En el otoño de 1816, ocho personas perecieron en el incendio de Wild-Goose Lodge, en el condado de Louth. La casa se erguía sobre una estrecha lengua de tierra en mitad de un prado cenagoso; en invierno, las crecidas solían aislarla de las inmediaciones y dejaban expedito un único paso angosto. Allí se cultivaba y se trabajaba el lino. Pocos meses antes, la vivienda había servido de punto de reunión a una asociación clandestina. Su morador, Edward Lynch, había acabado por negarle la entrada.
Lynch transformaba el lino en lienzo, que luego transportaba para su venta a Dundalk o a Newry. Su hogar era también su taller, y el trabajo acumulado en el telar granjeaba a su ocupante una posición respetada en la comarca. Al principio había acogido las reuniones de los Ribbonmen, una sociedad secreta arraigada en la región. Según Pelham, Lynch se había sumado a ella convencido de que semejante cofradía contrarrestaría las demostraciones de fuerza del bando rival. No obstante, las asambleas se hicieron más frecuentes y los propósitos de sus cabecillas, mucho más violentos de lo que él estaba dispuesto a tolerar. Temeroso de ser considerado responsable de sus actos, Lynch exigió a los miembros que dejaran de acudir a su casa. La crónica puntualiza que la hermandad imponía a sus afiliados un juramento de silencio y les vedaba llevar a pleito a cualquier correligionario; su narrador arguye, no obstante, que semejante voto no podía despojar a una víctima de su legítimo derecho a recurrir a la justicia. Dicho comentario no prueba, sin embargo, que los conjurados reconociesen tal prerrogativa. Lynch quedó así atrapado entre aquellos ante quienes había empeñado su palabra y los vecinos resueltos a perpetuar el dominio sobre su morada.
El 10 de abril de 1816, una partida de hombres enmascarados irrumpió en su propiedad. Las reseñas locales cotejan la declaración testifical de Lynch con una relación publicada en el Belfast Newsletter: los asaltantes exigieron armas para saquear a continuación el mobiliario y el telar. Pelham añade que Lynch fue despojado de sus ropas y azotado en presencia de su familia, al tiempo que los agresores colmaban de injurias a su esposa. Con saña, rasgaron hasta el enjulio el lienzo aún montado en el bastidor, destruyendo el fruto de una labor destinada al mercado. Aquella afrenta colmó la paciencia de Lynch, quien decidió interponer una denuncia. Pelham señala que en un primer momento el tejedor había implorado el amparo del pastor de su grey sin obtener auxilio alguno, mientras los hostigamientos nocturnos proseguían. Tres hombres —Michael Tiernan, Patrick Stanley y Phillip Conlan— fueron encausados por el asalto y ahorcados en Dundalk el 1 de agosto, con arreglo a los fondos de la biblioteca del condado de Louth. Pelham, por el contrario, sólo contabiliza dos procesados tras el ataque y omite sus nombres; la tradición documental local discrepa, pues, en el cómputo de reos. La ley alcanzaba a parte de sus agresores, pero al propio tiempo pregonaba a los cuatro vientos la ruptura definitiva de Lynch con la sociedad secreta.
Las reuniones se trasladaron entonces a la capilla de Stonetown. Patrick Devane, llamado también Paddy en la crónica de Camden Pelham, ejercía allí como sacristán y tenía el templo bajo su custodia. Pocos meses después de las ejecuciones, se fraguó en el recinto una asamblea nocturna. James Anton, oficial que prestaba servicio por entonces en la comarca y que dio a la estampa sus memorias en 1841, refiere que los hombres fueron congregados al pie del altar. Pelham apostilla que Devane les tomó juramento de secreto, increpó la deserción de Lynch y presentó su castigo como una severa advertencia dirigida al resto de los afiliados. Acto seguido, asió una vasija rota con un trozo de turba encendida e instó a los presentes a seguir sus pasos.
La comitiva emprendió la marcha, unos a pie y otros a caballo. Pelham calcula que decenas de jinetes habían acudido desde parajes remotos tras una perentoria convocatoria, mientras que otros avanzaban a pie. Anton retrata a hombres que, por el camino, se preguntaban en murmullos qué desenlace les aguardaba; según su testimonio, varios de ellos no habían calibrado el verdadero alcance de la empresa anunciada por los cabecillas. Pelham agrega que algunos, aun habiendo escuchado las amenazas, no creían que fueran a ejecutarse ni que se rebasaran los atropellos de antaño. Dicha vacilación en nada alteró el rumbo: Devane los guio hasta la vivienda y ordenó tender un cerco en torno a ella. A tenor de lo consignado por Pelham, únicamente un reducido destacamento se adelantó provisto de picas en una mano y de pedazos de turba encendida en la otra. El lino almacenado en el inmueble, sustento primordial de Lynch, ardió en cuestión de minutos. La crónica da cuenta de angustiosos clamores de auxilio desde el interior y asevera que los hombres armados repelieron a cuantos pugnaron por escapar de las llamas; un criado de Lynch llegó a asomarse a un muro implorando socorro. Pelham sostiene que el cordón de asaltantes aguardó a que se extinguiera el menor vestigio de vida antes de desbandarse. Estos pormenores proceden de la crónica de Pelham, en su edición de 1891, y no han sido cotejados con las actas originales del proceso.
Ocho personas perecieron en el fuego, según la biblioteca del condado de Louth. Las descripciones conservadas sobre los moradores de la casa resultan demasiado divergentes para fijar una nómina fidedigna. La crónica criminal publicada en 1891 ofrece un cómputo distinto: trece víctimas. La memoria documental local y el diario de Henry McClintock, que atestigua ocho fallecidos, inclinan la balanza hacia esta última cifra; la discrepancia, no obstante, persiste al no coincidir las fuentes.
Consumado el incendio, los miembros de la hermandad regresaron a sus hogares. Pelham escribe que los vendavales de otoño y las tempestades del invierno ya habían aventado las cenizas antes de que un solo implicado compareciera ante los tribunales. Cuando se logró identificar a algunos de los partícipes de menor rango, estos revelaron cuanto sabían para eludir el destino reservado a los cabecillas, que habían huido a distintas regiones. Devane fue finalmente apresado en Dublín, donde se hallaba empleado en los astilleros. El diario de McClintock, testigo presencial de la ejecución, lo describe como el cabecilla de una turba cercana al centenar de hombres y refiere que confesó su culpa al pie del cadalso. Aunque este testimonio no dilucida la responsabilidad individual de cada uno de los conjurados, conduce el hilo de los hechos desde la capilla hasta el estrado judicial.
Devane fue ajusticiado entre los muros desprovistos de techumbre de la casa incendiada; luego, su cadáver fue trasladado y colgado dentro de una jaula de hierro en Corcria, su lugar de origen, conforme a lo consignado en el diario. McClintock reseña que un retén de soldados custodió el patíbulo para evitar que los lugareños retirasen los restos. Pelham sitúa el juicio el 19 de julio de 1817 y afirma que el reo fue ejecutado de inmediato; el diario local ubica el trance el 23 de julio, al paso que otra anotación del mismo archivo apunta al día 24. El desacuerdo permanece irresuelto. Otros hombres fueron sentenciados y ejecutados sucesivamente; varios de sus cuerpos quedaron expuestos en poblaciones colindantes. Las penas respondieron a la matanza con un escarmiento público de la justicia, pero ni devolvieron los muertos a los suyos ni restituyeron a Lynch la casa donde antaño labraba el lino.
