Edward Reynolds fabricaba escobas y fregonas, oficio merced al cual ganaba lo suficiente para el sustento. Una noche, tras sentarse en una taberna frecuentada por gentes de mal vivir, prestó oído a las patrañas y sentencias de un antiguo barquero llamado Barnham, a quien el cronista describe como maestro consumado en el arte del engaño. A la noche siguiente, Reynolds pasó de la escucha a las obras: arrebató a un hombre que conocía su persona y sus costumbres un abrigo y un chelín. La acusación que siguió no fue, empero, la que él pretendió hacer prevalecer.
El cronista no consigna el nombre de la víctima ni la fecha de este primer lance. Refiere, en cambio, el descargo que esgrimió Reynolds al ser encausado: el abrigo y la moneda le habrían sido entregados para evitar que los denunciara imputándole una tentativa de sodomía. Reynolds mantuvo esta versión hasta sus postrimerías y negó en todo momento haber obtenido tales prendas por la fuerza. La reseña indica, con todo, que el jurado lo declaró culpable del delito que se le atribuía.
Había nacido en humilde cuna. Sus padres lo enviaron a la escuela, mas no quiso, según la crónica, aprovechar las letras. Ignórase si recibió otra instrucción profesional antes de dedicarse a la fabricación de escobas, que luego vendía de feria en feria, trajín que le procuraba al menos un desahogo regular. El autor insiste en esta circunstancia para desechar la disculpa de una necesidad imperiosa; juicio moral que atañe al cronista, en tanto que los hechos probados son la venta de su labor y las compañías a las que Reynolds se arrimó después.
El paraje donde solía comparecer era el redondel de Moorfields, entre Upper y Middle Moorfields. El texto describe este espacio como un hervidero de juegos, pasatiempos y apuestas: se tiraba al palo, se luchaba o se jugaba al tejo, para pasar luego a lances de moneda como el cara o cruz y los nueve hoyos. El cronista generaliza con holgura sobre los estragos de semejante vida, aseverando que el vicio del juego conducía a la penuria y que la búsqueda de numerario empujaba a no pocos parroquianos hacia el latrocinio.
En las inmediaciones del redondel, Reynolds dio con una modesta taberna que visitaba cada noche. Varios sujetos, según el autor, se congregaban allí antes de partir a sus correrías. Barnham, antiguo barquero y ducho en el robo desde hacía cerca de veinte años, llevaba la voz cantante en tales pláticas. Los demás lo escuchaban desgranar las mudanzas que creía advertir en el oficio. El texto reviste estas historias de un cariz doctrinario; refiere que Reynolds las oía con atención, sin que ello signifique que se hallara ya avezado en todas las tretas descritas.
Barnham contraponía los antiguos salteadores de caminos, a quienes pintaba como caballeros desposeídos, a los tenderos y artesanos de tres al cuarto a quienes la estrechez o el aborrecimiento del trabajo empujaban ahora a exigir la bolsa de los caminantes. Un caballo y un par de pistolas les bastaban, afirmaba, para mantener durante un año o dos la apariencia de su antigua hacienda. Evocaba asimismo a rateros capaces de birlar un sombrero o una peluca en pleno día, de escamotear un espadín al anochecer o de franquear moradas burlando cerraduras. Aseguraba que los antiguos maestros habían allanado incluso las mansiones de ancianos que dejaban dormir su oro en arcones, cual si el despojo les rindiera un favor al devolver esa riqueza a la circulación. Añadía que algunos gozaron de valedores harto poderosos para librarlos de la horca y procurarles luego medios de vida; los advenedizos, a sus ojos, carecían de su destreza y de su porte. Hacía remontar el declive de aquella audacia pretérita a la guerra de la reina Ana y a la paz de Utrecht, y citaba a Shepherd y a Frazier como los escasos nombres que, según él, aún evocaban el arte de antaño. Los contertulios, al calor de los vapores del alcohol, referían a su vez las hazañas que habían oído atribuir a los bandidos de otra época. Esos recuerdos, consignados en la reseña, ensalzan el delito presentándolo como una antigua profesión de osadía y primor. El narrador asegura que el auditorio quedaba prendado, y explica luego que las libaciones y las fábulas contribuyeron a trastocar la mirada de Reynolds sobre el robo.
Era Reynolds, a decir del autor, hombre de menguado seso, y no tardó en llevar a la práctica las ideas escuchadas. Se apoderó del abrigo y del chelín referidos. Preso y puesto a disposición de la justicia, intentó arrojar sobre su acusador una conducta deshonrosa, como si cada cual pudiera afrentar la fama del contrario hasta dejar al jurado en la penumbra de la duda. Esta treta no le valió: fue sentenciado.
En los postreros meses de su existencia, el autor lo retrata como hombre de ingenio rudo y escasas luces, de ánimo tornadizo. Comenzó a veces a prestar oído a las pláticas piadosas, en particular cuando Smith leía, y rogó por alcanzar misericordia y perdón. En la capilla se comportaba, según la crónica, con decoro, si no con fervor. El texto colige que esta mudanza obedecía a su alejamiento de los secuaces que lo habían arrastrado al vicio.
Había desposado a una mujer pobre pero de intachable reputación, con la que tuvo tres vástagos. Reynolds se amancebó más tarde con otras mujeres y abandonó a su legítima esposa la carga de criar a los pequeños. Con todo, cuando ella acudía a visitarlo a las cárceles, él se dolía de no recibir bastante dinero y la increpaba con aspereza. El relato ilustra con ello el abismo entre el reo que imploraba el socorro de su cónyuge y el hombre que la había dejado desamparada al cuidado de los hijos.
Reynolds expiró en 1726, rebasados los veintiséis años. El contraste que la crónica se afana en poner de relieve es el de un menestral que disfrutaba de un oficio, pero prefirió entregarse a compañías y relatos capaces de dorar el crimen con los oropeles de la destreza. En lo tocante al hecho concreto que lo condujo al suplicio, sin embargo, el lector permanece ante dos testimonios irreconciliables: la acusación que el jurado dio por probada y el postrer desmentido que el condenado sostuvo hasta la misma muerte.
