Cuando Adéline Grière se hirió al salir de la casa de Villemomble, el inventario de las joyas de Élodie Ménétret quedó inacabado. El ama de llaves del señor Grassier apenas se había llevado unas pocas piezas; el resto aún debía catalogarse y ponerse a buen recaudo. En el relato que la acusación formularía más tarde sobre aquellas jornadas, aquel percance brindó a Euphrasie Mercier una ocasión decisiva. Sin embargo, en abril de 1883, nadie sospechaba todavía lo que el arriate del jardín terminaría por ocultar, ni que un inventario interrumpido se convertiría en uno de los primeros hilos de un proceso de la corte de lo criminal.
Ménétret, nacida en 1840 y poseedora de una fortuna que el acta de acusación estimaba en unos 80 000 francos, acababa de adquirir una casa con jardín en la avenida de Le Raincy, en Villemomble. Había abonado 15 000 francos de los 25 000 estipulados. Mercier, antigua clienta de su zapatería, había dejado el servicio de la casa de la señora de Raezkouska para ser contratada como ayuda en la mudanza y la instalación. Una carta de Ménétret, dada a conocer en la audiencia, aludía inicialmente a meras jornadas de trabajo y a una ayuda doméstica en el campo. La idea de una compraventa en copropiedad, que Mercier sostuvo después, no figuraba en absoluto en aquel escrito.
Ménétret había solicitado el consejo de Grassier, su viejo amigo, y de Grière, que administraba su hogar. A tenor de las declaraciones consignadas, les confesó que la antigua zapatera le inspiraba temor y un profundo recelo. La Gazette, al publicar el acta de acusación, atribuía tal desasosiego a las constantes historias de crímenes y apariciones con que Mercier solía alimentar la conversación. La encausada negó luego haber urdido tales pláticas y ofreció explicaciones distintas para los miedos de su señora. Lo que revelan las actuaciones judiciales, sin necesidad de suplir con conjeturas lo que los testigos no vieron, es la estampa de una mujer que planeaba marcharse y poner sus valores en depósito.
Hacia el 18 o 19 de abril, Ménétret y Grière comenzaron a confeccionar la relación de alhajas y documentos. Mercier, de acuerdo con la acusación y las declaraciones testimoniales, entraba una y otra vez en el aposento. El inventario se detuvo abruptamente cuando Grière, lastimada tras una caída, hubo de retirarse llevando consigo tan solo unas pocas joyas. Grassier regresó poco tiempo después; jamás volvió a ver a su amiga. Durante la vista oral, Mercier sostuvo que Ménétret había partido de viaje y que la había visto con posterioridad. Invocó un convento, una casa de acogida para sirvientes, el Gran Ducado de Luxemburgo y supuestas visitas nocturnas con ropas de religiosa. Las pesquisas reseñadas en la audiencia no hallaron rastro de Ménétret en ninguno de los lugares señalados.
La fecha precisa de su desaparición no puede reducirse a una certeza palmaria en las crónicas de la época. El auto situaba su marcha en torno al 24 de abril; ciertos testimonios hablaban todavía de visitas o de enseres devueltos en las jornadas inmediatas. La última nota encontrada entre sus papeles, autenticada como de su puño y letra, encargaba a Mercier la liquidación de pequeñas deudas y le confiaba el remanente de la venta de sus valores tras varios desembolsos. Mercier reconoció la caligrafía, pero explicó dicha nota escudándose en acuerdos secretos que, a su decir, ambas mujeres habían concertado. La acusación deducía, por el contrario, que el manuscrito había sido arrancado bajo coacción o dictado en la agonía. El documento no bastaba, por sí solo, para fechar la hora ni las circunstancias de su redacción.
Consumada la desaparición, las explicaciones atribuidas a Mercier no tardaron en variar. Aseguraba que Ménétret había salido de Francia, que había ingresado en un convento de la calle del Rocher y que luego se había refugiado en Luxemburgo. Una carta sin fecha, exhibida con el fin de probar que seguía con vida después de abril de 1883, fue impugnada formalmente al hallarse su borrador entre los papeles de la propia Mercier. La encausada insistía en su autenticidad; el presidente del tribunal hizo notar que no aportaba el resto de las misivas que afirmaba haber recibido. La ausencia de toda respuesta a Grassier y a los allegados de Ménétret pesó gravosamente en los debates, si bien el tribunal no transformó cada silencio en prueba ocular de lo ocurrido en la vivienda.
El acta de acusación reconstruía pormenorizadamente las maniobras perpetradas sobre el patrimonio de la ausente. Atribuía a Mercier falsos pagarés por valor de 10 000 francos, un contrato de arrendamiento concebido para fingir su copropiedad sobre el inmueble y firmas apócrifas de Ménétret para percibir rentas y liquidar títulos bursátiles. Dos operaciones de venta de valores arrojaron, según los datos de autos, sumas de 39 706,45 y 12 104,30 francos; parte de las cuales se convirtieron en cédulas hipotecarias rusas. Mercier admitió ciertos escritos, pero sostuvo haber obrado bajo mandato expreso de Ménétret y rechazó todo afán de lucro personal. En Luxemburgo, el notario Ransonnet, su pasante y dos testigos reconocieron en ella a la mujer que se había presentado en agosto de 1883 usurpando el nombre de Élodie Ménétret a fin de otorgar un poder notarial. La acusada recusó tales identificaciones.
En 1885, la causa dio un giro decisivo con la intervención de Alphonse Châteauneuf, sobrino de Mercier. Constaba en las actuaciones que, advertido de los apuros económicos de su tía, descubrió al revisar sus papeles y examinar sus comentarios indicios que le hicieron sospechar que Ménétret había sido asesinada. La denuncia remitida a la jefatura de policía el 13 de agosto distó de atribuirse a móviles transparentes: La Gazette consignó las versiones contrapuestas de venganza o codicia, frente a los escrúpulos de conciencia que alegaba Châteauneuf. Previamente, el joven había pretendido obtener dinero de Mercier, dato que tampoco pasó inadvertido en el sumario.
Las excavaciones se emprendieron en el arriate señalado. A escasa profundidad, aparecieron fragmentos óseos parcialmente calcinados, mezclados con cenizas y despojos orgánicos. Los forenses identificaron un esqueleto de mujer y hallaron una pieza dental postiza, empastes y restos de oro que las fichas del dentista de Ménétret permitieron cotejar. También se extrajo una montura metálica coincidente, según la acusación, con el lazo que la difunta lucía al cuello. Determinadas particularidades en las raíces de los lirios llevaron a los peritos a situar el enterramiento en la primavera de 1883. En el dormitorio, una chimenea agrietada, tarimas saturadas de grasa y hollín con altas concentraciones de ácido fosfórico fueron catalogados como vestigios de una combustión masiva de materia animal. Los dictámenes periciales respaldaban la tesis fiscal, aunque no revelaban por sí solos el mecanismo homicida, del cual no existía testigo alguno.
Al abrirse la vista pública, el 6 de abril de 1886, habían sido citados ochenta y tres testigos. La sala no alcanzaba a albergar más que a una fracción de ellos. Sobre la mesa de piezas de convicción reposaban tarros, cajas con restos óseos o cenizas, fragmentos de mármol, un maletín de viaje y maderos chamuscados. Se hizo comparecer a Mercier, nacida en Fourmies en 1820. Sin renegar de la dura vida de labor que había llevado, rechazó enérgicamente los cargos relativos a la desaparición. «Jamás he tenido valor ni para matar a un perro», replicó cuando el magistrado presidente la conminó a pronunciarse sobre la hipótesis del asesinato. Aseveró que Ménétret se había marchado voluntariamente, que sus intereses marchaban unidos y que los instrumentos mercantiles impugnados se habían redactado para ocultar a la familia una adquisición en común.
En las sesiones sucesivas desfilaron vecinos, peones y personas que habían visitado la finca antes o después de la misteriosa ausencia. Sus recuerdos distaban de concordar plenamente. Varios jardineros declararon haber recibido órdenes expresas de no remover cierto cuadro de flores; Mercier lo negó o desvirtuó el alcance de tales palabras. Otros evocaron la especie de un antiguo camposanto, esgrimida por la acusada para justificar el hallazgo de huesos en el patio; sin embargo, los planos del municipio y el secretario del ayuntamiento situaron aquel cementerio en un paraje distinto. Otros testigos describieron reformas en la casa, débitos impagados o ventas precipitadas de enseres. Aquellos testimonios no poseían la firmeza de las pericias, y su peso probatorio resultó desigual.
El 10 de abril, concluidas las testificales y el informe del ministerio fiscal, los debates se centraron en la responsabilidad criminal de la acusada y en el valor intrínseco de los documentos. Su defensa, ejercida por los letrados Barrou y Laguerre, rebatió los cargos con vehemencia. La Gazette no reproduce íntegramente los alegatos de clausura, pero dio a conocer al día siguiente el veredicto del jurado. A todas las cuestiones formuladas, los jurados respondieron de forma afirmativa, concediéndole no obstante el beneficio de las circunstancias atenuantes. El tribunal condenó a Euphrasie Mercier a veinte años de reclusión. La crónica anota que esbozó una leve sonrisa al oír la sentencia; la sesión se levantó a las once y cuarto de la noche.
Tal fue el desenlace ante la ley de una desaparición que había arrancado con un inmueble a compartir, un inventario trunco y una mujer que jamás regresó. El arriate señalado por Châteauneuf devolvió restos mortales, la ciencia pericial los vinculó a la figura de Ménétret, las escrituras y las firmas destaparon las maniobras atribuidas a Mercier, y el jurado zanjó el debate sobre la culpa. La prensa relató los hechos, las diversas hipótesis y las razones esgrimidas; no nos autoriza a desentrañar lo que nunca se dijo ni a escrutar el alma de ambas protagonistas. Nos lega, con todo, este rosario de vestigios —una misiva, un poder, unos huesos bajo los lirios— sobre los cuales la justicia impuso, en aquel 1886, su inapelable fallo penal.
