El general Sarrazin compareció ante el tribunal de lo criminal con uniforme militar, mas desprovisto de charreteras y condecoraciones. Explicó que se había despojado de ellas por respeto al rey. Georgina Hutchinson, por su parte, acudía a defender un título mucho menos deslumbrante, que él antaño le concediera y que ahora le negaba: el de su esposa. En aquella sala donde se aguardaba a varias cónyuges, era la única de las tres en comparecer. Se disponía a hablar en francés sin intérprete, frente al hombre que pretendía no haber hecho más que fingir un matrimonio con ella.
El 23 de julio de 1819, los magistrados del Sena debían resolver una cuestión precisa: ¿había contraído Jean Sarrazin una segunda unión cuando la primera aún subsistía? El litigio descansaba, a ojos de la acusación, en dos actas: una redactada en Livorno en junio de 1799 y otra en Londres en mayo de 1813. Entre ambas mediaban ejércitos, una deserción, una frontera cruzada y sucesivos cambios de régimen. El general pretendía servirse de toda esa peripecia histórica. Georgina necesitaba que se diera lectura a los dos documentos.
En 1813, Sarrazin residía en la misma casa que la familia Hutchinson. Había pretendido la mano de Georgina para luego desposarla según el rito inglés. Su vida en común se prolongó durante siete semanas, según declararía ella ante el tribunal. Fue entonces cuando supo que otra mujer llevaba ya su apellido. Cécile-Charlotte Schwartz se había casado con el general en Livorno y aún vivía. Georgina abandonó el domicilio y buscó refugio en otra parte, al tiempo que se iniciaban las gestiones para obtener las pruebas de aquella primera unión.
Sarrazin le escribió para compelerla a regresar. En las cartas aportadas como prueba en su contra, apelaba a los juramentos pronunciados, al lugar natural de una esposa junto a su marido y al hijo que ella llevaba en su seno. Alternaba la súplica con la amenaza; las protestas de afecto lindaban con las recriminaciones. Aquellas páginas guardaban un destino que su autor no previó al despacharlas: no lograron traer de vuelta a Georgina, pero habrían de alcanzarlo a él ante sus jueces.
La joven no se limitaba a recibir tales intimaciones. Respondía, rehusaba concederle una entrevista y esgrimía las contradicciones del propio general. Si era tan indigna como él aseveraba, ¿por qué exigía su regreso? En medio de los reproches, conservaba la firmeza suficiente para volver la acusación contra quien la formulaba. Aquello no era por entonces más que una correspondencia entre dos personas distanciadas; sin embargo, aportaría al proceso algo que las copias de las actas no podían brindar: las palabras mismas de las que Sarrazin se había servido para definir su vínculo.
Una niña nació en marzo de 1814. Georgina imploró socorro. En una misiva agregada a la causa, describía la escasez de alimentos y combustible, los alquileres impagados y un trabajo que ya no bastaba para subsistir. Sarrazin había regresado a Francia. Las súplicas continuaron sin procurar a la madre ni a la criatura el amparo que reclamaban. En 1816, Georgina viajó a París para hacer valer sus derechos. Había cruzado el canal de la Mancha; le restaba aún sortear las negativas del hombre al que había venido a buscar.
Él tenía una tercera unión que oponerle. En mayo de 1817, ante el alcalde de Pennes, en el departamento de Lot y Garona, Sarrazin había desposado a Marie Delard. Era la única cónyuge que reconocía a partir de entonces. La primera ceremonia, en Italia, no habría sido un matrimonio; la segunda, en Inglaterra, no habría pasado de mera apariencia. No obstante, las actas existían. Para borrar a dos mujeres de su existencia legal, ya no bastaba con abandonar sus hogares: era preciso lograr que sus documentos carecieran de valor probatorio.
Georgina presentó una querella en agosto de 1818. Sarrazin fue arrestado en octubre y conducido a la prisión de La Force. Impugnó las piezas, publicó memorias y acusó a la denunciante de urdir maniobras contra su persona. El debate no versaba únicamente sobre las firmas. ¿Podía procesarse en Francia a un francés por un matrimonio celebrado en el extranjero con una súbdita extranjera? Coffinières, el letrado de Georgina, sostenía que el enlace le había conferido precisamente la condición de francesa. El vínculo que la había convertido en víctima no debía transformarse en el instrumento para cerrarle las puertas de los tribunales.
Sarrazin invocaba asimismo la muerte civil. En 1810, tras su paso a Inglaterra, un consejo de guerra lo había condenado a muerte en rebeldía. Aquella condena pretérita, cuyos efectos y eventual extinción eran objeto de discusión, le servía para impugnar su propia capacidad jurídica para contraer nupcias. La tercera unión había quedado excluida de la acusación por este motivo. Coffinières rebatía tal conclusión: oponía al general los efectos de una ordenanza real de 1815 y sus propias manifestaciones acerca del restablecimiento de sus derechos. Con todo, el juicio siguió versando sobre las dos primeras actas, y no sobre tres matrimonios condenados indistintamente.
En la vista, Sarrazin multiplicó las excepciones. Reclamó en particular que se impusiera una fianza considerable a Georgina, a quien se obstinaba en tratar de extranjera. Recordó que había tachado de falsas las copias fehacientes de las actas. El tribunal ordenó continuar con los debates. Un notario, depositario de la copia del contrato de Livorno, compareció con ella; la pieza fue depositada sobre el estrado y luego trasladada al acusado. Este no vio en ella sino un arreglo pecuniario, unos esponsales de conveniencia, cualquier cosa salvo el compromiso matrimonial que se le imputaba.
El presidente le planteó entonces una contradicción nacida de su propia pluma. En una carta, Sarrazin había afirmado que el matrimonio inglés, de tenerse por válido, quedaba anulado por el que había contraído con anterioridad con Schwartz. Ahora bien, en el juicio impugnaba aquel primer enlace. El argumento destinado a rechazar a Georgina se trocaba en un reconocimiento comprometedor de la unión italiana. A medida que buscaba una escapatoria en un documento, otro de sus escritos parecía cerrársela.
Respecto a Londres, admitía haber comparecido ante un sacerdote, pero tildaba la ceremonia de farsa. Se le leyeron de nuevo sus llamamientos para que Georgina regresara, sus alusiones a los juramentos y su invocación de las prerrogativas conyugales. Respondió poniendo en entredicho la conducta de quien lo había abandonado. Ella declaró por su parte que se había marchado tras descubrir el primer matrimonio. Aquella pugna no se dirimía por la fuerza de sus voces: a los jueces les correspondía cotejar actas y declaraciones, mientras el acusado intentaba aún desviar el proceso hacia la reputación de la querellante.
Su pasado militar no solo entorpecía su propia defensa. El presidente le reprochó su deserción y los servicios que presuntamente había prestado a los ingleses. Sarrazin replicó que había exagerado sus hazañas y sacó a colación los informes que había traído consigo a Francia. El antiguo general copaba de nuevo toda la atención. Coffinières recondujo la causa hacia las uniones concertadas, hacia Georgina y su hija. Reclamaba reparaciones civiles para una mujer a quien Sarrazin había llamado su esposa antes de pretender que le era una extraña.
Claveau, designado de oficio para defender al reo, tomó la palabra a su vez. Sarrazin intervino aún después de él. En una declaración escrita entregada a los jurados, sostuvo que no había firmado otra acta de matrimonio que la de Marie Delard; exigía los originales de los documentos italiano e inglés y argüía que, en realidad, se perseguía al desertor bajo el sayo del bígamo. No reconocía los hechos en la forma en que se le imputaban, ni la imparcialidad de quienes habrían de juzgarlo.
El jurado respondió no obstante afirmativamente a la cuestión relativa al segundo matrimonio contraído antes de la disolución del primero. El tribunal condenó a Sarrazin a diez años de trabajos forzados, a la exposición pública en la picota y a diez años de vigilancia tras el cumplimiento de la pena. Concedió cuarenta mil francos por daños y perjuicios a Georgina. El condenado declaró que carecía de bienes. La cifra acababa de pronunciarse; no constituía, por sí sola, un auxilio efectivamente recibido por la madre y su hija.
Sarrazin recurrió en casación, denunciando una vez más el sarcasmo de los magistrados y una persecución dictada por su pasado político. Su recurso fue desestimado; posteriormente fue expuesto en la picota. Georgina había logrado que el matrimonio inglés, desmentido como si fuera una farsa, quedara acreditado en una condena penal. Las cartas que la llamaban al lado de su esposo no habían restablecido su vida en común. Habían contribuido, sin embargo, a impedir que quien las firmaba la borrara de la suya.
