El 23 de octubre de 1770, un cerdo cruza el linde de los huertos e invade la propiedad de la señora Schramm. Esta reconoce al animal de su vecina, la viuda Hoffmann, y supone que la mujer ha salido a cosechar patatas. No obstante, los postigos de la casa permanecen cerrados. Schramm no se conforma con esta primera explicación: envía a la esposa del cazador Otte a buscar al hijo mayor para que recoja al puerco. Otte salta la cerca, penetra en la vivienda y sale profiriendo alaridos. Una mano ensangrentada cuelga del lecho. Schramm acude presurosa; la casa ya no responde a los ademanes cotidianos de la vecindad. Cuatro cuerpos son descubiertos: la viuda y sus tres hijos.
Más de medio siglo después de los hechos, el Nuevo Pitaval ofrece una relación retrospectiva, emplazada en Neubrandeburgo, en el ducado de Mecklemburgo-Strelitz. La compilación reproduce interrogatorios y un informe oficial de la ejecución, pero no reemplaza al expediente original. Su título anuncia un «robo con homicidio»; correspondía todavía al procedimiento determinar quién había franqueado el umbral de aquella casa y con qué propósito.
Margarethe Elisabeth Hoffmann, su hijo de ocho años, su hija de tres y el lactante de uno habían sido degollados en sus lechos. El capítulo consigna que los médicos contaron setenta heridas. La posición de los cuerpos y el desorden de las camas inducen a los pesquisidores a creer que la familia fue sorprendida durante el reposo nocturno.
Viuda de un oficial papelero, Hoffmann cultivaba su huerto y regentaba una modesta hostería. No se advierte señal alguna de efracción; faltan las llaves de la casa y de varias arcas. Una segur que le pertenecía es hallada junto al lecho, limpia. La pesquisa pronto se orienta hacia una mujer avistada en los alrededores.
Un fardo al borde del camino
Tras tomar declaración a Schramm y a Otte, los pesquisas interrogan a Klähn, una joven sirvienta que había servido cerca de dos años en casa de Hoffmann. Despedida pocos días antes, recuerda a una mujer corpulenta, de hábito paupérrimo, que frecuentaba desde hacía semanas a su antigua ama afirmando haberlo perdido todo en un incendio en Sulz. En ocasiones pernoctaba allí varias noches seguidas; sabía bien que Klähn estaba a punto de marcharse.
Klähn añade que, poco antes del crimen, Hoffmann se había negado a albergar a dos hombres —uno de ellos con uniforme de húsar— y a tres mujeres. Describe asimismo la indumentaria de la forastera: saya listada, corpiño nuevo, cofia oscura, mandil azul y pañuelo al cuello de cuadros rojos. La justicia manda circular esta filiación.
Un zapatero remendón, Appel, descubre en las inmediaciones de la ciudad un fardo envuelto en un delantal azul, junto a un sombrero de paja. Contiene lienzos, vestidos y tela blanca. Diversos vecinos reconocen pertenencias de Hoffmann; una toca oscura manchada y un pañuelo desgarrado son atribuidos a la mujer descrita por Klähn. La correlación es elocuente, pero no esclarece por sí sola el modo en que se reunieron tales efectos. El paquete carece de rótulo que señale a su dueña; es preciso cotejar los recuerdos del vecindario, el testimonio de Klähn y el reconocimiento de las prendas. Así se configura una pista: por acumulación, y no por el hallazgo milagroso de un objeto que hable por sí mismo.
El 24 de octubre se despachan requisitorias a las poblaciones comarcanas. Concluidas las exequias, el alcalde de Friedland remite una información: una mujer se habría mudado allí de ropa. Dos procuradores parten a caballo. Un sastre confirma haber confeccionado para una viandante un corpiño, una cofia y un delantal nuevos; compró asimismo medias y anunció luego su partida hacia Anklam, donde su marido prestaba servicio como granadero prusiano.
Mientras las pesquisas se propagaban a las ciudades limítrofes, la villa acompañaba a sus difuntos. El 26 de octubre, a decir del capítulo, la madre y el infante de teta fueron depositados en un féretro, y los otros dos niños en un segundo ataúd. Los gremios sufragaron los paños mortuorios; los escolares entonaron cánticos y el pastor pronunció una oración fúnebre. La comitiva atravesó la plaza del mercado, seguida por el magistrado, los prohombres y una muchedumbre consternada. El entierro hizo visible la magnitud del duelo; pronto, esos mismos lazos de vecindad y de oficio coadyuvarían a propagar los indicios.
En la mañana del 28 de octubre, los perseguidores la hallan en Anklam, aposentada en el alojamiento de un soldado. El comandante ordena el arresto; los dos comisionados solicitan la entrega de la reclusa a las autoridades de Neubrandeburgo. Se procede a su traslado el 30 de octubre. Desde Friedland hasta Anklam, el haz de conjeturas había conducido a los pesquisidores hasta aquella mujer; restaba ahora escuchar su declaración.
Tres relatos, una misma confesión
La detenida ronda los cuarenta años y se llama Dorothea Götterich. Nacida en Stavenhagen, hija de un zapatero, perdió a sus padres a edad temprana y sirvió en casas ajenas. Casada en 1756 con un artillero sueco, siguió su suerte hasta que este desertó rumbo a Anklam en 1768 para alistarse en las filas prusianas. El marido acusó a su cónyuge de pretender reintegrarlo a los suecos; ella fue desterrada de la plaza. Desde entonces vivían separados.
Götterich ya había sufrido condenas por ratería, y la crónica refiere que vagaba errante por Mecklemburgo-Strelitz. El relato no autoriza a erigir esta existencia precaria en explicación concluyente de la matanza. Únicamente nos indica que conocía la morada de Hoffmann, que había dormido en ella en ocasiones y que no ignoraba la soledad de la viuda y sus hijos.
En el primer interrogatorio confiesa haber perpetrado el crimen en solitario. Acto seguido se retracta y señala a dos desertores suecos, aseverando haber hecho tan solo guardia a la puerta. Esta imputación no resiste mucho en su propia boca: se desdice y reconoce de nuevo haber actuado sola. El texto puntualiza que sostuvo dicha versión hasta la clausura de la instrucción. Conviene, no obstante, distinguir la confesión transcrita de una verdad empíricamente comprobada. Ningún protocolo original ni testimonio coetáneo ajeno ha sido compulsado aquí, y el relato no aporta testigo visual alguno del drama nocturno. Los vecinos y el zapatero atestiguan encuentros, indumentarias, un fardo abandonado y una fuga; mas no presencian el crimen. La crónica guía al lector de los vestigios a la confesión, pero ambas materias no poseen idéntica fuerza probatoria.
En la confesión consignada, el dinero inaugura el relato del móvil. Götterich declara haber visto a Hoffmann extraer una bolsa henchida de monedas de oro y plata. Ella apenas poseía dos táleros; anhelaba comprar ropas y confiaba en que una suma caudalosa reconciliara a su esposo con ella. Una primera tentativa por apoderarse de la bolsa habría fracasado al crujir un peldaño y romper a llorar el bebé. La viuda despertó; Götterich, según las palabras que se le atribuyen, regresó a su jergón. Estos pormenores solo llegan a nosotros merced a la confesión impresa por el compilador.
Prosiguiendo con esa misma declaración, asevera haber empuñado una segur, vacilado y rezado antes de herir a Hoffmann y a los párvulos, para huir luego con el numerario y el ajuar. No conocemos estos instantes por el testimonio de terceros, sino a través de la confesión tal como el volumen la transmite. Preguntada por otros latrocinios violentos, los niega categóricamente.
La sentencia y el protocolo
La instrucción concluye en noviembre. El 28, la defensa deposita su alegato, donde se esboza una interpretación distinta de la encausada: la orfandad infantil, la carencia de doctrina cristiana, la ruptura conyugal y la miseria extrema se esgrimen para impetrar la clemencia. El letrado presenta la confesión como espontánea, y el botín como exiguo y parcialmente restituido. La crónica refiere estos argumentos; no logran desvirtuar los hechos aducidos por la acusación, mas pretenden mitigar el castigo.
Los jueces replican que había recibido instrucción cristiana y que ya registraba condenas por hurto. Su confesión no se antoja espontánea a sus ojos, habida cuenta de que comenzó culpando a terceros. Pronuncian la pena de rueda por robo consumado con homicidio, deliberan sobre una agravación mediante tenazas candentes y eligen, finalmente, lo que estiman la modalidad menos rigurosa. El soberano ratifica la sentencia con anterioridad a su cumplimiento. La elección del suplicio no atiende solo a la privación de una vida: el fallo juzga la pluralidad de víctimas como circunstancia agravante, al tiempo que desecha el tormento sobreañadido de las tenazas. Este debate de derecho se halla reproducido en un estilo impregnado de retórica religiosa y admonitoria, que documenta tanto a la corporación judicial como a la propia reclusa.
El 19 de diciembre, en la plaza pública del mercado, se le notifica formalmente la sentencia. El protocolo transcrito por el Pitaval le formula tres preguntas rituales: ¿dio muerte a Hoffmann y a sus tres vástagos en la noche del 22 al 23 de octubre?; ¿obró así para apoderarse de dinero y otros efectos?; ¿se llevó cuanto encontró? La respuesta consignada es afirmativa en los tres extremos. Ello no deja de ser el testimonio del protocolo trasmitido por la compilación, y no un acta procesal examinada por nosotros de primera mano.
El capítulo reproduce a renglón seguido el informe del actuario judicial, quien anota pormenores, corporaciones, afluencia popular y el cortejo hacia el cadalso. La ejecución no quebró con presteza los días de Götterich. El informe refiere que, ante la ineficacia de los golpes y la agonía prolongada, los magistrados conminaron al verdugo a servirse de un clavo para ultimar la ejecución. Esta minuciosidad burocrática constituye un documento sobre la justicia punitiva de la época, no un espectáculo en el que recrearse.
Así concluye la urdimbre de sucesos que el compilador resolvió historiar: los postigos atrancados suscitan la alarma, las prendas reunidas en un envoltorio orientan el rastreo, la captura suscita testimonios mudables y el tribunal pronuncia la pena capital. El 19 de diciembre, a tenor del informe reproducido, la sentencia fue ejecutada a la vista de todos. Este desenlace no salva la distancia que nos separa del caso originario. Leemos una compilación de 1863, pertrechada de autos y de una relación notarial, no el legajo íntegro; los asertos atribuidos a Götterich siguen siendo aquellos que dicha obra conservó. La escena inicial, por su parte, permanece suspendida de un lance vecinal fortuito: un animal extraviado empujó una cerca, y tras ella se abrió una pesquisa judicial de la que la crónica solo nos legó un fragmento.
