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Venenos y herencias · Inglaterra

El arsénico bajo la tumba

En las Navidades de 1844, el pequeño Eleazar Jennings murió tras una comida familiar. Una primera investigación dictaminó muerte natural y el niño recibió sepultura. El posterior fallecimiento de otro de los hijos motivó un análisis químico en el que se detectó arsénico, lo que condujo a la exhumación de Eleazar veintiocho días después de su entierro. En el juicio, su prima Maria Carter declaró haber visto caer un polvo blanco sobre el plato del muchacho; el perito Alfred S. Taylor expuso los análisis de laboratorio y el jurado acabó condenando a Thomas Jennings.

El primer niño recibió sepultura después de que un jurado de instrucción concluyera que se trataba de una muerte natural. Cuando por fin se resolvió buscar el veneno, el cadáver llevaba ya cuatro semanas bajo tierra. En la memoria que dio a la imprenta nueve años más tarde, el médico Alfred S. Taylor erige esa dilación en el núcleo mismo del caso: ¿cómo demostrar que un chiquillo fallecido por Navidad había ingerido arsénico, y quién se lo había administrado, cuando toda la casa compartía el mismo yantar y solo una persona afirmaba haber visto caer un polvo blanco sobre su plato?

En 1845, ante el tribunal de lo criminal de Berkshire, Thomas Jennings compareció acusado de haber dado muerte a su hijo Eleazar, de tres años y ocho meses de edad, mediante la administración de arsénico el 23 de diciembre precedente. Taylor, que había examinado las vísceras y declarado en la vista, advirtió desde las primeras líneas que su relación se componía en parte a partir del memorial de la acusación y en parte con arreglo a sus propias notas de audiencia. No se trata, pues, de una transcripción literal ni de la mirada desapasionada de un testigo neutral. Con todo, su exposición rescata con fidelidad los hitos mediante los cuales un deceso catalogado en un principio como natural degeneró en un proceso por asesinato.

El yantar de diciembre

La familia Jennings moraba en una modesta casita de campo junto a cuatro niños de corta edad. La madre se hallaba ausente cuando, el lunes anterior a la Navidad, Thomas, su sobrina Maria Carter y los pequeños se sentaron a almorzar una pitanza de tocino y patatas. Según la deposición de Maria, todos se sirvieron sal del salero común, salvo Eleazar. La muchacha aseguró haber visto a su tío entrar en la despensa, regresar con una pizca de polvo blanco aprisionada entre el pulgar y el índice y depositarla en el borde del plato del pequeño, como si de sal ordinaria se tratase. La memoria pericial presenta este testimonio como la única prueba directa de que Jennings administrara la sustancia mortífera.

Las consecuencias no sobrevinieron de golpe. Transcurrida media hora desde el almuerzo, el niño comenzó a quejarse del vientre. Al día siguiente empeoró; el miércoles de Navidad no cesaba de vomitar y expiró hacia el mediodía. La agonía se prolongó durante unas cuarenta y ocho horas. En el último instante, Thomas acudió en busca de un facultativo a instancias de su esposa, mas el auxilio llegó cuando la vida ya había abandonado el cuerpo. Nada en aquel primer reconocimiento movió a sospechar la presencia de veneno alguno. En las pesquisas del 27 de diciembre ni siquiera se inspeccionó el cadáver; el jurado dictaminó que se trataba de una muerte natural y la criatura fue sepultada.

Aquel fallo inicial condicionaría de manera decisiva el curso de los acontecimientos. No emanaba de un análisis químico desfavorable: ninguna comprobación se había efectuado porque nadie sospechaba aún del arsénico. El matiz resulta capital. El primer veredicto de la instrucción se limitaba a consignar lo que los indicios reunidos permitían sostener en ese instante; no respondía a la cuestión que los reactivos harían brotar más adelante.

Unas dos semanas después del óbito de Eleazar, otro de los vástagos de Jennings enfermó y pereció de forma repentina. Esta vez sí se procedió al examen del cuerpo el 11 de enero. Los médicos hallaron una viva inflamación del estómago y de los intestinos; una prueba preliminar y somera no reveló rastro alguno de veneno, y el jurado volvió a rubricar un acta de muerte natural. Con todo, el cirujano Arthur Lamb, partícipe de la autopsia, no quedó satisfecho. Remitió a Taylor una redoma que contenía una porción del líquido extraído del estómago. Los análisis de laboratorio descubrieron en ella la presencia de arsénico, si bien en leve proporción.

El segundo deceso trastocó de raíz el significado del primero. El nuevo hallazgo no constituía todavía una acusación formal contra Thomas; tan solo probaba, a juicio de Taylor, que otra de las criaturas de aquel hogar había estado expuesta al tóxico. Desde ese instante, se presumió que Eleazar bien pudo haber sucumbido a idéntico mal. La memoria no designa a este segundo infante por su nombre de pila ni da cuenta de proceso alguno incoado por su muerte. Conviene ceñirse a estos límites procesales: el análisis prendió la alarma y reanudó las pesquisas, mas el único cargo dirimido contra Jennings atañía a la persona de Eleazar.

Cuatro semanas bajo tierra

El juez de instrucción forense decretó la exhumación del primer vástago. El 24 de enero, veintiocho días después de recibir sepultura, los restos fueron desenterrados en presencia del alguacil de Thatcham. Thomas Jennings se hallaba en el camposanto y reconoció el cuerpo de su hijo. Refiere Taylor que, ante una observación sobre las fundadas sospechas de que los niños hubieran sido envenenados, el reo replicó que no había más ponzoña en ellos de la que albergaba su propia persona. Tales palabras quedaron consignadas en el sumario; por sí solas, no aclaran qué sabía con certeza Jennings ni cuál era el sentido exacto de su respuesta.

El cirujano Lamb extrajo el estómago y los intestinos íntegros, ató los orificios para evitar el derrame de su contenido y los transportó a Londres. Taylor los sometió a examen al día siguiente en el Guy’s Hospital. El cadáver apenas presentaba signos de descomposición, según anotó; las vísceras se hallaban abombadas por los gases y acusaban zonas de viva rojez. En la cavidad estomacal descubrió un líquido parduzco, pellas de grasa, grosellas y hollejos de pasas. Una mancha de un amarillo mostaza, adherida a las pasas sobre una mucosa ulcerada, concitó de inmediato su atención.

Las deducciones químicas no descansaban únicamente en aquella tonalidad sospechosa. Taylor da cuenta de múltiples pruebas ensayadas tanto sobre el líquido como sobre los elementos sólidos, seguidas del examen del hígado. En el fluido las reacciones fueron débiles y apenas delataron trazas aisladas. La mácula amarilla, por el contrario, contenía a su juicio arsénico que se había transformado en sulfuro al compás de la putrefacción. Calculó la masa presente en el estómago entre cinco y seis granos; las sedimentaciones verificadas en el tejido hepático demostraban que el veneno había sido absorbido por el organismo. De todo ello dedujo que el tóxico había sido ingerido en vida del muchacho y que era la causa directa de su muerte.

Esta aseveración emana de Taylor y de los facultativos a quienes cita, y no de un peritaje moderno que el lector pueda reproducir a partir del mero texto de la memoria. La demora transcurrida, el estado de los tejidos y el rigor de los métodos de laboratorio consumieron, precisamente, buena parte de las controversias del proceso. El autor reconoce que los signos cadavéricos resultan difíciles de desentrañar a cuatro semanas del deceso; a ello replica que el arsénico preserva la materia orgánica y que se levantó un dibujo fidedigno del estómago durante el análisis. Evoca asimismo las reacciones químicas precipitadas sobre láminas de cobre y los cristales identificados formalmente como arseniosos.

No se trataba de hacer descansar el caso sobre un solo indicio aislado. La materia amarillenta, las conclusiones de los diversos ensayos analíticos, el estado de las mucosas y la presencia del mineral en el hígado componían, a los ojos de Taylor, una cadena inquebrantable de pruebas convergentes. Estimaba que en el estómago debieron de obrar entre cinco y seis granos, cuando la dosis letal para un párvulo bien podía ser sensiblemente menor. Aventuró además la hipótesis de que el veneno se hubiera mezclado con el pudín de Navidad, pues entre los restos estomacales asomaban pasas, grosellas y sebo. Semejante conjetura procedía del magín del perito, y no de la declaración de comensal alguno que recordara haber visto servir semejante postre.

El polvo y la palabra

El análisis pericial acreditaba, en opinión de Taylor, la causa material de la muerte; restaba esclarecer en la vista cómo había llegado el arsénico hasta el plato. La acusación descansaba de manera casi exclusiva en el testimonio de Maria Carter. Poco antes de Navidad, la muchacha había visto asimismo cómo Jennings entregaba a un convecino un polvo blanco sacado de una botella, raspándolo con una astilla que arrojó acto seguido al fuego. No había visto de dónde provenía el recipiente. Tras la muerte de los pequeños, se presentaron en el plenario dos frascos que contenían una sustancia pulverulenta blanquecina; Carter afirmó que uno de ellos guardaba gran parecido con aquel del que vio brotar el polvo.

En un principio, Jennings negó haber poseído arsénico en los dos últimos años. Tras confirmarse el hallazgo en los cadáveres, admitió haber tenido cierta cantidad para exterminar alimañas, asegurando que se había deshecho de ella entregándosela a terceros. En su declaración voluntaria precisó que el frasco había estado guardado en un anaquel de la despensa, contiguo a la estancia donde almorzaba la familia. Diversos testigos corroboraron que el veneno se encontraba allí cuando Eleazar cayó postrado. Las dos botellas sometidas a peritaje durante el juicio contenían, según el dictamen de Taylor, arsénico blanco puro; reunidas, podían albergar no menos de cinco onzas. Un tercer frasco de vidrio oscuro contenía nuez vómica, empleada por Jennings para emponzoñar a los cuervos.

La defensa impugnó al unísono la causa del fallecimiento y la autoría de los hechos. Sostuvo que los dolores y vómitos podían obedecer a la lombriz solitaria hallada en el recto, que Jennings carecía de móvil para quitar la vida a sus propios hijos y que Maria Carter bien pudo haber suministrado la sustancia mortal. Taylor describe esta estrategia como una maniobra desesperada para desviar la sospecha hacia la sobrina; la memoria judicial no reproduce el alegato íntegro ni las contestaciones de cada deponente a todas las preguntas formuladas. Conviene, pues, no confundir el extracto del experto con el desarrollo exhaustivo de los debates en el estrado.

Un detalle capital quedaba en suspenso: Maria aseguraba haber presenciado el momento en que se vertía el polvo sobre el plato, mas no había asistido a la elaboración completa del yantar, hallándose la madre de los niños ausente del hogar. El relato deja entrever el enorme peso de esa deposición, pero también su alcance restringido. La probeta podía dictaminar con certidumbre que Eleazar había ingerido arsénico; no podía, por sí sola, señalar con el dedo la mano culpable que lo había mezclado con su vianda.

El desenlace

El jurado se dio por satisfecho con las pruebas presentadas, según consigna Taylor en su conclusión, y declaró a Thomas Jennings culpable de los cargos; la memoria añade que fue conducido al cadalso poco después, sin especificar la fecha del suplicio. Entre la primera inhumación y este veredicto postrero, la naturaleza misma del proceso se había transformado de raíz: el segundo vástago, cuya defunción también había sido atribuida a causas naturales en la primera pesquisa, motivó el análisis químico que destapó el tóxico; este hallazgo conminó a remover de nuevo la tierra que cubría a Eleazar. La exhumación mudó una materia consumida en rotundo testimonio forense.

El proceso no puede reducirse ni a la palabra vehemente de una muchacha ni al poder implacable de los reactivos de laboratorio. Maria Carter aportó el único testimonio directo de la administración del veneno; los frascos incautados, las vacilaciones de Jennings y los análisis de Taylor urdieron las restantes piezas del mosaico inculpatorio. Las primeras pesquisas no dieron con la ponzoña simplemente porque nadie se cuidó de buscarla. Aquel segundo examen de los despojos hizo posible la causa criminal, pero fue el jurado quien falló contra el padre de familia. Taylor escribe con la pluma del médico forense, con la aplomada suficiencia de quien sabe acogido su dictamen por la justicia; su memoria documental ilustra el raciocinio científico tanto como el andamiaje retórico con que pretendía convencer. Lo que yació oculto bajo tierra durante cuatro semanas no se reveló por milagro: fue preciso desenterrarlo, someterlo a los crisoles y confrontar la materia inerte con las voces que murmuraban en la casa.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del opúsculo impreso «Trial for Murder by Poisoning with Arsenic, Berkshire Lent Assizes, 1845: Post-mortem Appearances; Chemical Analysis; Detection of the Poison as Sulphuret, Twenty-eight Days after Interment», páginas impresas 1–10, 3233 palabras de transcripción OCR, SHA-256 0dc94715991c1baa38dfb9052d9e80771c78ef8543a0daae55e7bf8191545d8a. El texto procede del ejemplar digitalizado de la Wellcome Collection gn4r9jpf, catalogado bajo Public Domain Mark. El cotejo final recupera la página 2, omitida en fases previas, así como el término de la página 10 cotejado con el original; se verificaron asimismo las imágenes de apertura y cierre. La portada imprime la fecha 23 de diciembre (lectura OCR original errónea «234», subsanada tras la colación). Taylor advierte expresamente de que su exposición combina el memorial de la acusación y las notas personales tomadas durante las audiencias. Las breves citas textuales han sido traducidas a partir del original inglés. La crónica judicial distingue a los dos infantes, el primer veredicto de muerte natural, el análisis pericial sobrevenido y la sentencia de culpabilidad dictada contra Jennings; no añade fecha alguna para la ejecución, ausente de la fuente médica.

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