zapatos que encajaban igualmente en las marcas. Esta discrepancia métrica, la ausencia de sangre en sus ropas y las discordancias entre los testimonios brindaron al abogado Schröder motivos fundados para sembrar la duda. Sostuvo además que el individuo en fuga no cojeaba, mientras que Benthien arrastraba una pierna, o al menos así lo aparentaba.
Las ruedas de reconocimiento y testimonios presenciales menudearon, mas su solidez fue desigual. Borries no reconoció a Benthien. Otros niños y adultos aseveraron identificar al acompañante de Emil; algunos lo habían mirado de cerca, otros solo lo vislumbraron en la penumbra. Hubo muchachos que recordaban un abrigo o un sombrero distintos a los del acusado. La viuda Zander, vecina de Horn, reconoció en Benthien al individuo que, la noche del crimen, acudió a comer a su casa, exhausto y envuelto en un capote. Ella le previno de que acababan de degollar a un niño; el hombre se marchó sin articular palabra. Benthien juró más tarde no haber visto jamás a esa mujer, para sostener luego que sin duda lo había olvidado.
La vista del Schwurgericht dio inicio el 17 de diciembre de 1889; si bien los debates estaban fijados del 17 al 19, la causa quedó vista para sentencia al término de la segunda jornada. Por el estrado desfilaron ochenta y ocho testigos de cargo y diecinueve de descargo. El sumario encerraba contradicciones, pero también mendacidades patentes y reiterados señalamientos. El debate pericial médico estuvo igualmente dividido: el facultativo de prisiones apreciaba en Benthien una debilidad mental y un impulso contra el cual no habría sabido resistirse; el médico forense, en cambio, no halló patología enajenante alguna y lo juzgó capaz de discernir el bien del mal. El fiscal instó al jurado a seguir el encadenamiento de los encuentros, el cuchillo, las lesiones y la falsa coartada. La defensa insistió en los yerros de identificación, el calzado, la falta de manchas de sangre y el peligro de condenar a un inocente ante el clamor del espanto colectivo.
Tras una hora de deliberación, el jurado declaró a Benthien culpable, por más de siete votos, de haber asesinado a Emil con alevosía y premeditación. El tribunal dictó la pena capital. Su letrado interpuso recurso, desestimado en diciembre por el Reichsgericht; a renglón seguido, el Senado de Hamburgo denegó el indulto. El 15 de enero de 1890, el fiscal general notificó al reo que la ejecución tendría lugar a la mañana siguiente. Benthien continuó proclamando su inocencia.
Fue entonces cuando el pastor Ebert, personado para prestarle consuelo espiritual, le advirtió de que no podía recibir los santos sacramentos con una mentira en el pecho. Refiere la crónica recopilada que Benthien acabó confesando. Achacó su acto a un resentimiento reconcentrado contra el género humano y admitió asimismo el concurso del apetito lúbrico; relató haber inmovilizado al niño con una mano a cierta distancia para seccionarle la garganta con el cuchillo de Wulff. No se retractó, empero, de sus explicaciones sobre las heridas de las manos. Esta confesión, transmitida por el clérigo y el compilador decimonónico, se produjo en la antesala del cadalso y jamás ante un estrado judicial.
Benthien consagró parte de la noche a escribir, recibió la comunión y durmió unas horas. El 16 de enero de 1890, pisó el patio del recinto penitenciario a las 8:09 horas; a las 8:10, cayó la cuchilla de la guillotina. La recopilación histórica concluye que se hizo justicia. Al lector de hoy le compete calibrar la naturaleza escurridiza del proceso: testimonios infantiles, huellas controvertidas, mendacidades palmarias, una pericia psiquiátrica escindida y una confesión póstuma transmitida en el trance postrero. La judicatura resolvió en su día; la única confesión que ha llegado hasta nosotros depende de la palabra del capellán y de la crónica retrospectiva que recogió su eco.
