El sargento realizaba su ronda por la plaza mayor cuando un ruido atrajo su atención hacia dos arcones abiertos. En uno yacía James Carrick, su oficial, amordazado y atado; en el otro, el amigo español con quien había aceptado una invitación galante. Pocas horas antes, ambos hombres habían entrado en una hermosa mansión. El suelo se había desplomado bajo sus pies, unos ladrones los habían despojado y Carrick había perdido hasta los galones de oro de su casaca. Así da comienzo una de las peripecias que la crónica atribuye a este alférez irlandés convertido en salteador de caminos.
James Carrick, conocido también como Valentine Carrick, era el hijo menor de un caballero irlandés avecindado cerca de Dublín. Su padre le procuró un despacho de alférez en un regimiento destinado a España y le proveyó generosamente para sus gastos. De este modo, el joven oficial descollaba en el campamento muy por encima de su soldada: su tienda congregaba a los elegantes y, cuando el ejército tomaba cuartel, no carecía de porte ni de medios. Había recibido una educación liberal y pertenecía a una familia que el cronista juzga acomodada; semejante desahogo no lo apartó de contraer gastos que pronto rebasaron lo que su posición permitía sostener.
El regimiento quedó acantonado en Barcelona tras la toma de la ciudad por las tropas inglesas. Carrick trabó allí relación con caballeros españoles partidarios del rey Carlos. Entre ellos figuraba don Rafael de Ponto, sujeto de linaje y hacienda, que cobró un afecto vivísimo por el joven oficial. Carrick había sido educado en la religión católica y, a pesar de lo que manifestaba ante sus camaradas ingleses, acompañaba gustoso a su amigo a misa; los oficiales no veían en ello, refiere el autor, sino una prueba de cortesía hacia aquel.
Las vísperas servían con frecuencia de cita para los dos camaradas cuando salían en pos de aventuras galantes. Una tarde, una dueña entregó a don Rafael una cédula que lo citaba bajo una ventana, junto a un convento, invitándolo a acudir con su amigo si no temían a una dama española. Carrick aceptó la propuesta. A la hora señalada se apostaron bajo un balcón, embozados en sus capas. La mujer reapareció en la ventana, les arrojó un segundo billete y les rogó que aguardasen. Quince minutos después descendió, abrió una puerta a sus espaldas y los introdujo en un aposento elegante donde dos damas jóvenes los recibieron.
Los cumplimientos fueron breves. Los dos hombres se acercaban a las damas cuando un gran estruendo resonó en la escalera. Se apartaron de las jóvenes y retrocedieron hacia la ventana con la espada desenvainada. El estrépito cesó; el suelo tembló y de pronto se abrió bajo sus plantas. Cayeron en un sótano lóbrego y bajo, donde varios hombres los desarmaron, amordazaron y maniataron. Los malhechores les arrebataron sus alhajas y cuanto de valor llevaban, llegando a arrancar los galones dorados de la ropa de Carrick. Tras dejarlos abandonados un largo espacio de tiempo, los transportaron en dos arcones desprovistos de tapa hasta el centro mismo de la plaza mayor.
Apenas llevaban un cuarto de hora en la plaza cuando el sargento de Carrick pasó de patrulla con un piquete de mosqueteros. Carrick reconoció su voz e hizo todo el estruendo que sus fuerzas le permitieron. El sargento y sus hombres rastrearon el origen del sonido, descubrieron los arcones y libertaron a los dos cautivos. A la mañana siguiente, el mayordomo de don Rafael se presentó ante Carrick. Explicó que su señor, gravemente indispuesto, le enviaba sus afectuosos cumplimientos y un pliego. Carrick halló en él un reloj, un anillo de diamantes y una letra de cambio por valor de doscientas piezas de a ocho. La crónica consigna que esta cantidad equivalía a lo que Carrick afirmó haber perdido; don Rafael pretendía compensar así el perjuicio que su amigo le había descrito.
De vuelta en Inglaterra, Carrick carecía ya de su empleo militar y no halló otro medio de sustento. Prosiguió, no obstante, sufragando los dispendios y placeres a los que se había habituado. Las cortesanas de la ciudad le prestaban a veces dinero, pero tales socorros no bastaban para sufragar su tren de vida. Se concertó entonces con Smith, compatriota suyo, para saltear bolsas en los caminos. Pronto se asociaron con Butler, otro irlandés, a quien Carrick delató con posterioridad y que fue ejecutado merced a su testimonio. El hermano mayor de Carrick, enterado en Irlanda de la conducta del joven, le escribió suplicándole que regresase a Dublín, donde prometía acogerlo y asegurarle un porvenir honroso a despecho de lo acaecido. Le exhortaba a no desesperar de enmendar su destino; la puerta de la reconciliación familiar permanecía franca, si bien Carrick no correspondió a la oferta con mudanza alguna en sus hábitos.
Carrick desoyó aquel consejo. Apenas hubo recobrado la libertad, reanudó las fechorías en las rutas de Finchley Common, Hounslow y Bagshot Heath. Dilapidaba las sumas arrebatadas en el juego, en galas costosas y en el trato con las mujeres que frecuentaba. Viendo que el rendimiento de aquellos asaltos resultaba demasiado lento, se alió con Molony, Carrol y otros irlandeses para despojar a los transeúntes en las calles de la capital. Este quehacer les reportó mayores ganancias durante una temporada, sin sufrir arresto.
Cierta noche, entre la una y las dos de la madrugada, interceptaron una silla de manos en Little Queen Street, en las proximidades de Lincoln’s Inn Fields. En su interior viajaba el honorable William Young. Carrick encañonó al pasajero con su pistola; la cuadrilla se apoderó de un reloj de oro tasado en cincuenta libras, una espada y cuarenta guineas. Carrol vigilaba los accesos; Molony conminó al caballero a entregar su bolsa sin demora. Poco después de esta fechoría, Carrick y Molony fueron reducidos y apresados. Carrol logró ganar la huida hacia Irlanda.
En la prisión de Newgate, Carrick observó una jovialidad que las crónicas juzgaron singular. Narraba los lances de su vida a las visitas como si se tratara de anécdotas forjadas para distraer a los comensales de una mesa de juego. La noticia corrió por la urbe y la curiosidad fue en aumento; los carceleros cobraban entrada a los curiosos que acudían a contemplarlo, y aquel desfile incesante incrementó las ganancias del penal. El reo bromeaba sobre el coste de aquella atracción, asegurando que la multitud podría verlo de balde el día en que fuese conducido a Tyburn. Hasta sus últimos instantes conservó a su vera a varias de las mujeres a las que había tratado con anterioridad, desoyendo las amonestaciones que le instaban a apartarlas de su calabozo.
En el cadalso, Carrick no desmintió su aplomo. Según el capellán de Newgate, el reverendo Purney, se daba aires distinguidos, saludaba a las personas de su conocimiento y mantuvo sus donaires hasta que la carreta se puso en marcha. Declaró profesar la fe católica romana y creer haber hecho las paces con Dios según su propio entender. El cronista no deduce de ello prueba de verdadera conversión; retrata más bien a un hombre que, hasta el pie de la horca, guardó celosamente la compostura de su personaje.
James Carrick fue ajusticiado en Tyburn el 18 de julio de 1722, contando unos veintisiete años de edad. El joven alférez que gastaba por encima de su soldada había conocido en España la celada de una casa burguesa y, más tarde, en suelo inglés, los caminos, las callejuelas y las mazmorras. El relato dibuja en su afición a las galas y al derroche el hilo que anuda estas mudanzas de fortuna; la historia se clausura con una postrera representación de sí mismo, sostenida ante el gentío hasta el instante exacto en que la carreta arrancó bajo sus pies.
