En la noche del 3 al 4 de julio de 1703, un hombre en bata corría frente a su casa gritando que le habían robado sus papeles y asesinado a su esposa. Afirmaba haber sorprendido a cinco o seis forajidos, haber trabado combate con ellos y haber escapado de sus garras. En el interior, Anna Margarethe Heing yacía en su lecho, herida de muerte en la cabeza por una bala. La manta permanecía intacta; el arcón situado junto a la puerta trasera había sido forzado. Sin embargo, al acudir los vecinos, ninguno de ellos había oído lucha alguna ni detonación de arma de fuego.
El señor de la casa se hacía llamar barón de Münchhausen. Desde la primavera anterior residía en Halberstadt bajo dicha identidad, alardeando de tierras próximas a Golding y de un litigio contra Eberstein. Se le acogía como a un caballero, y su letrado, Christian Bemsdorff, le franqueaba la entrada en los círculos que frecuentaba Anna Margarethe, hija única de un consejero de corte. Huérfana de padre y madre, gozaba de bienes de libre disposición. El pretendiente no dejó de encarecer sus propiedades, sus altas influencias y unas rentas que, según decía, no tardarían en engrosar su caudal.
Contrajeron nupcias en Halberstadt en julio de 1702. Los autos no permiten certificar que aquellas promesas de opulencia fuesen ciertas; revelan, más bien, que la hacienda de la joven no tardó en sostener la economía doméstica y los desplazamientos de la pareja. A comienzos de 1703 marcharon a Jever, donde el barón pretendía cobrar un crédito sobre los herederos de Protti. El juez de distrito Dohrenheim debía agilizar el procedimiento. En una misiva de junio, Anna Margarethe se declaraba dichosa, describía la nueva vivienda, los banquetes y la música, y aseguraba la prosperidad de los negocios de su marido. Aquel testimonio íntimo da la verdadera dimensión de lo que sobrevino: pocas semanas más tarde, la desdichada hallaría la muerte en esa misma morada.
El 2 de julio, el barón cenó con Folte, un conocido del matrimonio. Se mostró taciturno e invitó a beber a su huésped, quien se retiró cerca de las diez de la noche. La crónica guarda luego silencio sobre la jornada del día 3. Refiere que una alcoba recién reparada debía limpiarse a deshoras: la criada faenó en ella hasta cerca de la medianoche en compañía del joven criado; rendidos de fatiga, ambos se durmieron enseguida, ella en la cocina y él en su aposento. El texto sitúa el clamor del barón en la noche del 3 al 4 de julio, pasadas la una de la madrugada, sin precisar en qué fecha exacta se llevó a cabo dicha limpieza.
Aseguró que un ruido lo había sobresaltado, que creyó oír a la sirvienta y que divisó entonces a varios hombres penetrar en el dormitorio. Declaró que lo habían ultrajado, exigido pagarés, perseguido hasta la estancia contigua y arrojado al suelo. Según su versión, logró alcanzar la cocina, despertó a la servidumbre y, en ese mismo instante, oyó el disparo fatal. Los ladrones, sostenía, habían huido por la puerta trasera. Se encontró un cofre forzado y despojado de numerario y legajos; con todo, las obligaciones que supuestamente reclamaban no habían aparecido.
Las pesquisas comenzaron al punto. Se clausuraron las puertas de la villa, se redobló la guardia en las murallas, se registraron las posadas y se interrogó a vecinos y criados. Nadie dio razón de haber visto a los malhechores. El joven sirviente no había percibido disparo alguno; al entrar en la alcoba, solo vio a la baronesa muerta y percibió el olor a pólvora. La criada testificó que su amo la había despertado después del tiro, sin que antes hubiese advertido el menor alboroto. Los serenos habían divisado luz a las once y a medianoche, mas no a la una. El barón, por su parte, incurrió en contradicciones sobre la claridad, sobre si su esposa dormía o no y sobre el lugar exacto en que él se hallaba.
Existía, sobre todo, una prueba que el propio amo de llaves se había apresurado a borrar: una mancha cerca de la ventana que reconoció haber limpiado antes de la llegada de los magistrados. En el cofre forzado faltaban efectos reales, pero ello no acreditaba el allanamiento aducido. La inspección general de las casas no dio con sospechoso alguno; en la alcoba, la justicia halló un arma de fuego con el percutor amartillado y la cazoleta abierta, ennegrecidas ambas por la combustión. La víspera, Folte había limpiado aquella misma arma tras haber disparado con ella por orden del barón; ahora presentaba indicios de un tiro reciente.
Folte reconstruyó entonces los últimos pasos de la pareja. En Wittmund, el barón se había provisto de balas; más tarde, Folte supo que también había adquirido pólvora en Esens. Cuando su amigo le preguntó si le quedaban proyectiles, contestó que solo conservaba dos. Se los entregó a Folte rogándole que los hiciera desaparecer. Folte los llevó al tribunal. El juez obtuvo acto seguido una bala comprada en Wittmund: su calibre coincidía con la extraída bajo la almohada de la finada, mientras que las dos balas entregadas por el barón eran de mayor tamaño. Semejante discrepancia no desvanecía las sospechas, sino que abría un nuevo interrogante: ¿dónde habían ido a parar las balas adquiridas en Wittmund?
Detenido el 7 de julio, el barón se aferró al principio a su fábula. Dijo llamarse Friedrich Karl von Münchhausen, hijo de un oficial y de noble cuna, antiguo teniente y luego capitán, condecorado por los reyes de Suecia y de Inglaterra. No pudo exhibir ejecutoria de nobleza, licencia militar ni documento alguno que acreditase sus títulos. Poco a poco confesó haber mentido acerca de sus insignias, de sus cargos y de una supuesta deuda del conde de Schaumburg. Se cotejaron con su caligrafía varias cartas firmadas por Fabian von Sternburg, barón de Scharrenschild; hubo de admitir que él mismo las había redactado con tal nombre.
Alegó entonces una versión distinta de la muerte: afirmó que había querido disparar contra el perro de su mujer, al que ella guardaba celosamente hasta en el propio lecho; el arma se habría disparado de improviso alcanzando a Anna Margarethe. Suplicó clemencia, ofreció sufragar una capilla y ceder sus derechos pecuniarios. Los vecinos examinados bajo juramento desmintieron la supuesta embriaguez. Folte declaró que el barón apenas había bebido dos copas de aguardiente en todo el día y casi nada de vino. Ningún testigo presenció el supuesto accidente. El lance del can era tan exclusivo de su palabra como lo había sido el asalto de los bandidos.
La verdadera identidad se abría paso tras los sucesivos disfraces. En Golding, la viuda de un teniente Münchhausen escribió al gobierno de Jever asegurando que aquel sujeto era su yerno, Fabian von Sternburg, barón de Scharrenschild, y que su hija Sophie Elisabeth era su legítima esposa. El párroco Johannes Schuck corroboró el matrimonio. Se aportaron epístolas de Sternburg, anteriores y posteriores a su enlace con Anna Margarethe. En una de ellas, fechada en Bremen el 8 de octubre de 1702, aún se dirigía a su esposa de Golding, tres meses después de haber desposado a Anna en Halberstadt. Ya no podía sostener que ignoraba que su mujer seguía con vida.
Otra mujer, Katharina Margarethe Herckels, compareció asimismo en Jever. Refirió haber contraído matrimonio con el barón en Hannover en 1699, en una ceremonia oficiada por quien ella creía ser sacerdote. Las indagaciones demostraron que un suboficial cubierto con capa negra había hecho las veces de clérigo; el barón le había arrebatado sus títulos de propiedad abandonándola con una criatura. Las actuaciones judiciales dejaron, sin embargo, en la penumbra el verdadero estado de Herckels respecto a su anterior unión con el capitán Robbig y la legítima pertenencia de los papeles que decía haber heredado. El tribunal la remitió a Hamburgo junto a su hijo; su declaración puso al descubierto la magnitud de los engaños, sin resolver todas las cuestiones jurídicas que la afectaban.
Las autoridades descubrieron así múltiples esponsales rotos, caudales dilapidados, deudas, una esposa abandonada y otra segunda aún con vida. Una investigación de Halberstadt había advertido asimismo la desaparición de un joven sirviente, Christoph Julius Schaden; el expediente de Jever sobre este punto quedó inconcluso y no permitió esclarecer su paradero. En lo tocante al homicidio, el barón insistió en el accidente, para luego reconocer bajo tormento haber dado muerte a Anna con premeditación. Ratificó en un principio su confesión, pero se retractó después aduciendo que el dolor lo había forzado a asentir. Las actas no conservan el auto donde exponía los motivos del crimen.
En febrero de 1704, tras un segundo dictamen judicial y un nuevo interrogatorio en el potro, reconoció una vez más el asesinato, sin dejar de sostener que ignoraba que Sophie Elisabeth siguiera viva al desposar a Anna. Dos días más tarde se retractó nuevamente de su confesión. Sin embargo, los magistrados contaban con sus cartas, su inventado asalto nocturno, las balas, el arma tiznada y los testimonios que echaban por tierra su estado de ebriedad. El tribunal lo condenó a ser decapitado por la espada y dispuso que su cadáver fuese expuesto en la rueda, con el arma suspendida a su lado. El príncipe confirmó la sentencia.
El 1 de septiembre de 1704 se ejecutó el fallo. El cronista no acierta a precisar si el reo reconoció de nuevo su culpa en el último trance ni de qué temple marchó al cadalso. Nada permite suplir este vacío. Solo perdura aquella noche inicial, cuando la vecindad acudió al reclamo de los ladrones y no halló sino una casa de una calma inquietante, una puerta trasera abierta de par en par y una mujer muerta en un lecho que ni siquiera se había descompuesto.
