En Londres, dos billetes fueron alterados y circularon como pago antes de que el libro de registro de la banca revelara el fraude. El barón y la condesa Vanloden habían participado en la maniobra, y su deposición constituye la principal relación de las operaciones imputadas a Frederick Schmidt.
Schmidt había nacido en Breslavia, en el seno de una familia a la que el autor presenta como honorable y acaudalada. Recibió una instrucción orientada al comercio, pero dotada asimismo de conocimientos más extensos que los requeridos por dicha profesión. Ejerció durante varios años en su ciudad natal y mantuvo correspondencia mercantil con Hamburgo, Ámsterdam y otras plazas. Casado a edad muy temprana, a instancias de sus allegados, con una mujer poseedora de una fortuna considerable, se separó de ella tras una desavenencia que quebrantó la vida conyugal. La relación no precisa la causa de semejante ruptura ni el peso que esta tuvo en su partida.
Ya había estado en Inglaterra más de un año antes para atender ciertos negocios. Regresó allí en compañía del barón y de la condesa Vanloden. Los contemporáneos no coincidían respecto a la naturaleza del vínculo que los unía: algunos tenían a Schmidt por criado del barón; él mismo sostenía que eran camaradas, y el cronista juzga esta segunda versión como la más verosímil. Añadía que ambos ponían sus talentos al servicio del engaño con el fin de mantener a la condesa. Este juicio pertenece a la crónica de la época; el expediente judicial no ofrece ningún otro relato independiente sobre la existencia del trío.
El procedimiento consistía en alterar billetes de banco. Era menester que la modificación pasara inadvertida en el instante del pago; según el autor, su destreza logró en un principio desviar toda sospecha. Dos billetes fueron puestos así en circulación antes de que el examen del libro de registro de la banca descubriera la anomalía. Las pesquisas condujeron al arresto de Schmidt y a su posterior proceso judicial. La acusación no se fundaba en una sola operación, sino en una serie de transformaciones cuya primera fase permitió fijar con precisión las circunstancias de la segunda.
Durante la vista judicial, se afirmó que Schmidt poseía un billete de veinticinco libras y lo había transformado en uno de ochenta y cinco. En compañía del barón, lo habría presentado al señor Mallorey, quien le entregó mercancías y otro billete, esta vez de veinte libras. Fue este segundo papel el que Schmidt se habría llevado a la planta superior. Al regresar, según declararon los testigos, la palabra que indicaba la suma original se había desvanecido.
El texto detalla a continuación el artificio empleado para consumar la alteración: el papel fue pasado por una bandeja con agua engomada y luego allanado entre varias hojas con una plancha de hierro; las palabras «cien libras» se inscribieron entonces en el lugar del guarismo borrado. Schmidt entregó luego el billete al barón, quien salió con el intérprete a adquirir platería. Las compras, con arreglo a dicha deposición, ascendieron a cuarenta libras.
El barón y la condesa declararon asimismo que Schmidt les había confiado su capacidad para imitar una veintena de caligrafías distintas y que, de disponer de trescientas o cuatrocientas libras, sabría hacerlas rendir hasta cincuenta mil. Esta promesa, referida por quienes lo acusaban, podía ilustrar la desmedida ambición que le atribuían, pero no probaba que hubiese ejecutado jamás un plan de semejante magnitud. Otra prueba procedía del propio Schmidt: había escrito a un corresponsal en Holanda para averiguar si los billetes ingleses gozaban allí de curso legal. El cotejo de esta misiva con los billetes manipulados pesó de manera decisiva en su condena.
Fue declarado culpable. La crónica subraya que se le concedió un jurado de composición especial debido a su condición de extranjero, prerrogativa que presenta como una particular benevolencia de la ley inglesa. A pesar del veredicto, Schmidt apenas parecía creer que su vida corriera peligro. Al ingresar en la celda de los condenados a muerte, aseguró a los demás presos, en el precario inglés que acertaba a hablar, que no sería ahorcado junto a ellos. Durante los dos o tres primeros días, rehusó la lectura de libro alguno o la oración. Consagró en cambio su tiempo a redactar numerosas cartas dirigidas a comerciantes, ministros extranjeros y personalidades de alcurnia en Alemania, convencido aún de que burlaría el cadalso.
Un pastor luterano acudió a visitarlo, mas Schmidt apenas consintió en dirigirle la palabra. Más tarde recibió una carta de la persona que había alimentado sus esperanzas de un desenlace favorable; en ella se le advertía de que toda expectativa era ilusoria. Solo entonces recurrió con mayor aflicción al ministro que antes desdeñara, sin que la crónica lo describa dominado por un terror manifiesto. Poco después, cayó enfermo y se debilitó hasta el extremo de no poder tenerse en pie. Reconoció entonces ante el pastor su culpabilidad en el delito por el que debía expirar. Agrega el narrador que no parece haber comprendido, en el momento de fraguar el engaño, que este entrañaba la pena capital; no se habría persuadido de ello sino escasos días antes de la ejecución.
Circulaba el rumor de que Schmidt había perpetrado en París un fraude semejante, tras el cual se vio forzado a huir. Él lo negó categóricamente. Imputaba tales habladurías al barón, de quien aseguraba que era hijo de un boticario e instruido, por el trato con el oficio paterno, en el secreto de las aguas capaces de borrar la escritura. A su vez, Schmidt acusó al barón de fingir inocencia sin motivo, afirmando que había cometido multitud de estas maniobras y que la condesa había ejecutado todavía más. El texto no comprueba la veracidad de estas recriminaciones recíprocas. Se limita a constatar cómo los tres implicados se denigraban mutuamente, e ilustra de qué modo, en semejante pugna, el testimonio del barón y la condesa selló el destino fatal de Schmidt.
El 4 de abril de 1724, en Tyburn, Schmidt hubo de ser sostenido en la carreta, tan abatido lo tenía la enfermedad. Se unió en un principio a las plegarias, pero pronto perdió el hilo y contempló a los demás prisioneros con una curiosidad que el cronista juzga singular. Advierte este que su mirada y su porte parecían revelar menos el espanto que la extrema debilidad que sobrecogía a los espectadores. Antes de morir, pidió al pastor que comunicara su suerte a su anciana madre, residente en Alemania, y rogó al verdugo que cumpliera con su oficio con la mayor delicadeza posible. Se hallaba en su cuadragésimo quinto año de edad. Así concluyó la existencia de un mercader instruido que puso sus luces al servicio de una falsificación cuyos propios beneficiarios se convirtieron en sus principales acusadores; la crónica conserva a un tiempo la prueba material de la alteración, la confesión de Schmidt y la maraña de intereses de cuantos atestiguaron en su contra.
