El 9 de mayo de 1854, un campesino que transitaba junto al Vorwerk de Schwartow divisó en las aguas del Persante el cuerpo de una mujer, con el rostro vuelto hacia el lecho y las manos recogidas sobre el pecho. La corriente había arrastrado a Henriette Thom, llamada Hanne, hasta un recodo situado a unos doscientos pasos de la confluencia con el arroyo de Gramenz. Nada en aquel hallazgo delataba todavía un crimen; se creyó al principio en un infortunio fortuito. Fueron precisas una delación, una exhumación y seis inspecciones oculares para obligar a hablar a aquel puente de madera.
Hanne contaba treinta años. Se hallaba en el séptimo mes de gestación de su segundo hijo extramatrimonial y conocía de antiguo a las tres mujeres que no tardarían en ser acusadas de su muerte: Kath, Ulrich y Karoline Janke. Todas residían en Bärwalde y frecuentaban el mismo submundo de mendicidad y raterías menudas. La compilación que consigna los autos describe a Hanne como la menos diestra de sus compinches, a quien a menudo exponían en su lugar cuando arreciaba el peligro de ser sorprendidas. No obstante, su testimonio en una causa por hurto en el mercado de Tempelburg había quebrado esa sumisión: señalaba formalmente a las otras tres y debía sentarlas ante el tribunal de Neustettin el 12 de mayo.
La policía había expulsado a Hanne de Bärwalde, pero la mujer había regresado clandestinamente y se ocultaba en un establo. Sus antiguas cómplices sabían que su testimonio acarrearía su condena. Las pesquisas demostraron que deliberaron sobre su muerte antes del día señalado. Sopesaron diversos arbitrios: conducirla a una turbera, hacerle ingerir un brebaje letal o empujarla al Persante desde una orilla escarpada. Sus designios mudaban a medida que calculaban los riesgos: los pastores podían atisbar lo ocurrido en el marjal; los venenos no resultaban fáciles de procurar; un empujón al borde del cauce podía frustrarse.
El plan definitivo resultó más simple y despiadado. La víspera, Kath confió a otra mujer que al día siguiente irían a «desplumar el pollo» que guardaba en el establo, aludiendo a Hanne mediante esa metáfora. Mencionó el aguardiente necesario para domeñarla con mayor facilidad y su propio desvelo ante la espera. Esta confidencia, ratificada más tarde bajo juramento, proporcionó al ministerio público un asidero decisivo frente a los descargos de Kath. A la joven Janke se le encomendó en un principio arrojar a Hanne desde el puente; ante sus protestas, Kath replicó que ella misma se encargaría de la faena.
Las tres mujeres costearon el licor en común: cada una aportó un silbergroschen y Ulrich fue a procurarse el orujo y el alcohol. Convinieron en que Kath iría a buscar a Hanne, mientras que Ulrich y Janke se adelantarían para aguardarlas cerca de Wusterhausen. Sin embargo, en la mañana del 9 de mayo, el hijo de Kath franqueó la salida a Hanne antes de la hora prevista. La fuente puntualiza que el hecho pareció ocurrir sin la anuencia ni el conocimiento de la madre. Advertida de esta partida prematura, Kath le dio alcance con presteza y la persuadió de reincorporarse a la comitiva.
Hanne llevaba sobre la cabeza un talego de mendiga prestado por Wietzke. Había bebido desde el alba; por el camino, sus acompañantes la incitaron a seguir trasegando. Tras un breve alto, las cuatro mujeres enfilaron el puente que unía los caminos de Wusterhausen y Zülfenhagen con el de Schwartow. Aquella pasarela de veinte pasos solo disponía de barandilla en uno de sus costados. El Persante, de escaso calado en aquel tramo, discurría bajo el maderamen entre márgenes desiguales, estrechándose más abajo entre tocones y malezas. El juez instructor obligó a las encausadas a regresar al paraje para reconstruir cada uno de sus movimientos.
Las declaraciones de Ulrich y Janke, en un principio discordantes, terminaron por trazar una secuencia idéntica. Ulrich tomó la delantera sobre las tablas; Hanne la siguió, y tras ellas marcharon Kath y Janke. Cuando Ulrich casi tocaba la orilla opuesta, Kath le ordenó volver sobre sus pasos: «Bien sabes lo que hemos venido a hacer». Hanne, ajena a la celada, se volvió a su vez. En mitad del puente, Kath la aferró con ambas manos y la arrojó al vacío por encima del pretil.
Pese a todo, Hanne logró asirse. La barandilla cedió; la víctima cayó al agua y alcanzó a hacer pie en la orilla. Las tres mujeres se abalanzaron sobre ella y la empujaron de nuevo a la corriente. El agua la arrastró hasta un tocón; Ulrich la desprendió de allí y la devolvió al cauce. Más abajo, Hanne se aferró a un tronco encallado en la maleza. Las tres procesadas la arrancaron de su asidero. Kath la sujetó por la trenza anudada en la coronilla, le mantuvo la cabeza sumergida bajo el agua y la dejó ir a la deriva.
Janke, que también se había arrojado al río, impidió en un primer momento que Hanne ganara la orilla. Según su testimonio, la acometió entonces un súbito movimiento de piedad; cejó en su hostigamiento y tendió el brazo a la víctima para ayudarla a alcanzar la otra margen. Se sentaron en un trigal que lindaba con la orilla y comenzaron a escurrir sus sayas. Janke llegó a ofrecerle sus enaguas. La escena bien pudo haber concluido allí, pero Kath y Ulrich regresaron sobre sus pasos.
Ulrich alargó un garrote a Janke conminándola a golpear a Hanne. Janke arrojó el leño al agua y se negó a continuar. Hanne, recobrado el sentido por un instante, imploró el perdón de Ulrich y le pidió un beso en señal de concordia. Ulrich la precipitó de nuevo a la corriente y la mantuvo bajo la superficie. Cuando Hanne logró salir a flote, intentó arrastrarse otra vez a tierra. Kath la aguardaba con una estaca. La empujó al agua, se metió en el río y la hundió valiéndose de su bastón y de todo el peso de su cuerpo. Solo aflojó la presión cuando Ulrich le gritó que comprobase si la infeliz respiraba todavía. Al ver que Hanne aún se agitaba, Kath la agarró por los cabellos y le hundió la cabeza en el fango del fondo hasta que cesó todo vestigio de vida.
Las tres mujeres regresaron al puente, recogieron sus fardos y babuchas y consumieron el resto del aguardiente. El talego de Hanne fue confiado a Ulrich para que lo ocultase. Camino de Zuchen, pusieron a secar sus ropas en un pinar y reanudaron la marcha. El cadáver derivó lentamente hasta el paraje donde el campesino lo descubrió hacia las diez de la mañana. Una primera inspección ocular no apreció lesiones que se juzgasen determinantes. Dado el avanzado estado de gestación de Hanne, el facultativo practicó una cesárea post mórtem y constató que la criatura yacía sin vida. Al no advertirse entonces indicios de criminalidad, se expidió la licencia de enterramiento.
La denuncia de Nathan Leseber, vecino del lugar, torció el rumbo de las actuaciones. Declaró haber visto partir a Hanne aquella mañana en compañía de las tres procesadas en dirección a Wusterhausen y Zuchen, y haber presenciado el regreso de las sospechosas en solitario. Subrayó asimismo que Hanne debía comparecer días después contra ellas en la causa por el hurto de Tempelburg. El magistrado ordenó la exhumación y una nueva autopsia. Los médicos hallaron signos inequívocos de sumersión vital: partículas terrosas en las vías respiratorias y el aparato digestivo, amén de múltiples equimosis y erosiones. Concluyeron que Hanne había aspirado e ingerido aguas cenagosas; las huellas de violencia demostraban que no se había arrojado voluntariamente al cauce.
Los peritos determinaron asimismo que la víctima había sobrevivido lo bastante en el agua como para trabar una agónica resistencia. Las lesiones, insignificantes de forma aislada, cobraban elocuencia por su número y disposición. Presentaba hematomas en las piernas, el dorso de la mano derecha, el codo y el pecho, así como hemorragias internas en la zona craneal. El dictamen forense concluyó una muerte por asfixia por sumersión precedida de violencia. No obstante, el escalpelo no podía individualizar la autoría de cada golpe. Para dilucidar las responsabilidades, el juez dispuso seis reconstrucciones sobre el terreno y careó a las encausadas cotejando sus dichos con los croquis incorporados al sumario.
Ulrich y Janke terminaron por admitir su intervención, mediante relatos que se completaban por etapas y divergían en episodios concretos. Kath reconoció haber guiado a Hanne hasta el teatro del crimen, haber tomado parte en las conversaciones previas y haber deliberado sobre el modo de darle muerte; empero, persistió en negar su concurso material en el ahogamiento. Pese a ello, un testimonio confirmó sus palabras de la víspera, y otra vecina manifestó que, consumado el delito, Kath se había jactado de que Hanne ya no podría perjudicarla. Durante su encierro, Kath se lamentó de perder la cabeza «siendo inocente», añadiendo que preferiría purgar veinte años de presidio a subir al cadalso.
Llegado el juicio ante el tribunal de jurados, Kath mantuvo su inocencia; Ulrich y Janke se confesaron culpables, mas sus declaraciones no resultaron lo bastante unívocas como para eximir al tribunal de someter el veredicto a los jurados. Estos declararon a Kath culpable de haber dado muerte a Hanne con premeditación y auxilio de terceros. Apreciaron asimismo en Ulrich y Janke una cooperación necesaria en el asesinato. En lo tocante a Janke, el escrutinio arrojó una ajustada mayoría de siete votos contra cinco; el tribunal deliberó a su vez y refrendó la culpabilidad. Las tres reas fueron condenadas a la pena capital. Solo Janke impetró la gracia soberana, que le fue denegada.
El 5 de octubre de 1855, en Neustettin, las tres reclusas fueron conducidas a un tablado alzado en las inmediaciones de la villa. La crónica refiere que Kath subió la primera y Janke la última; un solo verdugo ofició el castigo, mientras un estandarte rojo izado hacia la ciudad anunciaba el inicio de los suplicios. Ulrich y Janke comulgaron y pudieron despedirse de sus hijos poco antes del fin. Kath rehusó reconocer su culpa e insistió en que Dios sería testigo de su inocencia. En Schwartow, el puente continuó suspendido sobre las aguas del Persante, pero la incógnita que había arrastrado a aquellas tres mujeres hasta su barandilla había hallado por fin su sentencia: Hanne no había caído sola.
