En Copenhague, el poder reside ante todo en una estancia donde el rey se niega a firmar. En la noche del 16 al 17 de enero de 1772, Cristián VII recibe a Koller Banner, quien le anuncia que una conspiración amenaza su persona y su dignidad. Las crónicas discrepan en torno a los pormenores de esta entrevista; el desenlace, en cambio, es taxativo. El rey vacila, rechaza en un principio la orden de detención, hasta que la reina viuda y el príncipe Federico hacen a su vez acto de presencia. Ante sus apremios y, según Borrow, bajo coacción, Cristián acaba estampando su firma.
Los hombres que aguardan no siempre ocuparon el mismo lugar junto a él. Johann Friedrich Struensee es médico. Nacido en Alemania, instruido en Halle y facultativo en Altona, acompaña a Cristián durante su periplo europeo de 1768. Se gana la confianza del soberano, regresa con él a Dinamarca y se convierte en su médico personal. Enevold Brandt, noble danés, ha conocido el ostracismo; Struensee contribuye a su restitución en la corte. Ambos son distinguidos con el título condal. Struensee, por su parte, no tarda en erigirse en el principal ministro del monarca.
Una medicina de cámara se transforma de este modo en proximidad política. Las leyes y las providencias pasan ante los ojos de un monarca a quien su entorno juzga incapaz de gobernar por sí solo. Struensee asume una intervención decisiva en la administración y emprende un amplio programa de reformas, entre ellas la abolición de la censura. Esta novedosa libertad no concita todas las voluntades: las restricciones reaparecen en cuanto la imprenta arremete contra su gabinete. En la corte, la mudanza de cargos, el apartamiento del ministro Bernstorff y la encumbración de un médico alemán atizan el resentimiento de una nobleza que se considera excluida del poder.
La vida cortesana añade sus propias estampas a la discordia política. Se introducen en palacio bailes de máscaras y festejos foráneos. Borrow los retrata como focos de liviandad; esta reprobación moral pertenece a su relato, pero revela asimismo en qué medida el boato y los hábitos de la corte se transforman en argumentos contra el ministro. El apego que la reina Carolina Matilde profesa a Struensee aviva los rumores. El idilio entre el galeno y la soberana forma parte incontestable de la historia consagrada por la Colección Real danesa. Borrow se mostraba más circunspecto. Con todo, dicha privanza quedará debidamente consignada entre los cargos de lesa majestad: en una monarquía absoluta, los afectos íntimos del soberano comprometen también su potestad.
Con el paso de los meses, sus adversarios aprenden a valerse de las armas que él mismo les ha brindado. Agrupan a soldados descontentos y traman el arresto. Una primera tentativa se frustra. El conde Rantzau bien pudo haberlo prevenido. Según Borrow, lo aguarda en sus aposentos, resuelto a desvelarle la conjura. Struensee, demorado por sus quehaceres, acude directamente al baile; los conjurados impiden después que ambos hombres se encuentren. En la noche del 16 al 17 de enero concluye un baile de máscaras en el palacio de Christiansborg. Tras el festejo, los convidados se retiran. El rey es despertado de su sueño; el decreto ostenta ya su firma.
Koller Banner penetra en la estancia de Struensee, fuerza la puerta y lo halla dormido. El médico no ofrece resistencia al mandato. Es conducido en coche de caballos a la ciudadela. Brandt opone una breve réplica antes de ser reducido y apresado a su vez. Al despuntar el día, la reina es trasladada a Kronborg. La quiebra no acaece en plaza pública, sino en las mismas estancias donde, escasas horas antes, el poder se ofrecía en espectáculo. Los hombres que ocupaban en él las primeras filas yacen ahora entre rejas; las determinaciones que habían adoptado han dejado de pertenecerles.
El proceso se prolonga durante semanas. Los comisionados someten a los dos condes a repetidos interrogatorios. Borrow refiere que a Struensee se le muestran los instrumentos de tortura para amilanarlo, mas puntualiza no haber hallado constancia de que los reos fuesen sometidos al tormento. Describe un careo en el que ninguno de los dos inculpa a su compañero. Ambos hombres, tantas veces unidos en el favor regio, comparecen bajo la mirada de quienes urden su condena. Sus declaraciones recomienzan, dilatadas y frecuentes. Borrow aventura la cifra de 637 preguntas formuladas al médico; consigna este cúmulo sin transcribir la totalidad de las respuestas.
Los autos judiciales, sin embargo, no se circunscriben a una acusación de costumbres. El ministerio fiscal imputa a Struensee su trato íntimo con la reina, la autoridad que se habría arrogado y ejercido a espaldas del soberano, amén de la alteración de una partida contable. Incluso la venta de una alhaja de la reina a un precio considerado vil figura en la nómina de cargos. Quedan todos subsumidos bajo la tipificación de lesa majestad, si bien la sentencia no los pormenoriza uno a uno. A Brandt, el fallo le atribuye maquinaciones dirigidas de modo directo contra la persona del rey. Estos fundamentos no revisten idéntica gravedad; bajo el marbete de alta traición, convergen múltiples inculpaciones y no pocas reyertas palaciegas.
El 25 de abril de 1772, la comisión pronuncia la pena de muerte, la confiscación de bienes y la privación de títulos. Cristián VII ratifica la sentencia el 27 de abril, víspera de su ejecución. Los dos condenados reciben la notificación de su destino a través de sus letrados. Struensee lee su condena con serenidad, a decir de la crónica, para mostrar después mayor zozobra al enterarse de que Brandt ha sido sentenciado a igual suerte. Una de las cuitas que entonces le acongojan ya no atañe a su propia dignidad ni a sus reformas: es el castigo del hombre a quien antaño había contribuido a restituir en la corte.
El fallo prescribe la pérdida de títulos y blasones, la mutilación de la mano derecha, la decapitación y el descuartizamiento de los despojos. El derecho plasmado en autos deviene un espectáculo concebido para la contemplación pública. El 28 de abril, Brandt y Struensee son conducidos en carruajes hacia el cadalso erigido en la pradera oriental, extramuros de Copenhague. Tropas de infantería y marinería custodian las inmediaciones. Una nutrida multitud se ha congregado; muchos no alcanzan a hallar acomodo para atestiguar el lance. Brandt comparece en primer término. Borrow describe su casaca verde galonada de oro, su sombrero y sus botas, antes de consignar su plática con el pastor Hee. Sube al cadalso con un aplomo que Borrow contrapone a la compunción de Struensee.
En el caso de Struensee, la relación muda de testigo. Borrow se apoya en el texto del pastor Balthasar Münter, comisionado para asistirlo en prisión. La víspera del suplicio, Struensee le ruega que prosigan su coloquio con sosiego al día siguiente y que no se deje abatir por la congoja. Le confía un mensaje para su hermano: lamenta haberlo arrastrado a la desventura y desea testimoniarle su afecto. Rehúsa verlo por última vez porque, según Münter, la despedida resultaría en extremo desgarradora. Confía, no obstante, en que la fortuna de su hermano tome buen rumbo. A Münter corresponderá, pues, transmitir a un vivo lo que el reo no halla arrestos para manifestarle en persona.
A la mañana siguiente, Münter encuentra a Struensee vestido para la partida y absorto en la lectura de un sermón sobre la Pasión. Al franquear los guardias la puerta, es el pastor, anota este, quien parece más turbado. Struensee lo exhorta a no acongojarse y sube a continuación a la carroza. Münter debe adelantársele: la orden regia le veda viajar a su lado. Llegadas las comitivas a las inmediaciones del cadalso, el pastor sube al coche de Struensee y manda virar el tiro para ahorrarle la visión del suplicio de Brandt. En su narración, Struensee camina en medio de la concurrencia, saluda a algunas personas y asciende los peldaños con dificultad. El pastor retrata un rostro demudado, un temor visible y, al propio tiempo, una sumisión ante la muerte que interpreta como piadosa.
La mano es cercenada antes que la cabeza; el cuerpo es después descuartizado en estricto cumplimiento de la sentencia. En las memorias de Münter, la ejecución de Brandt precedió a la de Struensee. El ministro que, pocos meses atrás, se hallaba en el epicentro de las decisiones del reino carece ya de títulos que esgrimir y de palabra capaz de detener el brazo del verdugo. Las armerías nobiliarias han sido quebrantadas ante los presentes antes de que el condenado sea despojado de sus vestiduras. La merced soberana había hecho un conde de aquel médico; una lectura pública y las manos del sayón bastaron para despojarlo de semejante rango. Münter permanece sobre las tablas del tablado, albacea del mensaje consagrado al hermano.
