La cruz yacía apoyada contra el muro del cementerio. Sobre su madera podía leerse el nombre de Johann Traugott Kuntze, el día de su muerte y su edad: treinta y ocho años, once meses y quince días. Durante cerca de un cuarto de siglo, la viuda Kruschwitz había convivido con un secreto al que creía haber puesto por fin nombre. Sin embargo, la cruz no señalaba todavía con certeza el cuerpo que reposaba bajo la tierra, y los huesos que de allí habrían de extraerse no ofrecerían a los médicos una respuesta unánime.
El 9 de febrero de 1867, Johanne Juliane Kruschwitz compareció ante el fiscal de Sorau. Declaró que su conciencia no le concedía tregua alguna: había envenenado, según afirmó, a su primer marido con matarratas. Relató que en octubre de 1843, tras una noche de baile y bebida, Kuntze había regresado ebrio al hogar. Ella le habría dado dos pedazos de pan sobre los que untó una pasta grisácea. Él los habría comido para luego quejarse de vivos dolores, vomitar y morir al día siguiente. El relato poseía la simplicidad de una confesión; faltaba comprobar si los hechos que rodearon aquella muerte la corroboraban.
Había contraído matrimonio con Kuntze en 1831, a los diecisiete años, contra su voluntad y por consejo de sus padres. Sostenía que su esposo bebía, la golpeaba y maltrataba a los hijos. Seis nacieron de aquella unión; dos murieron antes que el padre. Estas violencias, tal como las describía, arrojaban luz sobre el móvil que atribuía a su acto. Sin embargo, el sumario no las convertía en un hecho probado por una investigación contemporánea a los sucesos: varios testigos conocían a la familia, pero sus declaraciones fueron recogidas veinticinco años más tarde.
En la época de la confesión, Kruschwitz había enviudado por segunda vez y residía en Gassen. Afirmaba haber hablado en primer término con el pastor Großmann, tras una confesión religiosa, y que este la había exhortado a entregarse a la justicia. La instrucción judicial constató que su conducta piadosa había cambiado con el correr de los años: frecuentaba el templo y la comunión, oraba a menudo y aludía a antiguas culpas. Para ella, la fe había devuelto a la superficie un crimen que creía haber cometido; para otros, tal fervor, aunado a su debilidad física y a sus tribulaciones, bien podía denotar un trastorno del espíritu.
El registro parroquial fijaba la muerte de Kuntze el 10 de octubre de 1843, hacia las siete y media de la tarde, y consignaba como causa las secuelas de una embriaguez. Los magistrados buscaron su tumba en el cementerio de Brestau. Un viejo crucifijo de madera, quebrado en su base, fue hallado apoyado contra el muro; llevaba grabados con exactitud su nombre y la fecha asentada en el registro. Varios testigos señalaron la hilera correspondiente a las sepulturas de 1843, y el sepulturero aseguró que la cruz se había clavado a la cabecera del túmulo finalmente escogido.
La tierra cedió bajo las herramientas. Primero aparecieron unos huesos demasiado próximos a la superficie y mal dispuestos para ser los de Kuntze; fueron apartados. Más abajo surgieron restos humanos: un cráneo que conservaba cabellos de un castaño rojizo, algunas vértebras y otros huesos. Su longitud y la pelvis correspondían a un varón de corta estatura, lo cual concordaba con la descripción de Kuntze. No obstante, quienes lo habían conocido recordaban sus cabellos negros. Los médicos explicaron que los procesos de descomposición podían haber alterado su color. Incluso la identidad del esqueleto, que varios vecinos daban por sentada, debía fundarse en indicios indirectos.
Se tomaron muestras de fragmentos óseos, arena, serrín y un trozo de madera del ataúd. Se encomendaron los primeros análisis a dos químicos berlineses. El doctor Zinref no halló arsénico; detectó, en cambio, una cantidad inusual de ácido fosfórico y juzgó muy probable un envenenamiento por fósforo. El doctor Sonnenschein encontró arsénico en los huesos, pero no en la arena ni en la madera. Sostuvo que dicha sustancia había circulado por el organismo antes de la muerte. Un tercer perito, el profesor Schneider, recibió los escasos residuos aún disponibles y no advirtió en ellos vestigio alguno de arsénico.
El colegio médico provincial concluyó en un principio que el análisis no probaba el envenenamiento. El cuerpo había permanecido veinticuatro años bajo tierra; el estómago y los intestinos, donde debió haberse buscado el veneno, habían desaparecido. El arsénico hallado únicamente en los huesos podía haber llegado allí, según el colegio, por vía de contaminación. Durante la vista oral, no obstante, su delegado, el doctor Ebert, defendió la interpretación contraria: si el arsénico se encontraba en los huesos y no en la tierra ni en el féretro, era la circulación sanguínea, a su juicio, la que lo había conducido hasta ellos. La misma discordancia entre las muestras servía así para fundamentar dos conclusiones antitéticas.
¿Se había encontrado realmente el cuerpo en la tumba de Kuntze? El crucifijo, los testimonios y la disposición de las sepulturas así lo sugerían. La esposa de Kuntze, su hermana y las autoridades de la aldea habían tomado parte en las pesquisas, pero la viuda Kruschwitz apenas había acudido al cementerio durante los años anteriores y ya no podía indicar el emplazamiento con precisión. Los primeros restos óseos desenterrados de la fosa se habían descartado por parecer demasiado superficiales. El tribunal debía, por tanto, sopesar no solo la química, sino la cadena íntegra que conducía desde la cruz hasta las muestras examinadas.
La cronología de la agonía complicaba aún más la confesión. Kruschwitz había sostenido en un principio que administró el veneno entre las seis y las siete de la mañana, al regreso de su esposo. Los testigos y el itinerario de Kuntze lo situaban en otro lugar a esa hora: había vuelto de Gurkau en compañía de un músico y luego había proseguido su camino hacia Brestau. La viuda terminó por reconocer que probablemente había esperado hasta el mediodía. Sin embargo, el músico recordaba que Kuntze ya se había quejado de dolores durante el trayecto, antes de la hora a la que ella situaba ahora el pan envenenado.
La hermana de Kuntze, llamada a su cabecera, lo halló en cama; él dijo primero que no le ocurría nada y luego se señaló el vientre. Otra vecina oyó sus gritos de dolor la noche siguiente. Nadie pudo precisar qué se le administró para aliviarlo ni quién se encontraba a su lado en el momento exacto de su muerte. El registro atribuía el deceso a la embriaguez; los testigos no confirmaban unánimemente que Kuntze hubiera estado ebrio aquel día. Los síntomas podían abonar la hipótesis de un veneno irritante, pero en modo alguno la imponían.
Fue menester dilucidar asimismo si la mujer que se acusaba estaba en condiciones de responder por sus actos. El médico de la prisión, Karuth, observó en ella una melancolía religiosa, un corazón enfermo y cierta propensión a creerse culpable de faltas que acaso no había cometido. Consideraba posible que su confesión de envenenamiento no fuese más que un espejismo nacido de su estado. Varios vecinos, el pastor y sus antiguos patronos la describían más bien como una mujer reservada y cabal, aunque taciturna y en extremo devota. El colegio médico, tras haberla examinado en Berlín, descartó la demencia y dictaminó que era imputable.
Kruschwitz no se retractó de su confesión. Decía haber comprendido tardíamente, al leer los libros piadosos heredados de su padre y al escuchar los sermones de Großmann, la gravedad del asesinato que creía haber perpetrado. Explicó también haber ido a saldar menudas deudas de antaño, una de ellas por un haz de leña, a fin de sosegar su conciencia. Rompió a llorar cuando el médico Karuth insinuó que podía haber imaginado el crimen: «No —decía—, yo lo hice». Mas su certeza sobre la propia culpabilidad no bastaba para dilucidar la causa médica de la muerte.
En el juicio de los días 11 y 12 de marzo de 1869, el fiscal solicitó una condena; la defensa subrayó la ausencia de prueba indubitable de que Kuntze hubiese muerto envenenado y cuestionó asimismo la responsabilidad penal de la procesada. Los jurados respondieron negativamente a la cuestión de culpabilidad por asesinato. La crónica consigna que los votos habrían quedado divididos en un empate de seis contra seis; a falta de acuerdo, prevaleció el pronunciamiento favorable a la acusada. Kruschwitz fue absuelta de plano. El compilador precisa que rompió a llorar al anunciarse el veredicto e interpreta aquellas lágrimas no como una muestra de alivio, sino como las de una mujer que lamentaba haber sido absuelta.
La cruz hallada en el camposanto ostentaba el nombre de Kuntze y la fecha de su muerte. La viuda, por su parte, regresaba a su vida con una confesión para la cual el tribunal no había hallado pruebas suficientes que permitieran plasmarla en un veredicto de culpabilidad. La causa no demostraba que el veneno jamás se hubiese administrado. Constataba únicamente que los huesos, la tumba y las memorias no alcanzaban a probar que hubiese sido la causa del deceso.
Nota documental: adaptación del capítulo «Die Selbstanzeige der Witwe Kruschwitz in Gassen», en el Neue Pitaval (1883). La recopilación da cuenta de una instrucción y unos debates judiciales retrospectivos. Describe peritajes contradictorios, incertidumbre en torno a la identificación de los restos óseos y un posterior veredicto de no culpabilidad; no permite afirmar que el arsénico causara la muerte de Kuntze. El texto OCR no ha sido cotejado con el facsímil.
