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Venenos y herencias · Inglaterra

La prueba sin rastro

Mánchester, abril de 1843. Mary Hunter comparece tras la muerte de su esposo, atribuida por la acusación al arsénico. Unas compras previas de veneno y diversos actos domésticos alimentan las sospechas; los médicos discrepan sobre la causa de la dolencia y el químico no halla rastro alguno en las muestras analizadas. El magistrado detiene el proceso tras oír a los testigos de cargo, y el jurado absuelve a Mary antes de que la defensa llegue a presentar a los suyos.

En Mánchester, el 6 de abril de 1843, Mary Hunter se puso en pie para escuchar una acusación cuyo desenlace dependía de una sustancia que nadie había logrado encontrar. Su esposo había fallecido cinco meses antes, tras una violenta enfermedad que el ministerio público atribuía al arsénico. La policía sostenía que Mary lo había comprado; los facultativos que practicaron la autopsia describían una inflamación compatible con el tóxico. No obstante, el análisis químico del contenido gástrico e intestinal no reveló la menor huella. Aquel vacío material no disipaba las sospechas ni el pesar de los deudos; planteaba ante el tribunal un dilema más riguroso y espinoso: ¿podía tenerse por demostrada la causa de la muerte?

El panfleto de Philip Henry Holland, cirujano de profesión, da cuenta del juicio de Mary, de veintinueve años, ante el barón Parke. El óbito de John Hunter se remontaba a finales de noviembre de 1842. El auto de procesamiento sostenía que había agonizado del 25 al 28 de noviembre tras haberle administrado su cónyuge cierta cantidad de arsénico. Holland precisa que la mujer también compareció para responder al veredicto emitido por el juez de instrucción o coroner. Un mes después de aquellas pesquisas iniciales, el periódico radical Northern Star, haciéndose eco de una reseña del Manchester Guardian, había anunciado que el jurado de la encuesta forense la consideraba culpable y estimaba que su marido había muerto a causa de un veneno suministrado por ella. Una multitud enfervorecida había vitoreado aquel dictamen y abucheado a la presa mientras era conducida a prisión. La justicia penal debía ahora reexaminar el caso ante otro jurado, en un estrado donde la acusación tendría que aportar las pruebas necesarias para fundar una condena.

La crónica de Holland no pretende erigirse en transcripción taquigráfica del juicio. El autor explica que había examinado los autos para asistir a la defensa y que solo ofrecería un bosquejo sucinto de los demás testimonios, deteniéndose con mayor amplitud en aquellos que arrojaban luz sobre el curso de la dolencia. Salpica el relato con sus propias consideraciones y consigna asimismo lo que, a su juicio, la defensa habría podido acreditar, aun cuando esta no llegó a ser llamada a estrados. Escribe, pues, al mismo tiempo como cronista de su tiempo y como abogado oficioso de la absolución. Semejante condición permite disponer de un cuadro minucioso de la audiencia, pero exige deslindar sus reparos personales de las palabras atribuidas a los deponentes.

En la apertura, el fiscal Wilkins presentó a una mujer cercada por las deudas, temerosa de que su marido descubriera sus dispendios. Sostuvo que había adquirido arsénico so pretexto de exterminar insectos, que había relatado un sueño premonitorio en el que John perecía de improviso y que había mandado a los niños fuera del hogar poco antes de servirle la comida. Según su exposición, Hunter probó unas gachas de avena, se quejó de un sabor ardiente y cayó presa de vómitos y atroces dolores. El acusador censuró a Mary el haber arrojado los despojos, quemado la harina, demorado la asistencia facultativa y mostrado una aparente indolencia. Recordó además que había solicitado un certificado para cobrar los haberes del difunto y que, en un principio, había negado la compra del tósigo.

Estos detalles dotaban a la causa de una viva fuerza dramática, mas no todos poseían el mismo origen ni igual firmeza probatoria. Algunos eran mera conjetura del fiscal; otros derivaban de las declaraciones sumarias o de recuerdos desgranados durante la vista. Holland advierte, verbigracia, que la afirmación relativa a los niños y a la inexistencia de alimañas se formuló en el alegato inicial con mayor rotundidad de lo que el testimonio permitía; consigna asimismo que una muchachita confirmó que Mary solía hacer salir a los pequeños cuando procedía a limpiar la casa. El jurado no solo escuchaba hechos, sino también los móviles que cada parte pretendía atribuirles.

La compra de arsénico constituyó uno de los hitos más tangibles de la acusación. Alice Belshaw relató que en noviembre había acompañado a Mary a una primera botica, donde le denegaron la venta. El mancebo, Thomas Woolfenden, confirmó la solicitud, efectuada abiertamente para erradicar insectos domésticos. Richard Davies, otro boticario, declaró haberle vendido dos onzas de polvo blanco después de que Mary regresara acompañada por Elizabeth Dunn en calidad de testigo. Sostuvo que la mujer le preguntó si aquella dosis bastaría para matar a una persona; él le replicó que tal porción podía emponzoñar a una docena. Davies afirmó asimismo haberle advertido que la custodiase fuera del alcance de los niños. Dunn corroboró que sabía que se trataba de arsénico y declaró que Mary le aseguró luego haberlo extraviado en el camino de vuelta.

Sometida a interrogatorio tras su detención, Mary negó en un primer momento cualquier compra; luego reconoció haber adquirido el producto para combatir las chinches y alegó haberlo perdido. Esta contradicción abonaba la suspicacia. Con todo, no zanjaba la cuestión de la administración material: la sustancia no fue hallada en la morada, y los análisis periciales no la detectaron ni en las vísceras remitidas al químico ni en un resto de gachas recuperado del muladar. Una vecina, Sarah Street, describió los cuidados dispensados a John durante su agonía; testificó que la esposa probó la comida, avisó al vecindario, retiró las deyecciones que él le pedía evacuar y acudió en busca de un médico. Otros testimonios atribuyeron a esos mismos gestos un designio más sombrío. El cuadro doméstico no variaba; lo que se disputaba era la intención.

El primer facultativo en declarar, Thomas Willis, había visitado a Hunter la noche del 25 de noviembre. Hizo constar los vómitos, las evacuaciones diarreicas, la frialdad de las extremidades y un pulso apenas perceptible, pero creyó hallarse ante un ataque de cólera morbo común o inglés. Declaró no haber sospechado del arsénico hasta unos días más tarde, al enterarse de la compra del veneno. John Harrison, médico de cabecera, manifestó haber pensado en un principio lo mismo. Al prolongarse el cuadro clínico, mudó de parecer; en la necropsia, observó una severa inflamación del estómago y de tramos del intestino. Juzgó tales anomalías compatibles con una sustancia irritante y acabó atribuyendo la muerte al arsénico, aun sin poder precisar rastro químico alguno.

El interrogatorio de Harrison se prolongó durante varias horas. El magistrado le instó a deslindar la frontera entre las observaciones empíricas y la deducción que extraía de ellas. El galeno admitió que muchos de aquellos síntomas concurrían asimismo en dolencias naturales, que la ausencia de ciertos signos habitualmente asociados a la intoxicación arsenical dificultaba el diagnóstico y que, durante su primera visita, descartó el envenenamiento. Thomas Dyson, que tomó parte en la autopsia, consideraba las lesiones patognomónicas del veneno y conjeturaba que este bien pudo ser evacuado o absorbido por el organismo. Confesó, empero, que su informe circunstanciado se había redactado una semana después del examen y que no se habían analizado los tejidos musculares del difunto.

En el estrado de los peritos, el químico John Davies aportó una conclusión que no desvanecía toda incertidumbre, pero la tornaba indiscutible. Había examinado por separado y de forma conjunta el contenido del estómago y de los intestinos; analizó asimismo las sobras de las gachas y unos polvos blancos incautados durante el registro. Declaró no haber hallado ni arsénico ni otro tósigo conocido. Aseguró que una partícula minúscula no habría escapado a sus métodos, en particular a la prueba de Marsh. La acusación le opuso la hipótesis de un veneno disuelto y posteriormente expulsado o reabsorbido a lo largo de tres jornadas de vómitos incesantes, purgas y medicaciones. Davies convino en que tal eliminación era teóricamente posible, mas no la juzgó probable. El debate ya no giraba en torno a la mera morfología de las lesiones: urgía explicar por qué la química no había revelado nada.

Otros peritos médicos no consiguieron allanar esta dificultad. John Carson estimó que el cuadro sintomático y las lesiones podían sugerir la introducción de una sustancia irritante, si bien reconoció no conocer caso alguno documentado en que una muerte por arsénico tan fulminante hubiera arrojado una ausencia total de vestigios químicos. Thomas Blackburn juzgó factible la desaparición del tóxico, aunque se inclinaba por la probabilidad contraria. Holland interpretó estas dudas en beneficio de la reo; su exégesis no deja de ser la de un panfletista y no la resolución formulada por el tribunal. Del mismo modo, sus disquisiciones sobre la inflamación natural y sus experimentos sobre la solubilidad del arsénico pertenecen al alegato médico que dio a la imprenta tras el proceso, y no al veredicto judicial.

Al día siguiente, concluido el examen de los testigos de cargo, el magistrado interrumpió la causa y preguntó a los jurados si deseaban continuar con la vista. Respondieron que habían oído bastante. Bajo la dirección del barón Parke, se dictó un veredicto de no culpabilidad y Mary Hunter quedó en libertad. Holland precisa que la defensa no llegó a presentar su batería de testigos ni el alegato de clausura de su letrado: el juicio se detuvo antes de alcanzar esa fase. La absolución no implica, por tanto, que el jurado hiciera suyas punto por punto las tesis formuladas por el autor, del mismo modo que el veredicto de la encuesta del coroner no había transformado las sospechas en certeza penal.

En las páginas finales, Holland defiende con denuedo a la mujer que la justicia acaba de exonerar y fustiga las lagunas de las diligencias médicas iniciales. Su tesis dista de ser imparcial; su mérito estriba en sacar a la luz las hondas discrepancias que la narración fiscal pretendía amortiguar: el instante en que los galenos viraron del cólera al arsénico, las divergencias entre sus observaciones cadavéricas, las gachas esfumadas, el polvo comprado e inencontrable y el dictamen negativo del laboratorio. Este proceso no nos brinda una certidumbre de recambio. Muestra más bien cómo una imputación, cimentada sobre actitudes equívocas y dictámenes facultativos encontrados, se desmoronó cuando el tribunal juzgó suficiente lo que los jurados ya habían escuchado. El populacho había dado crédito a la pesquisa del coroner; el jurado penal, por su parte, dictó la absolución.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La fuente primordial radica en las 44 páginas íntegras del panfleto de P. H. Holland, editado en Mánchester en 1843. Su portada fecha el juicio el 6 de abril de 1843; el cuerpo del texto prosigue durante la segunda jornada, un viernes. El autor advierte de forma explícita que no ofrecerá la reproducción literal de todas las declaraciones: selecciona los pormenores médicos, resume los restantes testimonios y entrevera sus propios comentarios, su alegato en pro de Mary y un apéndice experimental. Holland había sido requerido por el defensor de Mary para colaborar en la preparación de la prueba pericial médica. Procede, pues, atribuirle a él sus conclusiones sobre la inocencia y la muerte por causas naturales. La crónica consigna que Willis y Harrison diagnosticaron en un principio cólera morbo inglés; Harrison y Dyson atribuyeron con posterioridad las lesiones a un agente irritante y al arsénico, al tiempo que el químico Davies no halló traza alguna de veneno en las materias sometidas a examen. La relación concluye con el sobreseimiento de facto instado por el juez y la absolución dictada bajo la dirección del barón Parke; la defensa no llegó a ser oída. Una gacetilla del Northern Star del 10 de diciembre de 1842, que reproduce al Manchester Guardian, recuerda de forma independiente el veredicto del inquest previo, adverso a Mary, y la reacción hostil de la multitud. OCR de todas las páginas; facsímiles no cotejados. SHA y signaturas detallados en source-meta.json y preuve-lecture-source.json.

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