En Portsmouth, el barco fue pintado de nuevo; en Ámsterdam, se le aplicó otra capa de pintura. Su capitán francés, Peter Tartoue, ya no podía reclamar la embarcación: había sido arrojado al mar junto con su segundo. Philip Roche, el hombre a quien había confiado el gobierno del timón durante su descanso, capitaneaba ahora a los supervivientes. La carga fue vendida y un nuevo pasajero embarcó sin sospechar el destino de los anteriores ocupantes. La crónica de Roche se abre así con una confianza traicionada; y conduciría al flamante capitán hasta Execution Dock, donde fue ejecutado por piratería el 14 de agosto de 1723, rondando los treinta años de edad.
Su padre, llamado asimismo Philip Roche, vivía en Irlanda en una condición modesta. Proporcionó a su hijo los rudimentos de la lectura y la escritura antes de enviarlo a la mar. El joven completó varias travesías a lo largo de la costa irlandesa y viajó en una o dos ocasiones a Barbados. Frugal y laborioso, reunió el dinero suficiente para convertirse en segundo oficial a bordo de un mercante con destino a Nantes. Este empleo le permitía adquirir mercancías por cuenta propia; obtenía con ello los medios para labrarse una posición entre las gentes de mar. La crónica lo describe entonces en vías de consolidar la fortuna que su propio esfuerzo le habría asegurado con el tiempo.
Semejante progresión no colmaba sus ambiciones. Conoció a Neal, un pescador irlandés, y a Pierce Cullen, a quien Neal le recomendó como socio. El relato tacha a Neal de osado y violento; presenta a Cullen como el más capacitado para ejecutar sus designios. Según los informes de Neal, Cullen y él ya habían participado en el barrenado y hundimiento deliberado de un navío asegurado en Londres y Ámsterdam. Aquel plan para cobrar la indemnización fracasó porque Cullen era conocido o sospechoso de haber cometido un fraude similar. Los aseguradores londinenses hicieron detener y procesar a Cullen en lugar de desembolsar la suma esperada. El percance arruinó los planes de ambos hombres.
Cullen incorporó a su hermano a la cuadrilla y, tras reiteradas instancias, convenció asimismo a Francis Wise. Decidieron apoderarse de una nave ligera para sustituirla más tarde, si la ocasión lo permitía, por un buque de mayor porte. Su elección recayó en el barco de Peter Tartoue, un capitán francés célebre por su generosidad. Roche y sus cómplices le refirieron una historia lastimosa; Tartoue los acogió a bordo y, atendiendo a su destreza, confió en ocasiones el mando a Roche.
Cierta noche, Tartoue y su primer oficial descansaban junto al resto de la tripulación francesa. Tan solo un marinero y un grumete permanecían sobre cubierta. Roche les ordenó subir a la arboladura para aferrar las velas. Reunió de inmediato a sus secuaces irlandeses en el alcázar de popa. Francis Wise vacilaba. Roche amenazó a quienes rehusaran colaborar en deshacerse de los franceses y en resarcir las pérdidas que el grupo afirmaba haber padecido en la mar; a quienes obedecieran, les prometió una parte del botín. Comenzó entonces la matanza. El muchacho fue arrojado al agua; el marinero que lo acompañaba cayó muerto sobre cubierta. Aquellos franceses que subieron sobresaltados por el tumulto fueron acometidos a su vez. Tartoue y su segundo fueron maniatados y lanzados por la borda, desoyendo sus ruegos de que se les concediera rezar. A ninguno se le perdonó la vida.
Consumada la violencia, los irlandeses descendieron a la cámara, abrieron provisiones de ron y comieron antes de registrar la nave. Se incautaron de cuanto juzgaron de provecho en los cofres. Su propósito consistía en alcanzar las Antillas con una embarcación mejor adaptada para vivir allí de las presas apresadas a otros bajeles. De momento, arribaron a Portsmouth, hicieron pintar el casco y zarparon rumbo a Ámsterdam. Roche fue reconocido como capitán por los demás miembros de la partida, quienes juraron acatar sus órdenes en las expediciones venideras.
En Ámsterdam, mandaron pintar el barco por segunda vez y emprendieron la venta de la carga de Tartoue, confiando en borrar con ello todo rastro de su captura. Cargaron luego géneros consignados a Inglaterra por cuenta de un tal señor Annesley, quien subió a bordo en calidad de pasajero. La noche posterior a su llegada, aprovechando un viento propicio, los piratas lo arrancaron de su lecho y lo arrojaron al mar. Annesley les ofreció la totalidad de sus mercancías si consentían en izarlo de nuevo a bordo; aseguraba contar en Inglaterra con amigos y recursos bastantes para compensar la pérdida. Roche y Cullen se hallaban en la gran cámara. Según la relación de los hechos, no respondieron a sus súplicas. Una vez repartido el despojo, pusieron proa a Inglaterra.
Ciertas noticias sobre sus fechorías ya habían llegado a oídos de las autoridades. Tras desembarcar, Roche escribió a su esposa. La misiva fue interceptada en la estafeta de correos y se despachó a un alguacil para prenderlo. Conducido ante el Consejo, negó ser Philip Roche y afirmó no conocer a persona alguna con tal nombre. Se le exhibieron entonces las cartas redactadas de su propio puño y letra dirigidas a su cónyuge; ante las pruebas, no pudo sostener semejante falsedad. El cronista señala esta impostura como el primer desmoronamiento de la estrategia que pretendía esgrimir para su descargo.
Las autoridades le ofrecieron salvar la vida bajo una condición: facilitar informes que permitieran la captura y condena de tres de sus secuaces. Roche no cumplió el pacto ni prestó testimonio contra ellos. Los cómplices aprehendidos permanecieron en prisión. Neal murió en la cárcel de Marshalsea, donde había reclamado en vano la restitución de un cofre con ropas, dinero y otros caudales incautados en Irlanda. El cronista asegura que aquellos bienes procedían del expolio perpetrado contra los tripulantes masacrados. Describe los fallecimientos de Neal y de otros reos como castigos de la Providencia, mencionando hemorragias fatales; las causas médicas precisas no figuran en los autos.
En Newgate, Roche asistía con puntualidad a los oficios de la capilla. Su destreza con la pluma le permitía socorrer a otros reclusos redactando cartas y memoriales sobre diversos asuntos. Algunos dedujeron de ello que no podía ser el autor de los crímenes sanguinarios que se le imputaban. Roche aprovechó esta corriente favorable para defender una versión distinta. Sostuvo que a bordo se había encendido una reyerta entre un irlandés y un marinero francés; que Tartoue había tomado partido por los suyos, amenazando con hacer azotar al irlandés, a pesar de su inocencia. De ahí se habría originado un combate generalizado durante el cual los irlandeses, más fuertes, habrían arrojado a los franceses por la borda en el calor de la contienda, sin premeditación. Esta defensa atribuía las muertes a una disputa tumultuaria, mientras que la acusación original describía un abordaje y un motín minuciosamente concertados bajo el mando de Roche.
Durante su encierro, Roche supo del fallecimiento de Neal. Respondió que se trataba de un justo juicio divino para quien había vivido en la sangre, según anota el cronista. Cuando se le comunicó que otro de sus socios se había emponzoñado, Roche deploró que tan funesta existencia concluyera de ese modo. Declaró que deseaba dejar obrar a la Providencia y que prefería morir bajo el suplicio más infame antes que sumar el suicidio a sus demás culpas. Varios de sus correligionarios perecieron en prisión antes de que el Tribunal del Almirantazgo celebrara las sesiones previstas. Roche se creyó entonces a salvo, persuadido de que ya nadie podría testificar en su contra, y apresuró la apertura de su juicio.
En la audiencia, mostró una serenidad impropia de quien afronta semejante trance. El cronista le atribuye este cálculo: las pruebas no bastarían para declararlo asesino, si bien difícilmente podría ser absuelto del cargo de piratería. Tal distinción explica su aplomo ante el tribunal, que no respondía a una confesión del homicidio. Pronunciada la condena a muerte, Roche declaró su fe católica y manifestó que no podía asistir por más tiempo a los oficios de la Iglesia de Inglaterra en la capilla. Albergaba todavía la ilusión de que la oferta de gracia formulada al inicio de la instrucción lo protegería, aun cuando jamás había aportado los informes exigidos.
Cuando el correo regresó de Hannover con la orden formal de su ejecución, Roche se mostró profundamente turbado. Protestó contra la severidad de verse incluido en el auto de ejecución cuando se le había prometido la vida. La crónica replica que tal promesa pendía de condiciones que nunca llegó a satisfacer. Llegó a Execution Dock vacilante, confuso e incapaz de articular palabra ante la multitud o ante quienes lo rodeaban en el cadalso. La entereza exhibida en prisión se había disipado por completo; el cronista subraya su absoluto abatimiento. La reseña histórica no consigna confesión postrera alguna: deja constancia de su condena por piratería, de sus reiteradas negativas respecto a los asesinatos y del indulto condicional que nunca supo ganarse.
