El tarro marcado «veneno para ratas»
El domingo 4 de diciembre de 1853, el cabrero Jakob Kraft regresó a su hogar tras la misa. Su esposa Wilhelmine le había reservado su plato predilecto: albóndigas de masa cocidas con harina. Se lo sirvió en una cazuela aparte; el resto del almuerzo aguardaba en otro recipiente. Conmovido por tal atrevimiento, Jakob comentó que no habría bebido aguardiente antes de comer de haber sabido que la comida estaba lista. Pocas horas después, vomitaba, se quejaba de un ardor interior y no retenía alimento alguno.
Su mujer le aseguró que aquel mal sabor provenía del alcohol. Cuando él pidió que soltaran al perro para que lamiera lo devuelto, ella se negó. Al día siguiente, los síntomas persistieron; el martes, Jakob le suplicó que avisara al pastor y al alcalde. Ella replicó que el asunto podía aguardar y que el enfermo aún sería una carga para la aldea durante bastante tiempo. Murió el miércoles 7 de diciembre, tras tres días de agonía. Wilhelmine había salido en busca de unas manzanas que, según decía, deseaba cocerle. Regresó tras el fallecimiento con cuatro frutos en su delantal.
El pueblo no tardó en sospechar un envenenamiento. El 8 de diciembre, una vecina advirtió a Wilhelmine que la gente murmuraba que había suministrado alguna pócima a su marido. «Mi conciencia está limpia», respondió. Se ordenó el examen judicial del cadáver. El 9 de diciembre, mientras la autoridad disponía la custodia de la vivienda, Wilhelmine desapareció, dejando sus ropas en la cocina. Explicó más tarde que había pensado arrojarse al Diemel, refugiándose finalmente bajo una hojarasca en la pequeña bodega de un huerto. El alguacil la halló esa misma noche, trémula y famélica.
El magistrado compareció en Helmarshausen tras recibir el aviso del pastor y del alcalde. Al haber caído la noche, aplazó la inspección del cadáver e hizo llamar a los hijos y a varios vecinos para reconstruir las tres jornadas de dolencia. Los muchachos refirieron que su padre había implorado auxilio y que su madre lo había dejado padecer sin socorro. El pastor Schöttler, que acudió el miércoles por la tarde, halló a Jakob incapaz de incorporarse por sí mismo. Aquellas deposiciones fijaban las etapas y el quebranto del enfermo, mas la cronología no bastaba, por sí sola, para determinar una sustancia.
La huida redobló las sospechas, aunque no acreditaba la causa de la muerte. Un registro practicado en la cocina descubrió un pequeño tarro de botica rotulado «veneno para ratas», oculto bajo media calabaza vaciada, sobre el vasar donde reposaban las vajillas. Faltaba una leve porción de pasta de fósforo. El cuerpo, ya descompuesto, revelaba una inflamación del estómago y de los intestinos. Los químicos no detectaron fósforo intacto ni arsénico en las vísceras. El colegio médico concluyó, no obstante, que una sustancia corrosiva había provocado con verosimilitud la dolencia y que el fósforo ofrecía la explicación más plausible, aun reconociendo que los análisis no lo habían aislado.
Este matiz resultaba decisivo. El dictamen pericial consideraba la merma del tarro compatible con el cuadro clínico, sin elevar dicha estimación al rango de prueba química. Añadía que una pronta intervención médica acaso habría conjurado la muerte. La familia no había requerido a facultativo alguno durante los primeros días. En febrero se intentó una exhumación, pero la putrefacción hallábase demasiado avanzada para arrojar una nueva evidencia toxicológica. La acusación debía, pues, demostrar de consuno la administración de la pócima, la intención criminal y el hipotético concurso de Konrad Zimmermann, el vecino con quien Wilhelmine mantenía trato ilícito.
Zimmermann, viudo y antiguo soldado convertido en peón caminero, había morado un tiempo bajo el techo de los Kraft. Jakob solía lamentarse de que su esposa lo desatendía y de que Zimmermann había usurpado su lugar en el lecho conyugal. En 1853, después de que las autoridades vedaran al caminero el regreso al domicilio, los dos amantes se encontraban furtivamente. Wilhelmine estaba encinta; alumbró en prisión en enero de 1854. Días más tarde, confesó al pastor que Zimmermann era el padre de la criatura y le rogó que procurase que él velara por ella.
Durante la instrucción, la rea negó al principio el adulterio y el envenenamiento. El 3 de febrero, tras su restablecimiento, pidió audiencia con el pastor y le confesó haber deslizado en el plato de su marido la pequeña cantidad de pasta que faltaba. Al día siguiente, ante el magistrado, ratificó haber reservado para Jakob una porción emponzoñada con el preparado. Aseguró haber acariciado la idea del crimen durante varias semanas y haber adquirido el veneno con tal designio. Reiteraba que el rencor hacia su esposo había pesado, mas reconocía que su apego a Zimmermann y la esperanza de cohabitar con él pesaban aún más.
Sus declaraciones tocantes a Zimmermann variaron de igual modo. Al principio, aseveró que él jamás le había instado a matar a su cónyuge. Más tarde, sostuvo que le había aconsejado reiteradamente proveerse de tósigo y que le había insistido en que Jakob merecía ser quitado de en medio. Relató incluso que él le habría pedido conseguir un «brebaje» en la botica. Zimmermann lo negó todo. Admitió al cabo trato carnal con Wilhelmine, que tachó de retribuido, mas aseveró no haber prometido desposarla ni tomado parte en la trama. Varias mujeres testificaron decires pretéritos donde él habría expresado el anhelo de ver desaparecer a Jakob; él los tachó de patrañas.
El proceso dio comienzo en Kassel los días 27 y 28 de septiembre de 1854. Wilhelmine reconoció de plano haber emponzoñado a su marido. El jurado la declaró culpable por unanimidad. Con respecto a Zimmermann, el veredicto fue más matizado: los jueces de hecho desestimaron que hubiese provocado la idea del homicidio o prestado auxilio directo a la administración del tósigo, pero juzgaron que había alentado a Wilhelmine a consumar su designio. El tribunal lo condenó a diez años de reclusión y a Wilhelmine, a la pena capital.
Esta distinción procedía de las preguntas formuladas por separado al jurado: ¿había hecho nacer la resolución homicida?, ¿su consejo había determinado el envenenamiento del 4 de diciembre?, ¿o se había limitado a confortar una determinación ya adoptada? Los jurados respondieron negativamente a las dos primeras y afirmativamente a la postrera. La suerte de Zimmermann estribaba, pues, menos en la prueba material del veneno que en la hilación de sus pláticas y en la credibilidad de Wilhelmine, quien primero había callado la intervención de su amante para incriminarlo después de modo tajante.
En apelación, la condena de Zimmermann fue conmutada a cinco años en marzo de 1855, ante la falta de elementos concluyentes sobre el alcance real de su ascendiente. Wilhelmine ya se había desdicho ante el tribunal el 11 de enero: alegaba haber inculpado a Zimmermann porque él pretendía desposar a otra mujer y ella se juzgaba abandonada. Al día siguiente, departiendo con su hija ante un carcelero, confirió un cariz distinto a su retractación: Zimmermann le habría prometido amparar a los retoños si ella cargaba con toda la culpa. La crónica recoge ambas aseveraciones, las cuales impiden reducir su mudanza a un móvil unívoco. Afectada por la enfermedad, Wilhelmine pereció en la noche del 22 al 23 de abril de 1855, antes de publicarse la sentencia firme. Zimmermann logró la revisión de su causa; en mayo de 1856, un nuevo jurado lo declaró absuelto.
El tarro rotulado y las confesiones de Wilhelmine habían persuadido a los jurados de la realidad del envenenamiento. Mas en lo concerniente a Zimmermann, la misma vista no bastó para mudar unas habladurías en prueba indubitada de instigación. La reapertura de los autos concluyó en su absolución. Entre ambas resoluciones, una mujer expiró en presidio y un hombre arrastró la infamia del banquillo, mientras la ciencia jamás logró aislar el tósigo. La causa dejó tras de sí dos conclusiones de desigual firmeza: una condena fundada en la confesión del hecho material y una absolución decretada tras reexaminar los jurados el verdadero alcance atribuido al cómplice.
