El 2 de octubre de 1851, en Schwebda, en el electorado de Hesse, Friedrich Wilhelm Müller, de apenas cuatro años, salió del patio del viejo castillo con una confidencia entre los labios. Refirió a su abuela que acababa de ver a su padre y que este le había entregado, envuelto en un papelillo, algo de sabor dulce.
Esta escena se halla consignada en un capítulo del Neuer Pitaval, publicado en 1859. Dicha obra reconstruye la instrucción y el juicio, si bien dista de constituir un acta judicial fidedigna. Su narración, en ocasiones novelesca y henchida de certidumbre, toma partido con frecuencia. Precisa es, por tanto, la distinción entre aquello que presenta como demostrado, lo que recoge a título de testimonio y el juicio moral propio de sus autores.
La abuela interrogó al muchacho y, poco después, su marido hizo lo propio. El niño reiteró su testimonio. Al poco tiempo, comenzó a quejarse de vivos dolores en el vientre. Su abuelo, quien ya había oído rumores de que el padre habría intentado librarse de la criatura en el pasado, sospechó un envenenamiento y le hizo beber leche. El dolor arreció sin tregua. La madre, Christine Müller, fue llamada con urgencia desde los campos. Según el relato, corrió en busca de Bütemeister, mas no dio con él. Envolvió luego a su hijo en su propio manto e intentó infundirle calor. El niño vomitó de nuevo y expiró. La crónica sitúa el curso íntegro del tormento en apenas dos horas.
La sospecha doméstica se tornó pública aun antes de la llegada de las autoridades. El abuelo increpó abiertamente al padre por haber envenenado al infante. El alcalde puso los hechos en conocimiento del tribunal de Eschwege. Al día siguiente, los magistrados se personaron en Schwebda; el examen del cadáver se practicó el 4 de octubre, tras otras diligencias preliminares. El texto refiere la autopsia e indica que los análisis químicos revelaron arsénico en las vísceras y el estómago. Los facultativos concluyeron que la dosis bastaba para explicar el deceso y que el cuadro sintomático se avenía con tal intoxicación. La causa médica parecía suscitar menos controversia que la identidad de la mano que suministró el veneno.
El inculpado no respondía al perfil que el vecindario solía atribuir a un homicida. Wilhelm Bütemeister, nacido en 1804, ejercía como administrador de una hacienda perteneciente a un chambelán de la comarca. El Pitaval lo describe como un varón instruido, laborioso y respetado por sus iguales. Casado y padre de un hijo legítimo, mantenía desde hacía años relaciones íntimas con Christine Müller, antigua jornalera de la propiedad, de quien Friedrich Wilhelm era fruto. El severo reproche moral que la crónica vierte sobre tales amores no constituye, en sí mismo, prueba fehaciente.
Desde el primer registro, los pesquisidores hallaron en el escritorio cerrado con llave de Bütemeister una pequeña bolsita de papel azul que contenía un polvo blanco. El envoltorio ostentaba una inscripción que advertía la presencia de arsénico. El análisis pericial confirmó la naturaleza de la sustancia y la crónica añade que era idéntica, por sus propiedades metálicas, a la encontrada en los despojos del niño. Bütemeister adujo en un principio ignorar la existencia de la bolsita y de su contenido. Arguyó después que algunos veterinarios bien pudieron haber depositado fármacos en su pupitre. Los veterinarios comparecientes desmintieron tal extremo, y el texto presenta esta coartada como refutada por los testimonios.
Christine Müller aportó otro testimonio inculpatorio. Declaró que, unas ocho semanas después del alumbramiento, Bütemeister habría aprovechado un momento en que ella se ausentaba para introducir un polvo blanco en la boca del lactante. La criatura prorrumpió en llanto y vomitó; ella limpió sus labios y su lengua y relató luego lo acaecido a su madre. Los médicos estimaron que la sustancia referida bien pudo haber sido arsénico, si bien aquel antiguo episodio careció, según el texto, de un examen pericial semejante al practicado tras la muerte. Müller aseveró asimismo que Bütemeister le había pedido en reiteradas ocasiones que hiciese desaparecer al niño. El administrador negó rotundamente tales imputaciones. Su propia credibilidad se vio cuestionada en la crónica, que recuerda cómo la mujer había ocultado inicialmente ciertos pormenores de sus tratos y del auxilio económico percibido. Semejantes contradicciones exigían una ponderada cautela; el texto, empero, las maneja según el pasaje como indicios en contra de la una o del otro.
La coartada de Bütemeister prometía un desenlace más categórico. Aseguró que, tras regresar a su aposento hacia las dos de la tarde para proveerse de tabaco, marchó de nuevo a faenar en los campos, donde permaneció hasta las seis. Mencionó nombres de braceros y trazó su itinerario. No obstante, varios labriegos no confirmaron su presencia en las eras sino a partir de las cinco. Uno de ellos declaró haberle visto regresar del viejo jardín del castillo hacia las cuatro, para partir de nuevo en torno a las cinco. La topografía resultaba decisiva: una portezuela del patio del castillo comunicaba con el jardín y los campos; a decir de la crónica, era posible transitar de un paraje a otro al abrigo de las miradas de los trabajadores. La coartada dejaba huérfana de testigos, con matemática precisión, la franja horaria que la acusación juzgaba determinante.
La cronología del infortunado pequeño se escudriñó al detalle. Tras el yantar, había acompañado a su abuela al campo; más tarde, hacia las tres, su abuelo le dio un pedazo de pan. De vuelta a la vivienda cerca de las cuatro, tomó pan negro untado con manteca de cerdo en presencia de su abuelo. Luego salió a corretear. Un criado le encomendó una botella vacía para que la llevase al destilador, apodado «el gordo Wilhelm», en el patio del viejo castillo. El niño penetró en el recinto y regresó unos diez minutos después sin la vasija. Corrió entonces a confiar a su abuela que acababa de recibir algo de su padre; los tormentos no tardaron en sobrevenir. Nadie afirmó haber presenciado lo acontecido en el patio; el destilador aseguró no haber visto a la criatura. La desaparición de la botella y la carencia de testigos oculares directos sirvieron de asidero a las objeciones de la defensa.
La vista judicial se abrió en Eschwege el 19 de julio de 1852 y se prolongó durante seis jornadas. Bütemeister negó los cargos e invocó su inocencia bajo juramento. El cuestionario sometido a los jurados deslindaba dos episodios: una presunta tentativa contra el párvulo semanas después de su nacimiento y el envenenamiento letal de octubre de 1851. Asimismo, se interrogaba si la víctima había nacido fuera de matrimonio, si el arsénico ocasionó su óbito, si el acusado se lo suministró con deliberada intención y si este conocía la condición mortífera del veneno.
El fiscal sostuvo que las últimas palabras del niño, el hallazgo de arsénico en el escritorio, el paso de Bütemeister por el castillo en la hora crítica y las declaraciones de Christine Müller se corroboraban recíprocamente. La defensa no controvirtió que el niño hubiese sucumbido a un envenenamiento arsenical, mas impugnó el momento y el escenario precisos en que lo habría ingerido. Subrayó que no se habían analizado los alimentos consumidos por el pequeño y que este bien pudo haberse topado con un extraño en el patio. El letrado puso asimismo en tela de juicio la veracidad que merecían los decires repetidos por un menor de tan tierna edad y recordó que ningún testigo vinculaba materialmente la bolsita con la escena. La crónica reseña los alegatos de las partes, mas no constituye una transcripción literal y desapasionada de cada comparecencia.
Tras varias horas de deliberación, los jurados respondieron afirmativamente y por unanimidad a las cuestiones relativas a la tentativa pretérita, la paternidad, la muerte por arsénico y el cabal conocimiento de su letalidad. Por once votos a favor, declararon probada la administración del tóxico mortífero y la intención de dar muerte. El tribunal condenó a Bütemeister a la pena capital por tentativa y consumación de asesinato por envenenamiento, señalando la decapitación por espada. El reo proclamó entonces que su conciencia comparecía en paz ante Dios.
Tres días después de clausurado el proceso, a decir del relato, Bütemeister solicitó audiencia con el presidente del tribunal. Manifestó en primer término que acataría la sentencia sin apelar y que imploraría la gracia soberana, perseverando en su inocencia. Un deudo fue a visitarle; Bütemeister le deslizó que podría declararse autor del envenenamiento en una súplica, aun siendo falso, con el único afán de mover al tribunal a la clemencia. Tras advertírsele de que una confesión mendaz no le reportaría provecho alguno, admitió en términos generales el envenenamiento. A la jornada siguiente, en presencia del presidente y de un escribano, desgranó un relato minucioso: refirió haber atraído al zagal a su estancia, haber mojado un pedazo de pan en arsénico y habérselo dado a comer, antes de encaminarse a los campos. Reconoció igualmente la tentativa de antaño, mas persistió en negar haber intentado emponzoñar al infante con cerveza en septiembre de 1851 y haber instigado a la madre a deshacerse de él.
Esta confesión postrera no aplacó el rigor de la justicia. El Pitaval señala que los magistrados presentes la juzgaron artera e incompleta; los miembros del jurado desaconsejaron el indulto. La petición de clemencia fue desestimada. El 19 de octubre de 1852, Bütemeister fue notificado de que sería ajusticiado tres días más tarde. En la mañana del 22 de octubre, abandonó la prisión escoltado y fue decapitado a espada en el cadalso aledaño a Eschwege. La crónica asevera que sus últimas palabras reconocieron la justicia de su suerte. Esta estampa postrera, al igual que los parlamentos atribuidos al reo a lo largo del proceso, nos llega tamizada por la pluma retrospectiva de los autores del Pitaval.
Schwebda custodia de este modo dos relatos difíciles de deslindar: el de un niño que, antes de expirar, señaló haber recibido algo de su padre; y el de un hombre que clamó inocencia ante el jurado, confesó con posterioridad y marchó al suplicio. El primero no tuvo ocasión de prestar juramento; el segundo mudó de testimonio ante la proximidad del cadalso, habiendo concebido la gracia como incentivo manifiesto de su confesión. La crónica concluye con ademán sentencioso. Al lector le corresponde ponderar tanto la concordancia de los indicios materiales expuestos en la obra como las limitaciones intrínsecas a una crónica judicial retrospectiva, que jamás suple las actas auténticas del sumario ni las declaraciones forenses originales.
