El verdugo se hallaba de camino hacia Tyburn cuando fue detenido. John Meff, apostado en la carreta de los condenados, no iba a ser ejecutado. El gobierno le otorgó la gracia junto a quienes lo acompañaban, conmutando la pena por el destierro ultramarino. Para él, el castigo solo mudaba de forma: la horca retrocedía, mas no recobraba la libertad.
Todo hombre desterrado a ultramar que osara reaparecer en Inglaterra se exponía a la pena capital. La crónica juzga indispensable tal rigor y añade que los deportados jamás se resignaban a considerar su regreso como un crimen. Meff habría de enfrentarse a este dilema tras haber eludido por vez primera el cadalso de Tyburn.
John Meff, a quien la crónica nombra asimismo Merth, había nacido en Londres de progenitores franceses refugiados en Inglaterra, huidos de su patria durante las persecuciones de Luis XIV contra los protestantes. Su padre, refiere la crónica, se afanó en transmitirle su fe y lo puso como aprendiz de tejedor. Meff sirvió a su maestro con fidelidad y, concluido su aprendizaje, contrajo matrimonio. Mas no lograba procurar el sustento de su familia con el fruto de su oficio, por lo que se inclinó hacia el robo. Tras forzar una vivienda, fue descubierto, prendido y condenado a muerte. Esta primera causa lo había conducido hasta la carreta de Tyburn antes de que el verdugo fuera arrestado.
A bordo del navío, Meff halló el modo de ganarse el favor del capitán. Había concebido antes de zarpar propósitos de enmienda y se había prometido una conducta honrada, aun a costa de los más penosos trabajos. La lejanía, empero, desvió el rumbo de tales promesas; agrega el narrador que el ejemplo de sus compañeros y de la marinería apenas le sirvió de amparo. Los penados inquirían a los marineros sobre la suerte que les aguardaba en las plantaciones: ¿los tratarían sus amos con la dureza que se pregonaba en Inglaterra? Se consolaban imaginando que allí hallarían una existencia más desahogada. El viento impulsó al buque al principio sin contratiempos, y la travesía se antojaba aún una tribulación que cabía superar.
Mas en las inmediaciones de las Bermudas, dos balandras piratas asaltaron por sorpresa el transporte. Los corsarios no hallaron botín de consideración a bordo; no obstante, los forzados representaban un valioso refuerzo. La mayoría se sumó a sus correrías y firmó sus artículos. Meff y otros ocho hombres se negaron. Los piratas no insistieron en persuadirlos: los nueve fueron abandonados en un islote deshabitado.
Se hallaron de pronto sin cobijo y sin lumbre. Para resguardarse del frío y la intemperie, frotaron dos maderos secos hasta arrancar una llama y allegaron luego ramas bastantes para mantener una fogata. El primer sustento que lograron consistió en aves silvestres atrapadas mediante lazos improvisados con las cerdas de una vieja peluca. La carne era correosa y sabía a pescado. A los pocos días, las aves aprendieron a sortear las trampas. Buscaron entonces un animalillo que horadaba el terreno a semejanza de un conejo; su carne los emponzoñó, dejando a cinco de los nueve hombres apenas capaces de tenerse en pie.
No les restaba más recurso que los peces que acertaran a cobrar. Eran menudos, escasos y, a decir de la crónica, de pésimo sabor. Transcurrían los días sin que los náufragos vislumbraran el medio de abandonar la isla. Cierta mañana, divisaron una canoa que arribaba de alta mar con siete individuos que el relato designa como indios. Se emboscaron tras las peñas. Cuando los recién llegados se adentraron en el interior del islote, Meff y sus compañeros bajaron sigilosos hasta la piragua. Hallaron en ella bastimentos salados, se apoderaron de la embarcación y confiaron su destino a las olas.
Dos jornadas más tarde, la chalupa los condujo hasta una colonia inglesa. Salvóse Meff así de la isla, mas no abrazó una vida sosegada: eligió la mar. Como marinero, emprendió diversas singladuras hacia Barbados, Jamaica y otras islas británicas, y después hacia Nueva Inglaterra, Virginia, Carolina del Sur y demás colonias. Presume el cronista que esta existencia marinera escaso agrado le reportaba y columbra en ello la causa de su retorno. Regresó por fin a Inglaterra. No llevaba aún un mes en el reino cuando reanudó sus antiguos hábitos; uno de sus primeros desafueros motivó su captura y posterior encierro en Newgate. Se evadió con el auxilio de un albañil y huyó a guarecerse a Hatfield, en el condado de Hertfordshire. Sostuvo Meff que aquel mismo albañil lo había delatado luego, aseveración a la que la crónica concede general crédito. Fue prendido de nuevo, reintegrado a Newgate y custodiado con el más riguroso celo. Había recuperado la tierra firme y la prisión, tras la isla y las travesías; ninguna de aquellas vicisitudes había quebrado su propensión al delito.
En su proceso surgió una dificultad de derecho: ¿no quedaba acaso el hecho imputado amparado por la Ley de Indemnidad recientemente promulgada? Se exhibió entonces el asiento de su antigua condena. El tribunal dispuso de inmediato que se le procesara por haber regresado sin autorización tras su destierro penal. Con arreglo a esta nueva acusación, fue declarado culpable merced a una prueba que la crónica califica de concluyente, y sentenciado a muerte.
Había rehusado rubricar los artículos piratas, soportado el rigor del islote, surcado de nuevo los mares y alcanzado otra vez el suelo londinense. Y helo aquí juzgado por ese paso postrero: haber vuelto a pisar su tierra natal. El registro de una pretérita condena lo había alcanzado al término de sus derrotas.
Mientras aguardaba la ejecución, Meff manifestaba, según el cronista, sincera compunción por su vida pasada. Rezaba y leía con los demás reclusos, en particular con James Reading, condenado asimismo al cadalso. Los testimonios de sus respectivos crímenes permanecían deslindados. Reading reconoció haber tenido noticia del asesinato del señor Philpot, inspector del impuesto de ventanas, y declaró que tres sujetos habían tomado parte en el hecho; aseguró conocer a dos, sin poder señalar al tercero. Había sido condenado también, junto a otros dos cómplices, por arrebatar un reloj y otros caudales a George Brownsworth, entre Islington y la estribación del peaje. Reading contaba treinta y cinco años y militaba desde antiguo en bandas de salteadores, algunos de cuyos miembros delató para salvar la vida. Meff frisaba en los cuarenta. El 11 de septiembre de 1721, ambos reos fueron ajusticiados en Tyburn.
