Richard Gifford ya había culminado con éxito una operación bajo el nombre de William Green cuando se presentó en el Banco haciéndose pasar por Richard Mann. Para la segunda tentativa precisaba un fiador. Dio el nombre del agente de cambio que había hecho posible la primera: el señor Linton. En esta ocasión, la referencia resultó inmejorable: permitió reconocerlo. En la crónica de Camden Pelham, la estratagema se vuelve así contra su artífice: el hombre al que se convoca para franquear el cobro es con exactitud el único capaz de desenmascarar al impostor.
La recopilación editada en 1891 rescata una causa de 1829. Extrae de ella, asimismo, una moraleja sobre las malas compañías, la bebida y los favores desoídos. Semejante juicio moral atañe al compilador; escolta casi cada etapa en la trayectoria de Gifford. El fraude, en cambio, se deja reconstruir a través de elementos más tangibles: dos identidades usurpadas, dos sumas distintas, una serie de recibos y un reconocimiento fisonómico que no produce dos veces el mismo efecto. La crónica no transcribe las actas procesales, mas describe las maniobras y las admisiones de culpabilidad.
Las primeras puertas se le habían abierto a Gifford sin necesidad de suplantar a nadie. Su padre servía como criado en la familia del señor Abbott, futuro presidente de la Cámara de los Comunes y Lord Colchester; su madre trabajaba en la misma servidumbre. Tras el matrimonio de ambos, Abbott procuró al padre un destino en las dependencias de la Cámara. Richard, el primogénito, gozó a su vez de aquel patronazgo: ingresó en Christ’s Hospital —la célebre Blue Coat School— y obtuvo más tarde ocupaciones temporales de copista en las oficinas parlamentarias. La influencia de Colchester le concedió, por último, un empleo en el National Debt Office.
Al principio cumplió con sus deberes. Los decesos, ascensos y traslados de los empleados de mayor rango favorecieron su escalafón, escribe Pelham. Después sobrevinieron las ausencias y la incuria. Fue suspendido en tres o cuatro ocasiones; valedores de peso intercedieron para su readmisión. Aquellos regresos no remediaron nada de forma perdurable. Sus ausencias se dilataron y la administración resolvió finalmente despedirlo. El contraste en el que insiste el volumen es el de un hombre favorecido de manera constante que, pese a todo, echa a perder la posición alcanzada para él. El compilador imputa semejante ruina a su inclinación por la bebida y a sus amistades; no aporta, empero, los expedientes disciplinarios de la oficina.
Su familia ignoraba su paradero y llegó a temer que hubiese muerto. Su madre dio con su escondrijo y lo restituyó al hogar. Con el designio de retenerlo bajo techo, los padres lo privaron de sombrero, de dinero y casi de ropa de recambio. El celo paterno adopta aquí, en la pluma de Pelham, los tintes de un cautiverio rigurosamente material. Gifford no dio muestras iniciales de pesar ni de inquietud por el pasado. Cuando creyeron advertir en él una enmienda, su madre volvió a permitirle salir a su lado. Con todo, terminó por darse a la fuga, advirtiéndoles de que les haría recordar el trato que le habían dispensado. La crónica recoge la amenaza sin esclarecer qué pretendía tramar contra sus progenitores.
Se supo tiempo después que residía en las inmediaciones de Waterloo Road, vestido con decoro y entregado a una existencia de apariencia respetable. Atribuía esta repentina prosperidad a su enlace con una dama acaudalada. Fue la justificación que él ofreció, mas el texto no acredita tal matrimonio. Poco después compareció ante el Lord Mayor acusado de falsedades perpetradas en el Banco. El caudal y las identidades iban a incorporarse a los autos bajo una luz muy distinta de aquella ventura doméstica.
El 6 de marzo, Gifford había instado al señor Linton, agente de cambio establecido en Shorter’s Court, a vender los títulos consignados a nombre de William Green, artesano de Crucifix Lane. Linton no conocía al solicitante y se negó de entrada. Gifford apeló entonces al testimonio del padre del agente, asegurando que este solía coincidir con él en el National Debt Office. Se hizo llamar al anciano. Recordaba haber tratado a aquel individuo, aunque era incapaz de precisar el lugar. Aquello bastó al hijo. Una vaga memoria fisonómica, que en nada ratificaba la personalidad de Green, disipó no obstante su recelo inicial.
Linton extendió los documentos del traspaso. Gifford estampó su firma en el resguardo bajo el nombre de Green; al cotejarla con una rúbrica anterior, inscrita en un recibo de dividendos del mismo título, los trazos resultaron coincidentes. Pelham menciona el cotejo sin detallar cómo logró Gifford consumar la semejanza gráfica. No permite, por tanto, discernir qué documentos adicionales intervinieron ni la preparación de una muestra. El auto de procesamiento imputó la usurpación de la identidad de Green y la obtención de ciento veinticinco libras, importe de los títulos inscritos en los libros del Banco.
Transcurridos unos días de aquella gestión, Gifford acudió a la Rotunda del Banco presentándose como Richard Mann. Mann era titular de trescientas libras en rentas consolidadas. En esta ocasión, el propósito consistía en percibir un dividendo de veintisiete libras, no en enajenar el capital. Gifford solicitó a un corredor que atestiguara la legitimidad de su cobro. El intermediario le requirió un aval; él mencionó a Linton. Este se hallaba a escasa distancia. Convocado en el acto, reconoció de inmediato al individuo que lo había inducido a engaño bajo el nombre de Green. El hijo ya no requería interrogar a su padre sobre dónde se había cruzado con aquel rostro. Sabía de sobra a qué operación pertenecía.
En la sesión de octubre de 1829 del Old Bailey, Gifford se declaró culpable de ambos cargos. Pelham distingue las ciento veinticinco libras de Green de las veintisiete libras de dividendos de Mann. Hace constar asimismo que el magistrado le aconsejó revocar su confesión y que Gifford rehusó hacerlo. La crónica no consigna los motivos de tal exhortación ni la justificación de la negativa. Se pronunció la pena capital; tras el informe del recorder elevado al monarca, se decretó la ejecución. Las dos maniobras descritas en el volumen desembocan en este idéntico desenlace procesal.
El lunes 19 de octubre de 1829, Gifford marchó al cadalso junto a dos reos condenados por allanamiento y robo. Contaba veinticinco años. Pelham lo retrata deshecho, lanzando en derredor miradas veloces y extraviadas, para atribuirle luego un arrepentimiento postrero. Este cuadro terminal no deja de ser un juicio del compilador. La escena frente a los agentes de cambio brinda una clave más certera: una memoria borrosa había permitido a Gifford apoderarse de los caudales de Green; un encuentro demasiado reciente delató al mismo hombre bajo la máscara de Mann. Había invocado una referencia auténtica. Fue ella la que selló su perdición.
