En la mañana del 17 de abril de 1725, Jochen Rossow fue hallado sin vida junto a un horno de carbón, en el brezal vecino a Liepe. Su cuerpo yacía al pie de la carbonera donde había faenado durante la noche; el rostro ennegrecido por la tierra hizo pensar en un principio en una caída accidental entre las brasas. Sin embargo, al lavar el cadáver, quedaron al descubierto las heridas de la cabeza. La sospecha se apartó del fuego y recayó sobre una mano humana. Quien afirmó haber encontrado los restos era el criado de la hacienda, Christophel Jacob; las primeras actuaciones de la pesquisa no lo señalaban aún como sospechoso.
La víspera por la noche, Maria Schultin, esposa de Rossow, se había acercado a llevarle viandas a su marido. Lo describió de buen temple, sentado junto al horno, y creyó que concluiría su labor durante la madrugada antes de regresar al hogar. Al día siguiente, Jacob le preguntó qué tarea debía emprender. Ella contestó que lo ignoraba y lo mandó de vuelta con su amo. Jacob regresó al poco para anunciar que Rossow estaba muerto. Fue a buscar a Georg Wienbrandt, un carbonero vecino, a quien dejaron en custodia del cuerpo mientras el criado llevaba la infausta nueva a la viuda.
Todos creyeron al principio que el humo, el fuego o un traspié habían causado la desgracia. Los vecinos advirtieron el rostro tiznado; fue al lavar los despojos, según declaró Maria, cuando descubrió tres heridas y descartó la hipótesis del accidente. La inspección judicial, practicada junto a un cirujano, constató cuatro lesiones en el cráneo. El informe describió perforaciones que llegaban hasta el hueso y un fragmento de la bóveda craneal hundido, presumiblemente por el golpe de un hacha. No dictaminó de forma expresa que tales heridas fuesen letales. Las piezas resumidas en el legajo no registran una inspección minuciosa del lugar del crimen; tan solo indican que las averiguaciones entre los lugareños no permitieron avanzar más en aquel momento.
Durante meses, las pesquisas no arrojaron ningún culpable. En su primer interrogatorio, Maria declaró no tener indicio alguno sobre el autor. Jacob justificó su tardanza alegando un rodeo: había ido a devolver una herramienta prestada en una alquitranera y, al hallar la casa cerrada, se habría echado a dormir en un establo. Por la mañana, se había dirigido a la carbonera por orden de la viuda. Los magistrados tomaron razón de sus testimonios sin esclarecer quién se había adentrado en el brezal al amparo de la noche.
En septiembre, Georg Wienbrandt declaró que Jacob le había confiado que la viuda le había pedido dar muerte a su esposo. La instrucción dio un vuelco: Jacob pasó a ser delator y Maria, acusada. Ante los jueces, el doméstico sostuvo que ella lo había instigado en tres ocasiones, en distintos parajes de la hacienda. Afirmó haberse negado. Añadió que, tras la muerte de Rossow, le había ordenado guardar silencio. Maria negó tales imputaciones. El tribunal, que parecía recelar asimismo del delator, le preguntó por qué había solicitado poco antes un salvoconducto a la viuda para evitar que nadie pudiera sostener que había matado a su amo. Jacob lo admitió, sin aportar mayores explicaciones en la relación que ha llegado hasta nosotros.
La defensa de Maria se apoyaba en otro episodio de la vida doméstica. Afirmaba que Jacob, despechado por ver rechazadas sus pretensiones amorosas, la había acosado y luego violentado; aseguró haberlo repelido junto a la estufa con un tizón y haberlo expulsado del aposento a puntapiés. La acusación de asesinato, sostenía ella, no era sino una venganza. Ante los jueces, Jacob admitió que la mujer lo había golpeado tras haber mostrado él una conducta obscena durante una comida de la siega, y reconoció que ella lo había arrojado fuera. Glave, una vecina citada como testigo, confirmó los desmanes del criado y el castigo que Maria le había impuesto. Describió asimismo a los Rossow como un matrimonio bien avenido durante los siete años que llevaba tratándolos.
La causa fue remitida al tribunal superior de Stargard el 8 de octubre de 1725. El 22 de octubre, el Schöppenstuhl dispuso no limitarse al careo entre ambas partes. Ordenó indagar la conducta anterior de Maria y el trato que dispensaba a su marido, averiguar quién había visto a Rossow con vida por última vez, escudriñar el pasado del criado y solicitar a Glave precisiones sobre el incidente del convite de la siega. Las deposiciones y atestados debían asentarse con escrupuloso celo, admitiéndose la defensa de Maria en cada fase de la causa. El procedimiento buscaba así contrastar la catadura de los individuos con tanta severidad como las palabras cruzadas entre ellos.
Los informes recabados sobre ambos protagonistas ahondaron el contraste. Los vecinos y el pastor se pronunciaron con elogio hacia Maria: ponderaron su conducta devota, el trato apacible con su esposo y con la vecindad, así como los desvelos que Rossow le había prodigado cuando ella cayó gravemente enferma. Las referencias sobre Jacob distaban de ser favorables. Antiguos amos y eclesiásticos lo retrataban propenso a la bebida y poco asiduo al culto; una criada de un señor anterior había intentado en su día querellarse por sus deshonestos requerimientos. Estas opiniones no probaban el homicidio, pero arrojaban luz sobre el crédito que los pesquisidores debían conceder a su delación.
El proceso tomó un cariz definitivo cuando, el 26 de noviembre, se halló en la celda de Jacob una soga trenzada con paja, lienzos y ataduras de sacos. Reconoció haberla fabricado para ahorcarse, si bien declaró que la oración lo había apartado de tan funesto designio. La crónica consigna a continuación su confesión del crimen, pero le asigna una fecha del 17 de octubre, anterior al hallazgo de la soga recién relatado. Tal discordancia, presente en el testimonio OCR consultado, no puede resolverse sin cotejo con el facsímil; el relato se atiene, por tanto, a la secuencia que brinda la compilación, sin dar por cierta dicha fecha.
Ante el preboste y las autoridades criminales, Jacob retiró entonces sus cargos contra Maria. Explicó haberlos urdido por odio y despecho: ella había desdeñado lo que él mismo calificaba de intenciones culpables y lo había humillado tras los ademanes torpes del almuerzo. Confesó asimismo haber deseado desposarla y haber abrigado la esperanza, muerto el amo, de criar a los hijos de la viuda. Su relato situaba el crimen en la carbonera, en una noche cerrada. Dijo haber asestado a Rossow un único golpe con el pesado estacón empleado para apisonar el carbón, tras una disputa por el trabajo y el dinero de la cerveza.
Jacob alegó que Rossow había caído de espaldas sobre unas estacas afiladas y que se había lastimado aún más cuando su cuerpo resbaló de los brazos del criado. Aseguró que solo había querido descargar un golpe y que luego arrastró el cadáver para evitar que las piernas, que habían quedado junto a la hoguera, ardieran. Aquella era la versión del asesino confeso; el informe del cirujano describía varias heridas, sin determinar de forma taxativa su letalidad. El letrado asignado a su defensa esgrimió con precisión la duda entre un homicidio perpetrado en un arrebato y una muerte sobrevenida por la caída sobre las estacas, solicitando una pena menos rigurosa. Dicha duda fue alegada; no obstante, no prosperó en el fallo.
El 28 de diciembre de 1725, el tribunal superior de Stargard había dictado la absolutio ab instantia de Maria, dando por concluida la causa contra ella pero sin eximirla de las costas procesales; el proceso prosiguió contra Jacob, a quien los indicios convertían, a ojos de los jueces, en reo susceptible de tortura. El real decreto del 17 de marzo de 1726 resolvió la absolución plenaria y definitiva de la viuda, dispensándola de las costas que le habían sido impuestas. Para Jacob, el castigo quedaba sujeto a la ratificación voluntaria de su confesión ante el tribunal criminal público: dos tenazazos con hierro candente, seguidos de decapitación; su cuerpo sería luego fijado a la rueda, la cabeza clavada en una pica y el mazo homicida suspendido a su lado.
El 9 de abril, en el tribunal de Ueckermünde, Jacob fue interrogado en público sobre diez extremos. Reconoció haber dado muerte a su antiguo amo la noche del lunes, sirviéndose del estacón exhibido ante la sala, en solitario y sin mandato de terceros. Corroboró asimismo los móviles aducidos: el agravio de haber sido tildado de «moscovita estúpido», la negativa a darle el dinero de la cerveza y su afán por casarse con Maria. Declaró lamentar el homicidio y las calumnias vertidas contra la viuda. Estas respuestas quedaron asentadas en autos. El reo fue luego entregado a los verdugos; le fueron aplicadas las tenazas ardientes, fue degollado, su cuerpo colocado en la rueda, la cabeza alzada en una pica y la estaca de la carbonera expuesta en lo alto junto a sus restos.
Maria Schultin salió así limpia de toda culpa; los huérfanos de Rossow no perdieron a su madre a causa de una imputación que, tras meses de reclusión, se desmoronó ante la confesión de quien la había fraguado. La crónica de 1859 presenta este desenlace como un vuelco providencial. En ella se advierte, sobre todo, el largo abismo que media entre la sospecha inicial, una delación interesada, la voz de una mujer inculpada y la tardía confesión de un hombre que termina por declararse único autor. En la carbonera, el fuego había ennegrecido el rostro; mas no había borrado las heridas ni el rastro de la estaca, conservada como prueba de convicción en el proceso.
