Cuando se le notificó el veredicto de culpabilidad, Simon Fraser, lord Lovat, replicó con aspereza que había sido maltratado en la adversidad. El gran senescal le reprendió el tono y pronunció acto seguido la sentencia. En la sala de Westminster, el anciano acusado no se había dejado reducir a la estampa de un viejo resignado: impugnó el testimonio de sus deponentes hasta el pronunciamiento definitivo de sus pares. Pocas semanas más tarde, marcharía hacia el cadalso repitiendo que sabía acatar una orden. Entre ambos ademanes se extiende la trayectoria política de un hombre que mudó de bando en repetidas ocasiones sin renunciar jamás a su ambición.
La rebelión jacobita de 1745 concluyó con el descalabro de Culloden. En los meses sucesivos, los condes de Kilmarnock y de Cromartie, así como lord Balmerino, fueron reducidos a prisión; Lovat corrió idéntica suerte, acusado de haber aconsejado y auxiliado al Pretendiente. Los tres primeros comparecieron ante la Cámara de los Lores en julio de 1746. Kilmarnock y Cromartie se declararon culpables. Balmerino mantuvo su inocencia, fue juzgado y condenado. Cromartie, cuya esposa era madre de varios niños de corta edad, obtuvo el indulto gracias a las súplicas de su mujer, que se presentó de luto y acompañada de sus hijos ante la princesa de Gales. Kilmarnock y Balmerino fueron ajusticiados en Tower Hill en el mes de agosto. Borrow recoge los dichos y las escenas de aquella jornada como un vivo contraste entre ambos reos: Kilmarnock solicitó que Balmerino subiera antes que él; Balmerino, negándose a implorar clemencia, proclamó su inquebrantable adhesión a Jacobo Estuardo. El destino de Lovat quedaba aún en suspenso.
Lovat frisaba los ochenta años y conocía desde antiguo los entresijos del poder. Borrow lo retrata como un hombre instruido, católico y ducho en lides políticas, para después censurar su carácter tildándolo de insincero. En su juventud, los litigios sucesorios habían entrelazado ambición, cautiverio y violencia. Tras pretender en vano la mano de la heredera de Lovat, Fraser obligó a la madre de esta, viuda del anterior lord, a desposarse con él. La biografía del Dictionary of National Biography lo señala como el cónyuge coactor, mientras que Borrow atribuye tal violencia a uno de sus secuaces. Semejante discrepancia impide considerar la crónica a guisa de acta judicial fidedigna.
Los años transcurridos en Francia oscurecen todavía más su semblanza. La tradición de la Bastilla y de los jesuitas de Saint-Omer no constituye la única versión de aquel destierro: sus propias memorias sitúan sus pasos en Angulema y Saumur. De regreso en Escocia, respaldó al gobierno durante el alzamiento de 1715; el reconocimiento de sus derechos sobre el título y las tierras continuó siendo objeto de prolongados pleitos. Su lealtad distaba, por ende, de ser una senda recta y sosegada. En 1745, hubo de resolver de nuevo qué socorro prestaría a la causa jacobita y qué explicaciones brindaría al gobierno.
El presidente Forbes le conminó por carta a abrazar la causa gubernamental. Lovat le respondió con palabras que Borrow interpreta como un asentimiento; no obstante, las tropas que había enviado en apoyo de los rebeldes marchaban bajo las órdenes de su propio hijo. Esta flagrante contradicción habría de gravitar con fuerza sobre el juicio. Y no descansaba únicamente en las sospechas de un adversario: el sumario instruido por la Corona aportaría el testimonio de un arrendatario, las declaraciones de un antiguo secretario del Pretendiente, las confesiones de criados de Lovat y las deposiciones de hidalgos de las Tierras Altas.
Tras el desastre de Culloden, Lovat buscó amparo en el oeste de Escocia. La reseña biográfica relata que fue hallado en el hueco de un árbol en las inmediaciones de lago Morar, y conducido después en litera hacia Fort William. Dicho itinerario difiere del arresto domiciliario consignado por Borrow. El prisionero fue trasladado finalmente a Londres y recluido en la Torre. Su avanzada edad y sus achaques hicieron penoso el trayecto, mas no lograron desvanecer los graves cargos que la Corona acumulaba en su contra.
Al residir en el norte de Escocia varios testigos indispensables, la Cámara de los Lores aplazó la vista hasta comienzos del año siguiente. El 9 de marzo de 1747, Westminster Hall recibió a Lovat ante el tribunal de sus pares, presidido por el lord canciller Hardwicke. Desde la primera sesión, el reo recusó a un testigo por ser colono suyo. Tras una deliberación, la Cámara autorizó su declaración; el deponente aseveró que Lovat había recaudado fondos de forma activa para el Pretendiente, cuya incursión en suelo escocés habría obedecido a los consejos del acusado.
Al día siguiente, los pares debatieron la validez del testimonio de Murray, antiguo secretario del Pretendiente. Pesaba sobre él una condena de muerte civil y confiscación, conocida como attainder, circunstancia que, según la defensa, lo inhabilitaba para declarar. El procurador general dio lectura al registro del attainder y exhibió de inmediato el perdón real concedido a Murray, con lo que la objeción decayó. En la jornada sucesiva, Murray testificó que Lovat había suministrado hombres y dinero a los insurgentes y comisionado a dos de sus hijos para obligar a los colonos a empuñar las armas. Criados de Lovat ratificaron que su señor había entregado caudales al Pretendiente; idéntica afirmación fue sostenida por varios hidalgos de las Highlands.
El turno de la defensa llegó en la sexta jornada. Lovat sostuvo que sus acusadores eran enemigos declarados suyos, impelidos a declarar bajo el peso de amenazas o maniobras de soborno. Dos montañeses depusieron en su favor, pero su testimonio apenas tuvo peso frente al cúmulo de cargos reunidos por la Cámara. Al séptimo día, los pares regresaron a Westminster Hall para dictar el fallo. Lovat se dolió del trato recibido; el gran senescal le censuró su insolencia y pronunció la condena a muerte.
Borrow no hace mención de ninguna solicitud de clemencia tras el veredicto. Los allegados de Lovat le instaron a demandarla, a lo que él contestó que los escasos días de vida que le restaban no merecían tal humillación. Recibió al emisario portador de la orden de ejecución, le ofreció una botella de vino y lo dejó atónito, refiere la crónica, con su entereza y buen humor. Una mañana, al interesarse el mayor de la Torre por su salud, le replicó que se disponía a partir hacia un destino adonde muy pocos mayores solían acudir. Ensayó asimismo la postura precisa para apoyar la cerviz en el tajo: dispuso un cojín al pie del lecho y se arrodilló sobre él repetidas veces, hasta convencerse de que sabría comparecer con la debida majestad.
La víspera de su muerte, bromeó con el barbero advirtiéndole que no le cortase el cuello, pues privaría al gentío del espectáculo que aguardaba. Cenó, dispuso que le preparasen ternera picada para el desayuno, fumó su pipa y se acostó con sosiego. Al día siguiente, madrugó antes del alba, rezó, leyó y comió luego con buen apetito. Cuando el sheriff acudió a reclamar su cuerpo a la Torre, Lovat pidió unos minutos para orar. Descendió enseguida hacia la salida, mas el general Williamson le invitó a regresar un momento a sus aposentos. Lovat aceptó de buen grado, bebió una copa de vino y subió después a la carroza del gobernador.
Al pie del cadalso, manifestó al sheriff que podía dar la orden cuando dispusiera: había servido largos años en la milicia y sabía lo que era obedecer. Al contemplar la muchedumbre, mostró su asombro de que tantas personas se congregaran para presenciar la decapitación de una cabeza tan añosa. Posó la mano sobre el hombro de un amigo visiblemente compungido y le exhortó a cobrar ánimo, asegurando que él no sentía temor alguno. Entregó luego una bolsa al verdugo y le encomendó que cumpliera su oficio con destreza, añadiendo con ironía que se mostraría resentido si se levantaba mal degollado.
Recitó unos versos clásicos, se arrodilló e hizo caer su pañuelo. Su cabeza fue segada de un golpe y depositada en el ataúd. Con todo, la muchedumbre apostada en los tablados de Tower Hill no presenció únicamente el suplicio. Antes de que Lovat abandonara la Torre, una de las tribunas se vino abajo: varios espectadores perecieron en el acto y muchos otros resultaron malheridos. La crónica funde así en una misma mañana la muerte del condenado y la de los curiosos que acudieron a presenciarla. Lovat fue ejecutado el 9 de abril de 1747; la trágica función, recibida por el anciano con una chanza, concluyó en llanto y luto para las familias congregadas entre el gentío.
