La jornada se torna densa y tormentosa cuando Friederike Pott se sienta al borde de un bosque, entre Dortmund y Huckarde. Regresa a pie hacia la comarca de Bochum con su recién nacido en brazos. Apenas le queda dinero, padece hambre y solo ha podido conseguir un poco de leche para la criatura. El niño no cesa de llorar. Lo deposita entonces en el hueco dejado por un árbol desarraigado, le quita el pañuelo que le rodea el cuello y cubre el pequeño cuerpo con tepes de hierba. Se aleja y busca refugio en un campo de centeno. Pocas horas después, unos jornaleros perciben un rumor que atribuyen en un primer momento al canto de un pájaro. Bajo la tierra, el niño aún gime. Lo desentierran y lo reaniman al calor; logran salvarle la vida.
Esta historia fue consignada en 1870, casi dos décadas después de los hechos. Su autor salpica la narración de digresiones morales y reflexiones piadosas: atribuye ciertos sucesos al azar y otros a los designios de la Providencia, al tiempo que conjetura lo que pudo cruzar por la mente de la madre. Tales consideraciones no permiten desentrañar los verdaderos pensamientos de Pott. Los datos más fidedignos del capítulo proceden de las actuaciones policiales, de las declaraciones de la encausada y de la vista oral de 1853 ante el tribunal de lo criminal; aun estos extremos se conocen únicamente a través de dicha compilación y no por los autos originales.
Pott procedía de Linne, aldea que abandonó para emplearse como sirvienta en los alrededores de Bochum. Durante unas fiestas patronales trabó conocimiento con un individuo que se presentó como paisano suyo y aseguró provenir de Riemsdorf, a una hora escasa de camino. Le afirmó que en breve se establecería como maestro artesano en su pueblo y le pidió la mano. Ella accedió. Según la crónica, volvieron a verse catorce días más tarde en el camino de Bochum; él reiteró su promesa matrimonial y luego se esfumó. Nadie en la comarca reconoció el nombre con el que se había presentado. El texto no logra desvelar su verdadera identidad.
El 6 de junio de 1852, Friederike alumbró a un varón. Sus patronos requirieron los servicios de una comadrona y de un médico, ofreciéndose además a acogerla durante las seis semanas de su convalecencia. Ella rehusó. Creía, según apunta el relato, que la única forma de librar a su hijo del oprobio anejo a los nacimientos extramatrimoniales era lograr que el padre lo reconociera públicamente durante el bautismo. Quince días después del parto, emprendió viaje con la criatura hacia su tierra natal, cubriendo buena parte del trayecto en ferrocarril.
En el hogar paterno halló a su progenitor, un zapatero de sesenta y cuatro años que malvivía remendando calzado. Su madre había fallecido y sus hermanos servían en otras casas. El anciano no le reprochó su trance, pero permaneció taciturno y afligido, según el cronista. Pott marchó entonces a Riemsdorf, donde supuestamente iba a radicarse su pretendiente. Preguntó por él de puerta en puerta; nadie conocía a aquel hombre ni la filiación que había dejado. Regresó junto a su padre y, al cabo de unos días, hubo de reanudar el camino, incapaz de hallar jornal alguno en las inmediaciones.
Hasta ese momento, el pequeño se mantenía lozano. La madre albergaba la esperanza de recobrar su puesto con sus antiguos señores, pero no le restaban más de ocho o nueve silbergroschen. Se vio forzada a salvar a pie la dilatada distancia hasta las cercanías de Bochum. Apenas gastó en sustento para sí, temerosa de que le faltaran caudales para alimentar al lactante. Hizo que le prepararan algunas papillas y, de trecho en trecho, mendigó viandas. Cerca de Camen, varias casas le cerraron la puerta; solo en una le ofrecieron leche. En Dortmund compró un panecillo por dos pfennigs y prosiguió la marcha, exhausta.
El llanto del niño arreciaba por momentos. La crónica refiere que padecía una hernia; Pott procuró sosegarlo con un chupete improvisado, compuesto por una pizca de azúcar humedecida en leche y atada en un lienzo. Por los alrededores de Dortmund, el bebé se le cayó en varias ocasiones, sin que el texto aclare si medió descuido o intención. Entre la ciudad y Huckarde, la vereda cruzaba un bosque. Hacia el mediodía, bajo los chubascos de una tormenta, se detuvo a cobrar aliento. Nadie transitaba por allí. El relato pormenoriza a continuación un acto deliberado: se internó con la criatura en la espesura, la depositó en la hondonada excavada por las raíces de un árbol caído, le retiró el pañuelo del cuello y cubrió su cuerpo con terrones de hierba.
El cronista no oculta la gravedad del trance, pero se entretiene en colegir cierta «solicitud materna» en el hecho de que Pott dispusiera la cabeza en un hueco por el que aún entraba algo de aire. Tal conjetura es atribuible tan solo al autor. La narración deja constancia de que el niño quedó tapado, tras lo cual la madre se alejó para ocultarse en un sembrado de centeno próximo a la aldea. No se consigna ninguna manifestación de la acusada en ese instante que aclare cuál era su propósito o qué creía posible. El recién nacido se hallaba con vida al colocarse la hierba; ese extremo constituyó el núcleo de la acusación por tentativa de infanticidio.
El hallazgo se produjo merced a un encadenamiento de circunstancias fortuitas que el cronista tilda de providenciales. Un mozo faenaba cerca de la linde del bosque, mientras dos peones reparaban de forma excepcional un camino vecinal en las inmediaciones. A la hora del yantar, enviaron al criado a llenar agua en una fuente poco frecuentada. Al arrimar el cántaro, escuchó unos lamentos que tomó primero por aullidos de cachorros y luego por graznidos de aves. Adentrándose entre el arbolado, rastreó el terreno y comprendió que los quejidos brotaban del suelo. Apartó la hierba con la bota y asomó el brazo del niño.
Entre los tres hombres levantaron las planchas de césped y encontraron a la criatura con vida, si bien helada y manchada de barro. La trasladaron al pueblo, donde la lavaron, le dieron calor y le prodigaron atenciones; el texto anota que tales auxilios le preservaron la existencia, aunque nada dice de su destino posterior ni de sus secuelas. Pott, agazapada todavía en el centeno, escuchó a los jornaleros comentar que el niño había sido hallado y puesto a salvo. La crónica calla sus tribulaciones en aquel punto y se limita a reseñar que oyó la conversación.
Al caer la noche, una mujer empapada por la lluvia llamó a la puerta de una vivienda de la aldea y proclamó: «Yo soy la mujer». Se confesó como la madre que había abandonado a la criatura, se reconoció culpable, afirmó merecer la muerte y suplicó ver de nuevo a su hijo. Se trataba de Friederike Pott. De inmediato la condujeron ante el juez municipal, que casualmente se hallaba en el lugar. En sus primeras manifestaciones admitió haber cubierto el rostro del recién nacido con un paño antes de echar la hierba sobre él. Explicó que había estado «trastornada» y que el demonio la había tenido en su poder, según la expresión transcrita por el Pitaval.
A lo largo de la instrucción sumarial, su testimonio varió. Pott sostuvo que, tras tomar asiento en la espesura, había sufrido un desvanecimiento y que no recordaba haber colocado al niño en la hoya. Llevada a la inspección ocular del paraje, anduvo desorientada en torno a la cavidad antes de que se la señalaran. El cronista aventura que alguien pudo sugerirle semejante línea de defensa, presunción de la que no aporta prueba alguna. Pott insistió en que se halló privada de juicio durante el lapso transcurrido desde que descansó en el bosque hasta que volvió en sí, calada hasta los huesos, en medio del centeno.
El 19 de enero de 1853 compareció ante el tribunal de jurados. Dos médicos forenses depusieron sobre la alegada falta de discernimiento. A tenor del dictamen resumido en el Pitaval, consideraron que, a la vista de los hechos probados, no había obrado en un estado que anulara su libre albedrío. El jurado emitió veredicto de culpabilidad por tentativa de homicidio. El texto no reproduce extensamente los debates procesales ni detalla la totalidad de las preguntas formuladas a los jurados, impidiendo desentrañar los fundamentos íntimos de su convicción.
El tribunal le impuso una condena de doce años de reclusión en casa de fuerza. El cronista asegura que Pott sonrió al escuchar la sentencia, convencida como estaba de que sería condenada a la última pena y aliviada al verse con vida. Dicha interpretación del gesto pertenece enteramente a la fuente, pues carecemos de crónicas independientes que corroboren su reacción. La misma obra coteja su castigo con el de otra reo para censurar la desproporción de las penas, apreciación que atañe a la crítica moral y editorial, no al contenido de la resolución judicial.
La causa no autoriza a reducir la figura de Pott a la escena de la espesura ni a erigir la indigencia en justificación mecánica. La promesa matrimonial burlada, el desamparo, la carencia de sustento, la marcha a pie con un lactante enfermo y hambriento y la confesión espontánea figuran en la crónica como elementos de contexto; ninguno de ellos desdibuja el acto perpetrado. Del mismo modo, las consideraciones religiosas del autor sobre el azar y la Providencia nada demuestran acerca de los auxilios que preservaron al niño. Lo verificable dentro de los márgenes de este capítulo arroja hechos precisos: un recién nacido fue sepultado con vida, rescatado por obreros atraídos por su llanto y salvado de la muerte; su madre se entregó la misma tarde; un jurado apreció tentativa de asesinato y la justicia dictó doce años de condena.
