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Justicia y escándalos · Inglaterra

El pilón en la bota

Tras abandonar varios oficios y perpetrar robos en distintos condados, Stephen Gardiner planea asesinar a Richard Jones para arrebatarle sus bienes, pero finalmente desiste. Es condenado a muerte por el robo de ropa blanca a Dorcas Roberts y ejecutado en Tyburn el 3 de febrero de 1724.

Entre Abergavenny y Monmouth, Stephen Gardiner forzó la ventana de una casa que parecía deshabitada y no se llevó más que un vestido. Aquel robo no lo condujo al patíbulo de Tyburn; precedió a otras ocasiones aprovechadas al paso, entre ellas un proyecto de asesinato abandonado, antes de que la ropa blanca de Dorcas Roberts precipitara su arresto definitivo.

Gardiner había nacido en Moorfields, en el seno de una familia de condición modesta. La crónica hace de este barrio el punto de partida de una explicación moral: de niño, habría aprendido allí a malgastar las horas en el juego y a preferir los bolos y el bastón a cualquier ocupación provechosa. Hacia los catorce años, sus parientes lo colocaron como aprendiz de tejedor. Su conducta le valió duros castigos por parte de su maestro y la viva hostilidad de los vecinos. El cronista refiere que estos se quejaban de continuo y que algunos llegaron a golpearlo ellos mismos cuando el maestro tardaba en escarmentarlo. El texto presenta tales violencias como la consecuencia natural de sus propias faltas; juicio que pertenece, sin duda, al tono severo de la crónica de la época.

Agotado por semejante trato, Stephen huyó, convencido de que podría ganarse el sustento gracias a la destreza adquirida en los juegos de azar. Al cabo de un mes, le faltaba hasta el pan. Sin otro remedio que volver junto a los suyos, les suplicó que le ayudaran a encontrar un medio de vida honrado. Lo acogieron y lo embarcaron como grumete en un navío cargado de cereales que comerciaba con Holanda y Francia. Los juramentos, las disputas y las reyertas de los marineros lo aterrorizaron. A su regreso, imploró a su familia que le permitiera permanecer en Inglaterra, prometiendo trabajar con afán. Se le buscó acomodo en otro oficio, pero no tardó en abandonarlo también.

Regresó entonces a Moorfields, entregado al juego mientras le quedaban dinero y ropas. Cuando se vio sin un penique, intentó vaciar los bolsillos ajenos o ganar algunos cuartos apostando con los muchachos. Una primera tentativa de robo resultó fallida: un hombre advirtió que le sacaba una peluca del bolsillo y lo retuvo gritando ¡al ladrón! Gardiner la soltó y la apartó de una patada; un testigo intercedió en su favor y el lance concluyó sin consecuencias mayores. Un mes después, sorprendido de nuevo, fue entregado a la multitud. Los golpes fueron tan feroces, asegura la crónica, que a punto estuvieron de costarle la vida. De rodillas, suplicó que lo llevaran ante un juez y lo encerraran en Newgate, pero el gentío hizo oídos sordos. Gardiner aseguraría más tarde que aquel escarmiento lo apartó para siempre del robo de carteras.

Conoció después a dos jóvenes, Garraway y Sly, quienes lo invitaron a secundarlos en sus correrías nocturnas. Durante largo tiempo se negó. Pero, tras perder su dinero y hasta las prendas que vestía, fue él mismo a buscarlos. Lo acogieron de buen grado y se lo llevaron consigo. El primer golpe ideado por Garraway tenía por objetivo a su propio hermano. Los tres individuos penetraron en la vivienda y salieron con algunas ropas pertenecientes al hermano y a la hermana. Garraway los instó a no desanimarse: la casa de su padre estaba mucho mejor provista. De allí sustrajeron cucharas, jarras, saleros y otras piezas de platería de considerable valor.

Una rápida pesquisa condujo a su captura. Siendo Gardiner el más joven, fue admitido como testigo de cargo contra sus dos cómplices, que resultaron condenados. Pocas semanas más tarde, él recobró la libertad. La crónica no presenta esta indulgencia como el inicio de una enmienda duradera: reanudó de inmediato los hurtos. En casa del padre de un conocido, en Addle Hill, subió con sigilo al desván y robó costosas prendas masculinas.

Su camino se cruzó después con el de Richard Jones. Juntos, montados en un caballo robusto, partieron hacia Gales para poner en práctica la treta que en la jerga del hampa se conocía como el «Passing Lay». La maniobra dependía de una estudiada farsa a dos bandas. Los compinches entablaban conversación en una posada con gentes del campo hablando de ventas de ganado; al poco, surgía una baraja como por azar. Los dos tahúres jugaban entre sí hasta que uno de ellos apostaba una fuerte suma. En ese instante, mostraba sus cartas a la víctima y le proponía repartirse la ganancia, haciéndole creer que el triunfo era seguro. En cuanto el incauto soltaba su dinero, los cómplices desaparecían con el botín. Según la crónica, Gardiner ejecutó con éxito esta estafa en numerosas comarcas galesas, donde los lugareños estaban menos prevenidos contra semejantes celadas.

Jones había abandonado a su esposa. En Bristol había recibido un reloj de oro con su cadena, trajes galardonados y otros bienes preciosos. Poseía además, según la relación de los hechos, cerca de cien guineas. Gardiner concibió entonces la idea de apoderarse de todo aquel caudal dando muerte a su compañero. En una posada hurtó un pesado pilón de mortero de latón y lo ocultó en el interior de su bota, con la intención de quebrar la cabeza a Jones mientras atravesaban los bosques a caballo. En dos ocasiones llegó a sacarlo de la bota, pero vaciló en el instante supremo de asestar el golpe. El instrumento acabó cayéndose al suelo; Gardiner tuvo que recogerlo disimulando para no despertar sospechas. Al día siguiente volvió a caérsele. Temiendo que Jones adivinara su designio y lo matara por pura desconfianza, Gardiner desistió de su propósito.

Uno o dos días después, ambos hombres se separaron. Jones le espetó entonces, a modo de despedida, que él marchaba a Londres para terminar en la horca. Aquel pronóstico tenía el aire de una chanza o de una advertencia; el curso de los acontecimientos le conferiría una siniestra exactitud. Entre Abergavenny y Monmouth, forzó la ventana de la casa de las aves y sustrajo un vestido de entre las ropas guardadas en los arcones. No tocó los títulos de propiedad ni sobrecargó su marcha con más bultos.

Poco después de regresar a la capital, cometió el robo que habría de costarle la vida. Descerrajó la vivienda de Dorcas Roberts, viuda, y hurtó una cuantiosa cantidad de ropa blanca. Al poco tiempo fue sorprendido en la cama, vistiendo una de las finas camisas robadas; el resto del botín se hallaba oculto bajo el jergón. Conducido ante el magistrado, alegó que un tal Martin le había entregado aquellos efectos y le había pagado dos camisas para que los guardase en su despacho de aguardiente. El juez y los miembros del jurado desestimaron por inverosímil aquella coartada. Gardiner fue declarado culpable. La crónica lo señala como un viejo conocido de la justicia y añade que no albergaba esperanza alguna de gracia.

Bajo sentencia de muerte, se dedicó con fervor a prepararse para el trance final. Rememoró un suceso acaecido cerca de un año antes, cuando había sido detenido por una falta que él consideraba baladí y conducido al retén de St. Sepulchre. El condestable lo había dejado libre. Antes de que traspusiera la puerta, entró el pertiguero de la parroquia; el oficial advirtió entonces al joven de que mucho temía que aquel sacristán no tardara en recitar sobre él los versos de los condenados. Gardiner confesó haber quedado tan sobrecogido por aquellas palabras que apenas pudo articular sonido. Tal anécdota le servía, en el relato, para justificar el espanto que lo había atenazado y la momentánea interrupción de sus desmanes.

La crónica refiere que guardó estricto ayuno tras la condena y que marchó al patíbulo vistiendo únicamente su sudario, a pesar del riguroso frío. En Tyburn, rogó a los presentes que no reprocharan sus crímenes a sus padres, ajenos por completo a su proceder. Al divisar entre la multitud a varios de sus antiguos camaradas, los exhortó a contemplar su fin y a enmendar sus vidas. Stephen Gardiner fue ejecutado el 3 de febrero de 1724. La crónica clausura así una existencia jalonada de huidas continuas, fullerías con los naipes, allanamientos nocturnos, un intento de asesinato desvanecido y la ropa blanca de Dorcas Roberts descubierta bajo su propia cama.

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Lectura íntegra de la fuente Newgate-046 (1987 palabras, notas editoriales incluidas), SHA-256 acce1d7f40a0aaabbe09736761a49687f3767541d1940cfa3df27882ae3a87e3. El registro original fija explícitamente la ejecución en Tyburn el 3 de febrero de 1723-4; el cómputo del calendario moderno corresponde a 1724. El texto se atiene con fidelidad al cuerpo de la crónica. Las notas editoriales [37] y [38], relativas a la lotería de 1720 y a las funciones del pertiguero, han sido omitidas. No se han localizado coincidencias exactas para Stephen Gardiner, Garraway, Sly, Richard Jones o Dorcas Roberts en el corpus público lot-06-300 ni en los borradores consultados de Cap400; ningún caso ha sido identificado como duplicado.

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