El 2 de noviembre de 1830, una mujer encinta fue hallada sin vida en el patio de su morada, en la aldea de Märjen. Dos jornadas más tarde, en Börthen, una niña de doce años yacía sobre la sangre de la cocina. Ambas víctimas tenían la garganta seccionada; entre uno y otro crimen, un hombre se había alejado de los parajes sin despertar sospechas inmediatas. Las pesquisas no tardaron en confluir sobre Karl Wilhelm Oertel, mozo de desolladero devenido en vagabundo, quien admitió las dos muertes. Sin embargo, el curso del proceso no gravitó tanto en torno a su autoría como sobre la cuestión del albedrío: ¿había obrado en pleno dominio de sus facultades, o bajo un estado anímico trastornado por el aguardiente, el espanto y una vida entera de sevicias?
Oertel había venido al mundo bajo el techo de un verdugo y matarife de despojos, oficio que condenaba a su progenitor al desdén de la vecindad. Su infancia quedó pautada por las asperezas de semejante menester. Desde los diez años se vio forzado a colaborar en el traslado de los cadáveres de suicidas; cuando el llanto o la repugnancia lo hacían vacilar, el padre le hacía tragar aguardiente para templarle el ánimo. Faltaba con frecuencia a la escuela. Declararía andando el tiempo que su anhelo de juventud había sido ser guardabosques, horizonte que su padre le cercenó sin miramientos. Su madre profesaba afecto a sus dos vástagos, pero carecía de fuerza para quebrantar la autoridad marital.
Llegado a la adolescencia, el muchacho se entregó a la bebida. Sustrajo un reloj y, en 1826, fue sentenciado a tres años de casa de corrección por diversos hurtos y engaños. Excarcelado antes de cumplir la pena, reincidió y conoció nuevos castigos por estafa y ratería. Pretendió desposar a Friederike Wolfram, una humilde moza de Frößen, pero los padres de esta denegaron su consentimiento. Pese a ello, Oertel continuó prestándole auxilio, hundiéndose al tiempo en la embriaguez y en las pequeñas felonías. El capítulo del Nuevo Pitaval recompone este trasfondo doméstico, sin que las humillaciones en él descritas atenúen el peso ni la imputabilidad de los crímenes.
Tras perder su colocación junto a un ejecutor de Schleiz en octubre de 1830, Oertel anduvo errante durante varias semanas. El 2 de noviembre bebió en dos figones, tomó prestado un barrilillo con un falso pretexto y merodeó junto a la vivienda de los Wetzel, a cuyos moradores conocía de vista. A tenor de su confesión, franqueó el umbral con el propósito de pedir prestado o hurtar algún dinero. Registró varias estancias y subió al desván para descerrajar un arcón con una hachuela. Cuando bajaba la escalera, Maria Rosine Wetzel regresó al hogar y lo sorprendió en flagrante delito.
Ella lo reconoció y lo increpó tildándolo de ladrón. Oertel le suplicó que no diera la voz de alarma; la mujer, no obstante, se encaminó con presteza hacia la ventana. El reo le asestó entonces un golpe en la cabeza con el lomo de la hachuela, y de inmediato un segundo impacto. La mujer se desplomó. Volvió él a subir hacia el arcón, mas no logró violentarlo. Al descender de nuevo, percibió los estertores de la víctima. Empuñó un cuchillo posado sobre el banco y le cortó el cuello. Explicó más tarde a los jueces que no deseaba verla sufrir; con todo, su testimonio reveló asimismo el empeño deliberado de silenciarla para conjurar una delación. Arrastró el cuerpo al exterior tirando de un brazo, se apoderó de un pañuelo rojo y emprendió la huida. Solo al mover el cadáver reparó en que la mujer se hallaba encinta.
Al día siguiente, oculto en un pajar, escuchó que la justicia buscaba al «mozo de desolladero» por la muerte de una mujer embarazada. Sobrecogido de pánico, corrió hacia una balsa con la intención de arrojarse al agua, mas desistió y reanudó la marcha hacia Neustadt y Roda. La noche del 3 de noviembre alcanzó Börthen y se emboscó en una parva de musgo tras un granero. El rigor del frío lo atenazó; al despuntar el alba del día 4, buscó una posada donde procurarse calor.
En la vivienda de los Kahlert, la madre había marchado a la villa; Christine Wilhelmine, de doce años, permanecía al cuidado de la casa. Oertel bebió sendos vasos de aguardiente y cerveza, y luego demandó viáticos a crédito para continuar camino. La niña se negó, temerosa del castigo de sus padres, que ya la habían reprendido en otra ocasión por prestar moneda ajena. Retuvo la gorra del forastero en prenda. Oertel extrajo sus escasas monedas y su navaja de bolsillo para mostrarle su indigencia. La muchacha no soltó la prenda. Él la golpeó con la mano que empuñaba el cuchillo. La pequeña cayó sin proferir grito. La golpeó de nuevo en la cabeza y le rebanó el pescuezo. El facultativo concluyó que las heridas del cuello, mortales de necesidad por sí solas, determinaron una muerte fulminante. Oertel recogió unas pocas monedas y dos pañuelos, mas abandonó las ropas que en un primer impulso había buscado para facilitar su fuga.
Alcanzó Jena y resolvió no proseguir la evasión. Al ser prendido, confesó el homicidio de Christine; a los pocos días, reconoció asimismo el de Maria Wetzel. Guió de nuevo a los magistrados a través de ambas viviendas, señaló con precisión los puntos donde había acometido a las víctimas y marcó el lugar donde aseguraba haber arrojado el cuchillo. Sus declaraciones coincidían puntualmente con las deposiciones testificales y las piezas de convicción halladas. Lejos de eludir los hechos, manifestaba su deseo de perecer para expiarlos.
La defensa argumentó que Oertel pudo haber sufrido un eclipse momentáneo de la voluntad, muy señaladamente al dar muerte a la pequeña Kahlert. Los facultativos discreparon en sus dictámenes: en Weida, un médico estimó que un arrebato de cólera había mermado el libre albedrío del reo; en Neustadt, otro perito dictaminó que había actuado con plena conciencia y exento de enajenación. La consulta superior elevada a Weimar resolvió que, si por mengua de voluntad se entendía un estado patológico, indicio alguno permitía sostener semejante premisa. El tribunal condenó a Oertel a la última pena. La corte distinguió el segundo crimen del robo con premeditación: la imputación de asesinato descansaba en la resolución deliberada de degollar, no en el diseño previo de despojar a la víctima.
El intervalo entre el fallo y el suplicio fue dilatado. La primera instancia dictó la sentencia capital en mayo de 1832; la apelación la confirmó en agosto. El testimonio de la sentencia no ingresó en la prisión hasta noviembre. A finales de enero de 1833, el gran duque denegó la conmutación de la pena; la resolución le fue notificada a Oertel el 1 de febrero. El condenado solicitó reiteradamente que se fijara sin demora la fecha de su muerte y rehusó implorar clemencia. Durante su cautiverio, lloraba al rememorar su existencia, leía los salmos y se entretenía en domesticar primero un gorrión y luego palomas. Aseguraba no temer el patíbulo, mas anhelaba que el concurso popular no le guardase encono.
En las vísperas de la ejecución, el 18 de febrero, recibió el sagrado viático a las cinco de la tarde y escogió de su propia mano el himno que entonaron los chantres. A la mañana siguiente, el 19 de febrero de 1833, a las diez, ascendió al cadalso erigido sobre un altozano en las cercanías de Weida. Había rogado que nadie le pusiera las manos encima antes de hallarse sentado en el sillón de justicia. Vestía sobre el sayo de ajusticiado su Pikesche, la misma casaca con que había perpetrado los homicidios. Al pisar el tablado, se la despojó, descubrió su torso hasta los hombros y pronunció: «Aquí depongo mis vestiduras de pecado». Sentose acto seguido y recibió el golpe de gracia sin amagar retroceso alguno.
La jornada señalada coincidía con la feria anual de Triptis, a cuatro horas de Weida. Los regidores de la pequeña villa temieron que la multitud atraída por el cadalso dejara desiertos los tenderetes y privara de ganancia a tratantes y mesoneros. Se despacharon postas a Weida y a Weimar impetrando un aplazamiento. La súplica llegó tarde: la cancillería se limitó a responder que no procedía alterar lo dispuesto. El Nuevo Pitaval apostilla con fina ironía que los honrados vecinos de Triptis sobrellevaron aquel día sin caer en la ruina ni padecer quiebra alguna.
