Al amanecer del 28 de noviembre de 1834, el arca de hierro de la oficina de multas y decomisos yacía abierta. La tarde anterior, el despacho de Frederick Thomas Walsh había quedado cerrado conforme a la rigurosa costumbre. Sin embargo, una suma calculada en 4824 libras se había desvanecido. Aquel cofre estaba guarnecido con dos cerraduras distintas, cuya apertura exigía dos llaves custodiadas por separado. Nada en las primeras pesquisas permitía colegir de qué suerte un intruso se había apoderado de los caudales al abrigo de la noche. La crónica de Camden Pelham desentraña el misterio mediante un relato ulterior: William Huey, empleado de la aduana y copartícipe en la empresa, terminaría por confesar la preparación minuciosa del robo.
Huey desempeñaba sus funciones en la Custom House desde 1827 como landing-waiter o inspector de desembarque. Mantenía trato con William Seale, investido de un cargo análogo. Ambos habían reñido tiempo atrás, pero sellaron su reconciliación en 1834 al frecuentar las mismas tabernas tras las horas de servicio. Según refirió Huey, Seale le insinuó un proyecto para desvalijar la aduana; a la conversación se sumó Henry Mott, dependiente del King’s Warehouse. Mott aconsejó aguardar una coyuntura más propicia. Ninguno fijó fecha en ese momento, mas la disposición del edificio, las rutinas de sus empleados y sus más arraigados hábitos entraron ya en los cálculos de la conjura.
Huey declaró haber coincidido después en Dublín con William Jourdan y Thomas Sullivan. Estos le tantearon para saber si facilitaría un golpe contra las aduanas de Drogheda o de Dublín, a lo cual se negó. De regreso en Londres, reanudó el trato con Mott y Seale. Todos acudieron a la morada de Jourdan en Walworth; acto seguido, este y Sullivan inspeccionaron la oficina codiciada: el despacho de Walsh, recaudador de multas y decomisos. Las atribuciones quedaron deslindadas: los dos advenedizos estudiarían los accesos, mientras los funcionarios informarían sobre las llaves, la disposición de las salas y los horarios en que los escribientes se congregaban.
El plan original radicaba en las llaves. A decir de Huey, Sullivan pretendía labrar ganzúas falsas; Mott logró sustraer una de las llaves exteriores del pupitre de un empleado ausente. Sullivan obtuvo su impronta en cera y forjó una réplica: aunque encajaba en el ojo de la cerradura, carecía de la solidez necesaria para girar el mecanismo. Seale exhibió asimismo llaves de candado, mas ninguna resultó útil. La cuadrilla mudó de estratagema: en lugar de forzar los accesos desde la vía pública, resultaba más seguro apostar a un hombre en el interior, oculto hasta la reapertura matutina de las dependencias.
May, antiguo camarada de Jourdan y Sullivan, convino en permanecer agazapado en el recinto. Los compinches precisaban cerciorarse de la cuantía que albergaba el arca. Jourdan compareció en la subasta de la Corona y adquirió una partida de ron por once libras, abonándola con un billete de cincuenta. El 26 de noviembre, refirió a sus socios cómo Walsh, falto de cambio menudo, se vio obligado a franquear la caja de caudales. Conforme a Huey, Walsh buscó primero monedas en faltriqueras y cajones; no pudiendo culminar el trámite a solas —la segunda llave obraba en poder de otro funcionario—, demandó su concurrencia. Huey testimonia que, al entreabrirse la caja, pareció revelar no menos de cinco mil libras. Jourdan había obtenido con creces el informe ansiado.
La víspera del golpe quedó ultimado el plan. Poco antes de las cuatro de la tarde, Jourdan y Sullivan debían escoltar a May hasta la Custom House. Aprovechando el desconcierto propio del cierre de oficinas, May penetraría al abrigo de un paraguas para guarecerse tras la puerta del despacho de Walsh. Mott, por su parte, entretendría a los escribientes en su oficina en el instante en que acudieran a estampar la firma en el libro de registro. Llegada la mañana, aguardarían a que los serenos franquearan el edificio para dar la señal de salida a May. Seale aguardaría al grupo en su propio domicilio de Peckham.
Huey adujo haber permanecido en su casa pretextando una súbita dolencia. Más tarde, Jourdan, Sullivan y Seale le aseguraron haber guiado a May hasta el pasillo, abandonando el inmueble tras verificar el cierre de las puertas. El 28 de noviembre, Huey y Seale aguardaron en una posada con vistas al camino. Al presentarse Jourdan y Sullivan, marcharon juntos al hogar de Seale. May vació sus bolsillos sobre la mesa: según Huey, extrajo 4700 libras en papel moneda, 122 libras en oro y unos cincuenta chelines en plata. Manifestó que el botín quedó repartido en seis lotes, si bien Jourdan y Sullivan exigieron un plus por sus gastos. Mott no asistió a este conciliábulo y el testimonio omite la asignación exacta de cada una de las seis partes.
Aseveró Huey que May había abierto una de las cerraduras del arca valiéndose de una llave hallada en la propia estancia, tras lo cual reventó la segunda. Tomó el numerario, desgajó del libro de caja las hojas donde figuraba el nombre de Leary —alias de Jourdan— y se las llevó. Las exhibió en casa de Seale, donde ardieron durante la repartición. Un billete de cincuenta libras consignado bajo aquel mismo nombre le fue restituido a Jourdan. El expolio no se limitaba al dinero contante: el asiento contable amenazaba con vincular la compra de ron con el individuo que con tanta insistencia había sondeado el contenido de la caja.
El esclarecimiento del delito no fue cuestión de días. Jourdan y Sullivan eludieron el cerco de la justicia durante más de un año. El agente Lea, de Lambeth Street, abrigaba viejas sospechas sobre ellos, pero carecía de indicios concluyentes. El 2 de diciembre de 1835, un subalterno siguió a un compinche hasta la posada Red Lion, en Holborn. Ambos se alojaban allí dándose humos de acaudalados negociantes, provistos de arcones, lujosas vestiduras y copioso peculio. Su arresto sacó a la luz herramientas de efracción e instrumentos de precisión para el pesaje. Asimismo, un baúl encomendado antaño por la esposa de Jourdan a Brace, un panadero que administraba una escuela irlandesa, contenía epístolas, memorandos y resguardos que permitieron rastrear la circulación de parte del papel moneda.
La crónica vincula igualmente el avance de las pesquisas con un hallazgo fortuito en el Red Lion: el agente Hanson vislumbró destellos en el hogar de la chimenea, rescatando piezas de joyería que la investigación asoció con el robo perpetrado en Hall & Co. Aquel asalto, cometido en febrero de 1835, constituía un proceso independiente, mas el hallazgo indujo a los sabuesos a registrar minuciosamente la estancia y sospechar que Jourdan y Sullivan habían ocultado allí parte de sus latrocinios. Respecto al expolio de la Custom House, se logró seguir el rastro a los billetes y se probaron los vínculos entre los partícipes, mas la luz meridiana provino de Huey. En su primera deposición ante el inspector general de aduanas, este arguyó haber obtenido los billetes confiscados en un garito clandestino. Tiempo después formuló una confesión pormenorizada —que la crónica reputa de más veraz— sobre la urdimbre del golpe y la partición del dinero.
En el juicio, inaugurado en el Central Criminal Court el 2 de marzo de 1836, Huey describió las reuniones conspiratorias, la estratagema del billete de cincuenta libras y la intervención decisiva de May. Los cuatro encausados —Jourdan, Sullivan, Mott y Seale— tildaron su testimonio de mendaz, denunciando que intentaba perderles para salvar su propio pellejo. Presentaron coartadas para situarse lejos del escenario; diversos testigos comparecieron en favor de la probidad y buen nombre de Mott y Seale. Sometido a la repregunta de los letrados defensores, Huey adujo no pretender la impunidad de sus actos, sino reparar en cuanto le fuera dable el mal ocasionado. El cotejo de los billetes y la constelación de relaciones entre los reos apuntalaron la acusación, sin que Pelham transcriba la totalidad del interrogatorio judicial.
El jurado halló culpables a los cuatro procesados. Recomendó a Mott y a Seale a la regia clemencia; con todo, el 8 de marzo la corte impuso a los cuatro la deportación perpetua a colonias penitenciarias. May no figura entre los reos que constan en el fallo registrado, pese a la primacía que Huey le atribuye en el allanamiento nocturno. El destino de Seale añadió a la pena una tragedia postrera: su esposa falleció tras visitarle en las celdas de Newgate. Sullivan intentaría fugarse al arribar al penal ultramarino, pero fue capturado tras haberse colado como polizón a bordo de un navío holandés.
El arca dependía de dos cerraduras, pero el proceso judicial descansó sobre goznes mucho más complejos que una mera llave. Huey ejerció a un tiempo como cómplice y testigo de cargo; sus antiguos compinches impugnaron su confesión; los billetes, los útiles y los legajos documentales aportaron indicios que el tribunal valoró conjuntamente. Pelham conduce la causa hasta una sentencia común, dejando abierta, empero, una singular fractura: el hombre cuya confesión brinda al lector la anatomía íntegra del robo no figura entre los cuatro condenados que el fallo judicial individualiza. Es en esa sutil discrepancia entre la delación del cómplice y la verdad formal del tribunal donde el caso conserva intacta toda su zozobra.
