El 11 de abril de 1855, un vecino compareció ante la policía de Berlín con una sospecha antes que con una certeza: Joséphine Staudinger habría dado a luz dos días antes, pero nadie sabía qué había sido de la criatura. Los agentes y un médico del distrito acudieron de inmediato a la buhardilla donde habitaban el tapicero Staudinger, sus hijos y su primogénita. Joséphine acababa de sobrellevar un embarazo que había intentado ocultar. Incapaz de negar el alumbramiento, afirmó en un primer momento que el recién nacido había caído en la letrina. El registro no halló allí cuerpo alguno ni indicios de preparativos. En la narración del Pitaval, las pesquisas se concentraron entonces en torno a una habitación familiar demasiado estrecha para ofrecer muchos escondrijos, y en torno a una cama donde el cadáver había permanecido oculto.
Esta crónica judicial del siglo XIX se abre, sin embargo, con un veredicto moral ya dictado. Sus autores presentan a Joséphine como la antítesis de toda madre digna de compasión y escudriñan su porte, su compostura durante la vista e incluso su apetito. Semejante juicio pertenece al cronista, no a una observación imparcial. Para desentrañar el caso, es preciso deslindar los hechos que el texto atribuye a las diligencias, a los peritos médicos y a los testigos de aquella voz que transforma a la acusada en un personaje folletinesco.
En la primavera de 1854, el tapicero Staudinger abandonó una vivienda donde subarrendaba habitaciones amuebladas para instalarse con los suyos en una buhardilla de una calle secundaria de Berlín. Su esposa había fallecido hacía tiempo; Joséphine, de diecinueve años al celebrarse el juicio según la obra, llevaba el peso del hogar y cuidaba de sus hermanos menores. La familia compartía una única estancia donde se hacía la vida y se dormía. El padre pasaba fuera gran parte del día entregado al trabajo. El Pitaval describe un hogar miserable, hacinado, bajo la mirada atenta del vecindario, pero su caracterización de los temperamentos —el padre severo, la hija altiva o frívola— debe imputarse exclusivamente a sus redactores.
El origen del embarazo se remonta, según la crónica, a la época en que la familia aún alquilaba habitaciones. Un comerciante soltero, huésped de una de ellas, habría entablado relaciones con Joséphine cuando esta contaba unos dieciocho años. Tras la mudanza, ella continuó prestándole servicios domésticos en su nuevo domicilio, a espaldas de su padre. El relato asevera que, a partir de mayo de 1854, el hombre le entregaba dos táleros mensuales, sin mediar promesa de matrimonio. A comienzos de junio, la joven advirtió la falta del período; pocos meses después, las vecinas ya sospechaban el embarazo. Joséphine llegó a insinuar que era la prometida del dueño de su nueva vivienda, pero suplicó a las demás que nada dijeran a su padre.
Cuando el comerciante supo que ella se creía encinta, el Pitaval le atribuye una conducta evasiva: le habría exigido callar su nombre, atribuir la paternidad a otro y prometido dinero para lo sucesivo. No se trata de una versión corroborada por fuentes independientes, sino de lo que la crónica recoge a partir de las declaraciones de Joséphine y de la instrucción. La procesada no reveló su identidad ante el tribunal; según consta, alegó que el sujeto la había amenazado con negar la paternidad si lo delataba. La crónica añade que él le había entregado ocho táleros en total y un abrigo tasado entre seis y ocho táleros, y consigna asimismo que el hombre desapareció de las actuaciones sumariales. La identidad de aquel individuo permanece en el texto como una presencia anónima y desprovista de sanción judicial.
Joséphine habría intentado salir del paso por sus propios medios. Entre el otoño y la Navidad de 1854, solicitó a una vecina aceite de ricino con el propósito de interrumpir la gestación. La vecina, al percatarse del fin, la disuadió advirtiéndole de que arruinaría su salud, y Joséphine desistió. El capítulo sitúa el inicio del parto en la mañana del 9 de febrero de 1855, con agudos dolores lumbares. Su vecina, la señora Birnschein, le prestó auxilio y se ofreció a llamar a un médico si el cuadro empeoraba. En la vivienda, sin embargo, nadie pareció comprender la gravedad de la situación. Por la tarde, el padre se hallaba ausente por motivos de trabajo y los dos hijos menores estaban en la escuela.
Hacia las ocho de la noche, al sentir una repentina urgencia, Joséphine logró que los niños salieran de la estancia y se sentó sobre una bacinica. Refiere el relato que la criatura nació viva, cayó al fondo del recipiente y se movió. Temiendo que rompiera a llorar y la descubriera, la joven le introdujo un dedo en la garganta; al recelar que aún pudiera conservar el aliento, empuñó un cuchillo de mesa que yacía al alcance y le seccionó el cuello. Los médicos apreciarían dos incisiones y dictaminarían que el recién nacido, viable y nacido con vida, sucumbió a una hemorragia provocada por las heridas. Estos pormenores emanan de la reseña del Pitaval y de su modo de extractar el examen forense; no justifican, en modo alguno, reproducir sus escabrosas descripciones ni sus excesos metafóricos.
Consumado el acto, y con arreglo a la confesión que consigna el libro, envolvió el cuerpecillo en dos camisas viejas y una toalla, ocultándolo después bajo el jergón familiar. Limpió el cuchillo y lo restituyó a su sitio. Al regresar los suyos, atribuyó las manchas hemáticas a una indisposición propia. Pasaron las jornadas; durmió en repetidas ocasiones en la cama, justo sobre el bulto. El contraste entre la cercanía del cadáver y el ajetreo doméstico confiere al suceso una atmósfera de opresivo encierro, mas no permite deducir por sí solo cuáles eran sus afectos. El Pitaval pretende adivinar en semejante conducta un cálculo glacial e ironiza sobre su proceder; tales aseveraciones sobre su temple no constituyen hechos procesales probados.
El 11 de abril, Birnschein notificó a la policía sus sospechas de que Joséphine había parido «anteayer». Esta conjetura temporal no concuerda con la fecha del 9 de febrero consignada más adelante en el texto para el nacimiento. La crónica no dirime semejante discrepancia: parece yuxtaponer una suposición inicial del vecindario a una cronología fijada a posteriori por las declaraciones y la investigación judicial. Preciso es, pues, deslindar con nitidez la delación de abril —detonante de la intervención policial— del alumbramiento que las actuaciones atribuyen a la encausada. Tras su primer embuste sobre la letrina, Joséphine permaneció bajo custodia. Durante el día siguiente y parte del posterior guardó silencio, hasta que otra moradora del inmueble logró persuadirla de confesar el paradero del cuerpo. Según el Pitaval, yacía bajo la ropa de cama de la pieza común, envuelto en lienzos ensangrentados.
El examen cadavérico constató el nacimiento a término y las heridas en la garganta. Joséphine no tardó en admitir lo sustancial: el embarazo extramatrimonial, el parto en soledad, la muerte infligida con el cuchillo y el ocultamiento del cuerpo. Rehusó revelar el nombre del progenitor. Sostuvo asimismo que no había premeditado el homicidio y que el pavor a su padre y a la infamia pública la subyugó en el instante mismo del trance. Los médicos forenses, conforme a la crónica, concluyeron que el niño no pereció por asfixia digital, sino a causa de las heridas incisas y la consiguiente desangración. El expediente narrativo vincula de este modo la confesión a las comprobaciones periciales, sin que ello permita diluir la frontera entre las alegaciones subjetivas sobre el dolo y las conclusiones técnicas sobre la causa mortis.
El lunes 12 de febrero, el texto le atribuye dos notas de despedida dirigidas a su padre: en una aludía a lo que se ocultaba bajo su almohada; en la otra le imploraba perdón por el pesar causado. Se dijo que había guardado un cuchillo en el lecho con intención suicida, frustrada por la constante vigilancia de que era objeto. Fue trasladada a continuación al hospital de la Charité. En la instrucción previa ratificó la comisión de los actos materiales, reiterando que jamás concibió el designio de matar antes de sobrevenirle el parto. Este matiz, recogido por la crónica, no supuso una retractación de los hechos admitidos. Añade el capítulo que la joven comió tras dar a luz, detalle esgrimido para reprobarla moralmente que en nada altera la realidad anatómica ni el fallo de la justicia.
El 19 de noviembre, la sala de vistas del tribunal de Berlín se hallaba abarrotada antes del comienzo de la sesión. El Pitaval repara morosamente en el auditorio —integrado sobre todo, apunta, por mujeres y jóvenes doncellas— y luego en la traza y serenidad de la procesada. Refiere que respondió «culpable» a la interpelación del presidente y que expuso los hechos con voz firme. Esta estampa de la audiencia refleja la pluma del cronista, no una transcripción taquigráfica contrastada. El ministerio fiscal juzgó la confesión bastante y reclamó sustanciar el juicio sin jurado popular. La defensa se opuso tenazmente, deseosa de someter la imputabilidad y responsabilidad penal al criterio de los jurados. La sala resolvió que la confesión era plenamente circunstanciada y autorizaba a prescindir de ellos; el letrado renunció entonces a pronunciar su informe, por estimar conculcados los medios de su defensa.
El tribunal impuso la pena de diez años de Zuchthaus —reclusión en presidio con trabajos forzados, según la obra—, fallo que Joséphine escuchó imperturbable, siempre al decir del Pitaval. El capítulo no da cuenta de apelación, indulto ni noticia fidedigna alguna sobre el destino ulterior de la reo tras extinguir su condena. Plantea, ante todo, un dilema procesal insoslayable: cuando la confesión parece incontestable y los dictámenes forenses la corroboran, ¿puede el tribunal dispensarse del tribunal de jurado aun mediando controversia sobre la responsabilidad planteada por la defensa? La obra zanja la cuestión desde su propia perspectiva, mas su sesgo moralizador disimula las lagunas documentales del relato. Al cribar la cronología, la confesión, el peritaje y el comentario judicial, reaparece el proceso histórico sin reducir a una joven desvalida a mera caricatura ni confundir una crónica retrospectiva con los autos originales.
