Un muchacho tuvo que presentarse en Newgate en medio de los prisioneros y señalar a quien le había entregado unas monedas. Indicó a Lewis Houssart. Según su testimonio, aquel hombre lo había enviado a buscar a la madre de Anne Rondeau, pidiéndole que la condujera a un paraje donde un caballero debía esperarla. La madre acudió; nadie la aguardaba allí. A su regreso, halló muerta a su hija. Aquel niño, cuya corta edad asombraba a los cronistas, se convertiría en una pieza capital en el juicio por un asesinato que ya le había valido a Houssart una primera absolución.
Lewis Houssart había nacido en Sedán, en la Champaña. La reseña judicial lo describe como un barbero de escasos recursos afincado en Londres, que en ocasiones practicaba sangrías a su clientela. Sin embargo, en el pliego que entregó antes de expirar, trazó de sí mismo un retrato bien distinto: aseguraba haber estudiado cirugía, haber sido aprobado tras examen por un colegio de Ámsterdam y no haber podido servir como cirujano de marina debido a su intolerancia a la navegación marítima. Situaba a su padre y a su hermano en Maastricht, a sus dos hermanas en Francia, y manifestaba haber vivido siete u ocho años en Londres. Noticias todas de su propio puño; así deseó ser recordado.
Afirmaba haber amado a Anne Rondeau, nacida como él en la misma aldea. La crónica la señala como su primera esposa. Houssart contrajo segundas nupcias mientras ella aún vivía. En su memoria escrita, refería que, tras haberse distanciado de ella, Anne le reveló un secreto: no había permanecido casta y aquel yerro había tenido consecuencias. Sostenía haberle prestado auxilio y desear, tras su muerte, el eterno descanso de su alma. Por su parte, el cronista sugiere que el asesinato de Anne tuvo lugar durante la breve ausencia de Houssart en la noche de bodas de su segundo matrimonio; refiere que la navaja barbera habría degollado a la primera esposa.
En un principio, Houssart fue arrestado y juzgado en el Old Bailey por este asesinato, pero el jurado lo absolvió por falta de pruebas concluyentes. Poco después se le imputó el delito de bigamia: apenas se defendió, fue declarado culpable y declaró que poco le importaba conservar su reputación en tal materia. Sostuvo que no existía deshonor donde no mediaba falta e invocó la fe de su primera esposa, a quien calificaba de sociniana, para justificar que no le debía las atenciones ordinarias. Tales fueron sus palabras y su razonamiento, consignados por una crónica sumamente severa con semejantes doctrinas.
Solomon Rondeau, hermano y heredero de Anne, entabló a continuación una querella privada, figura procesal que la fuente denomina appeal. Un primer procedimiento se desestimó por vicio de forma; tras ello, se dedujo otra acción formal contra Houssart y se debatieron seis extremos ante el Old Bailey. El cronista señala que en la vista surgieron las siguientes circunstancias: durante el banquete ofrecido en casa de su segunda mujer, Houssart se sobresaltó y pareció aterrado; un muchacho declaró que el acusado le había dado dinero para ir en busca de la madre de Anne, engañándola con que un caballero la mandaba llamar. Al regresar del lugar convenido sin hallar a nadie, la anciana entró en la vivienda de su hija y la encontró degollada.
La madre se había enojado en un principio al advertir que el niño la había hecho caminar en balde; el hallazgo del cuerpo de Anne disipó al punto aquel disgusto. El menor, aún de muy corta edad, fue conducido ante los presidiarios de Newgate. Reconoció a Houssart como el único hombre que le había pagado por aquel encargo. La crónica menciona asimismo diversas pruebas que califica de corroborantes, sin pormenorizarlas al detalle. A partir de tales elementos, el jurado lo declaró culpable de asesinato. Houssart protestó contra la justicia del tribunal, insistió en que se lo podía ajusticiar sin convertirlo por ello en culpable y apenas procuró articular otra defensa.
Al inicio de su encierro, Houssart leía, rezaba y meditaba, a juicio del autor, mostrando una gravedad y desasosiego manifiestos. Tras la condena, el cronista refiere una notable mudanza de actitud: se expresaba con cólera hacia el tribunal y, en el departamento de los sentenciados a muerte, lamentaba no haber denunciado con mayor aspereza la justicia británica. Sus compañeros de celda lo oyeron departir con John Shepherd cuando las chispas del fuego de carbón ascendían; deseaba que fuesen proyectiles capaces de echar abajo los muros de la prisión para poder morir a la manera de Sansón.
Las noticias sobre sus últimos días resultan contradictorias. Por momentos, impugnaba las doctrinas de la resurrección de la carne y del castigo eterno, esgrimiendo objeciones acerca de la disolución y transformación de los cuerpos tras la muerte. En otros instantes, hablaba de la Providencia, confesaba haber incurrido en numerosas faltas y solicitaba las oraciones de un clérigo. La crónica achaca tales discursos a una inconstancia moral; cuando menos, demuestran que quienes lo rodeaban presenciaban alternativamente su increencia y sus expresiones de sumisión religiosa.
Su hermano, llegado desde Holanda al enterarse de la sentencia, acudió a consolarlo. El cronista asegura que Houssart acogió con frialdad la visita y trató la muerte de Anne y su propio destino con tal ligereza que su hermano marchó desolado por su desapego. Más adelante, a Houssart se le conmovió el ánimo al pensar en el quebranto que su ejecución causaría a su padre, anciano cercano a los noventa años; varios testigos lo vieron llorar. Esas lágrimas no bastaron, sin embargo, para arrancarle la confesión del crimen.
Por ser francés y dominar con dificultad la lengua inglesa, se requirió la presencia de un pastor de la Iglesia reformada francesa. Houssart lo recibía con cortesía comedida y consentía gustoso en sus oraciones, pero montaba en cólera tan pronto como se le exigía confesar su culpabilidad. La víspera del suplicio, escuchó con atención un sermón consagrado a su causa y rehusó de nuevo reconocer el homicidio. Ya al caer la noche, aseguró al pastor que creía en Dios y en la resurrección; cuando los presentes le exhortaron al arrepentimiento, les suplicó que se limitaran a rezar sin atormentarlo más sobre su inocencia.
Había preguntado adónde dirigir una solicitud de indulto, sabiendo que tal decisión dependía de los deudos de su difunta esposa, los mismos que habían promovido la querella. En la mañana señalada para la ejecución, se mostró agraviado al negársele la comunión sin previa confesión, requisito transmitido por el pastor como una exigencia canónica. Permaneció firme: antes prefería morir privado de sacramentos que reconocer una culpa que aseguraba no tener. En la carreta que lo conducía al cadalso, sus protestas de inocencia se entremezclaban a intervalos con breves plegarias implorando perdón por sus copiosos pecados.
Al término del trayecto, mudó de color y se sintió desfallecer. Los eclesiásticos rehusaron rezar a su lado si no confesaba el asesinato; replicó que no declararía lo que ignoraba y les conminó a dejar de martirizarlo. Con todo, entregó al capellán de Newgate un pliego donde se atribuía cuarenta años de edad, evocaba Sedán, Ámsterdam y Maastricht, y rememoraba su encuentro con Anne. Tampoco allí admitía el crimen. Consignaba que ella le había confiado su secreto, que él le había procurado amparo y que encomendaba su alma a la paz eterna.
Así feneció Houssart, sosteniendo su inocencia en la causa que lo condujo al patíbulo, tras haber sido primero absuelto por insuficiencia probatoria y más tarde condenado por bígamo. La justicia dio fe al niño que lo reconoció, al ardid urdido para alejar a la madre de Anne y a las demás circunstancias vertidas ante el jurado; el reo, en cambio, entregó al pastor una memoria de su existencia centrada en el amor y auxilio prestados a su primera mujer. La sentencia se ejecutó sin tregua. La última palabra escrita por Houssart no pretendió justificarla: impugnaba de raíz sus fundamentos.
