El equipaje dejado en prenda
Para ir a matar a un emperador, Franz Reinhold Rupsch tuvo que empeñar su baúl. Las cuotas de los camaradas no bastaban para sufragar el viaje; el guarnicionero dejó, pues, al usurero lo poco que poseía a fin de ponerse en camino con Emil Küchler. Tres meses después, el emperador seguía con vida, el monumento que habían pretendido cercar de cadáveres recibía a los visitantes y Rupsch aún no había recuperado su equipaje. Reclamó entonces que se le reembolsaran los gastos. Aquel atentado frustrado hallaría en esta pequeña deuda una publicidad que sus autores jamás previeron.
Hugo Friedländer relata la escena a propósito de una asamblea obrera celebrada tras la Navidad de 1883 en Elberfeld. Una fiesta había dejado cierto superávit; Rupsch exigió una parte para cubrir los desembolsos del viaje a Rüdesheim. El cronista supone que un confidente asistía a la reunión. Aquella indiscreción no desvela por sí sola la totalidad de las pesquisas, mas preserva su honda ironía: una empresa concebida para tambalear el Imperio reaparecía en las cuentas de una velada festiva.
Un visitante al pie del enfermo
August Reinsdorf había madurado el proyecto pocos meses antes. Tipógrafo, militante anarquista, forzado con frecuencia a cambiar de aires por el trabajo o los decretos de expulsión, se hallaba en septiembre ingresado en el hospital de Elberfeld. Küchler lo había conocido al visitar a los enfermos en nombre de una asociación tipográfica. El socorro mutuo entre trabajadores brindó la ocasión del encuentro; sus confidencias versarían muy pronto sobre un auxilio de naturaleza muy distinta.
El 28 de septiembre, Guillermo I debía inaugurar el monumento de Niederwald, erigido sobre las colinas del Rin para conmemorar la victoria alemana sobre Francia. Príncipes, dignatarios y una multitud ingente arroparían la ceremonia. Reinsdorf columbró en aquella asamblea de poderosos una coyuntura que las ocasiones ordinarias no brindaban: abatir de un solo golpe a quienes encarnaban el orden contra el que combatía.
Encomendó a Küchler y a Rupsch trasladarse al lugar. Otros hombres aportaron dinero o pertrechos; algunos negarían más tarde haber conocido el verdadero propósito de su auxilio. Esta diferencia, desdibujada en un principio bajo el marbete común de complot, devendría decisiva en la sentencia. Donar unos pocos marcos para costear un viaje no demostraba forzosamente haber consentido las muertes a las que dicho viaje pretendía conducir.
La ceremonia siguió su curso
Ambos hombres llegaron a Rüdesheim el 27 de septiembre. Llovía. Ganaron las inmediaciones del monumento, dispusieron el atentado y regresaron al día siguiente. La lluvia había empapado el mecanismo. En el instante convenido, ninguna detonación quebró el aire. El cortejo prosiguió su marcha; los vítores y la música llenaron el espacio donde los conspiradores habían aguardado escuchar el estruendo de su triunfo.
Más adelante, cada cual procuraría dar a este fracaso una explicación que lo favoreciera. Küchler aseguraría haber acompañado a Rupsch con el único propósito de evitar el crimen. Rupsch sostendría haber sido él mismo quien inutilizó la máquina infernal. Dos hombres habían viajado juntos, obrado juntos y esperado juntos; ante el tribunal, se esforzarían por transfigurar aquella sociedad en una vigilancia recíproca ejercida en beneficio de las víctimas.
La conducta que observaron tras la frustrada empresa complicaba sobremanera semejante defensa. La noche de aquel mismo día, una explosión causó estragos en la sala de fiestas de Rüdesheim. No produjo la carnicería temida. Sin embargo, para los magistrados, aquel segundo atentado distaba mucho de parecer el retorno a la cordura de dos hombres que hubiesen salvado deliberadamente al emperador. Küchler y Rupsch emprendieron el regreso a Elberfeld. La jornada solemne había albergado un reverso que la inmensa mayoría de sus asistentes ignoraba.
Ocho hombres en el banquillo
Las sucesivas detenciones terminaron por reunir a los viajeros, a su entorno y a Reinsdorf, capturado en Hamburgo en enero de 1884. La vista oral dio comienzo el 15 de diciembre en Leipzig. La disponibilidad de las salas y el traslado de los reos habían planteado serias dificultades; la audiencia se instaló en el tribunal contiguo a la prisión. Fuerzas policiales custodiaban los accesos, los pasillos y la sala. En esta ocasión, la autoridad pública se esmeraba en no advertir demasiado tarde aquello que se tramaba a su alrededor.
Comparecieron ocho acusados. Otra deflagración, acaecida en septiembre de 1883 en un establecimiento de Elberfeld frecuentado por médicos, se incorporó a la causa. El camarero Fricke había resultado herido de gravedad. Bachmann estaba encausado como autor material; Reinsdorf, como instigador. El mozo introducía en la controversia política una realidad harto menos complaciente que las soflamas doctrinales: las víctimas de un atentado contra las clases pudientes podían ser quienes les servían la mesa.
Los interrogatorios multiplicaron las contradicciones. Küchler había principiado por negar su relación con Rupsch y su propia presencia en Niederwald. Se le confrontaba ahora con sus desplazamientos y con sus declaraciones precedentes. La coartada del viaje emprendido para abortar un magnicidio aparecía de manera harto tardía. Rupsch acusaba a su vez a Küchler de faltar a la verdad. Cada uno mendigaba ante los jueces una indulgencia que negaba a su cómplice.
Reinsdorf adoptó una actitud dispar. Impugnaba testimonios, denunciaba a la policía, pero reivindicaba con orgullo sus fines revolucionarios. Su letrado intentaba salvarle la vida; el procesado parecía por momentos preferir un cadalso que confiriese a su nombre la fuerza del martirio. La tuberculosis que padecía volvía más cruda esta divergencia: el defensor suplicaba por un porvenir que su cliente afirmaba no desear extinguir entre las rejas de un presidio.
El dinero de origen callado
El testigo Palm había entregado dinero a Küchler. Reinsdorf le inquirió de dónde provenían aquellos cuarenta marcos y aseveró que emanaban de la policía. Palm se negó a responder, escudándose en el riesgo de autoincriminación. El comisario Gottschalk, interrogado acerca de sus fuentes confidenciales, prefirió igualmente guardar silencio sobre ciertos confidentes. La defensa disponía así de una fundada sospecha que debatir, mas carecía de la prueba de que un servicio policial hubiese ordenado la comisión del atentado.
Aquel punto oscuro no disipó los actos imputados a los viajeros. Los abogados disputaron asimismo el deslinde entre los actos preparatorios y la tentativa: ¿en qué instante la empresa había rebasado el mero proyecto para convertirse en el principio de ejecución de un crimen? El ministerio fiscal replicó enumerando los actos consumados y las reiteradas maniobras para provocar la explosión. El tribunal desestimó los relatos de un sabotaje deliberado y apreció la voluntad homicida contra el emperador y su séquito.
Se dictaron tres condenas a muerte: contra Reinsdorf, Küchler y Rupsch. Bachmann y Holzhauer fueron sentenciados a diez años de reclusión mayor cada uno por las responsabilidades que les fueron imputadas. Söhngen, Rheinbach y Töllner resultaron absueltos: no se probó que conocieran el verdadero destino de los fondos que aportaron. Quienes salían en libertad estrecharon la mano de aquellos que permanecían cautivos.
Rupsch logró la conmutación de la pena capital por la de reclusión perpetua gracias a su juventud. Reinsdorf y Küchler fueron ajusticiados en Halle en febrero de 1885. Friedländer contrapone, en la crónica de aquella mañana, las proclamas enfervorecidas del primero a los desgarradores lamentos del segundo, que imploraba por su esposa y sus vástagos. El mismo fallo los había unido en el cadalso; no les otorgó, sin embargo, el mismo temple ni el mismo modo de morir.
La ceremonia de Niederwald había ensalzado un Imperio duradero. Sus adversarios pretendieron responderle mediante un fugaz relámpago de aniquilación. Entre ambas desmesuras, el legajo procesal guarda memoria de un mozo herido, varias familias destrozadas, tres absoluciones y un baúl empeñado. Las grandes tragedias históricas jamás se desprenden del todo de las modestas vidas que arrastran en su torbellino.
