Al pie de la pira, Barbara Spencer se negaba todavía a señalar a las personas que le habían enseñado a fabricar moneda falsa. Dijo que un hombre y una mujer, que desde entonces habían renunciado a tal actividad y vivían con honradez, le habían mostrado el oficio. Rehusó delatarlos, aun cuando su sangre pudiera, según creía, comprar su propia vida. Se había quejado hasta el último instante de haber sido traicionada por Mrs. Miles, su antigua cómplice; sin embargo, no quiso responder a esa traición con otra. En Londres, afirmó, muchos otros practicaban el mismo fraude y deberían tomar su muerte como escarmiento.
La crónica sitúa esta última elección al término de una existencia marcada por las penas y las rupturas. Antes de relatar la suerte de Barbara, su autor explica que la falsificación de moneda era tratada como un atentado contra la soberanía. El valor de una pieza, dice, depende del peso y de la ley del metal fijados por la autoridad pública; producir una moneda de menor valor destinada a circular equivalía a usurpar dicha autoridad. Bajo Guillermo y María, el Parlamento endureció la ley contra la falsificación, el cercén y el aligeramiento de las monedas, así como contra la posesión y el comercio de cuños y herramientas de acuñación. Otra ley, promulgada bajo la reina Ana, confirió carácter permanente a esta medida. El cronista recuerda que los acusados de semejante delito se exponían a la pena capital y que los indultos eran infrecuentes.
Barbara era hija de padres pobres y fue criada por su madre en la parroquia de St. Giles, en Cripplegate. El antiguo autor atribuye a la indulgencia materna gran parte del carácter impulsivo que achaca a la joven. De niña, tras una disputa doméstica, Barbara pidió entrar como aprendiz; fue colocada en casa de una costurera que la conocía desde su temprana infancia. Permaneció allí cerca de dos años. Unas pocas palabras cruzadas con su patrona bastaron, según la crónica, para hacerla marchar y regresar junto a su madre, que por entonces había abierto un despacho de aguardiente.
A su regreso, la madre tomó a una criada, pues Barbara se negaba a realizar las tareas domésticas. La joven y la sirvienta riñeron; la madre tomó partido por la sirvienta y Barbara abandonó la casa. Una reconciliación posterior permitió a Barbara volver. Su madre regentaba entonces una taberna de cerveza en la parroquia de Cripplegate. Esta concordia duró más tiempo, pero la crónica la presenta como el preludio de una ruptura más grave.
Un día, Barbara quiso ir a ver morir a unos condenados en Tyburn. Su madre la detuvo en la puerta, diciéndole que había demasiado trabajo pendiente para que saliera. La disputa subió de tono; la madre la golpeó y le espetó que ella sería su perdición. Barbara partió no obstante. El hombre que la acompañaba la condujo después a una casa cerca de St. Giles’s Pound. Allí, tras relatar la querella, declaró que jamás regresaría junto a su madre. La alentaron en su resolución. Poco después, conoció los secretos de aquella casa y se le encomendó la tarea de dar salida a la moneda falsa.
Aquel comercio le agradó al principio, pues le otorgaba la independencia que había buscado en sus sucesivas huidas. Mas pronto fue descubierta, conducida a Newgate, declarada culpable y condenada a una multa. El proceso le permitió conocer a Mrs. Miles, quien le adelantó dinero en aquella ocasión. Aquella que entonces socorrió a Barbara se convirtió después en un testigo esencial en su contra.
En la causa que la condujo a la muerte, difícilmente habrían bastado las pruebas sin la asistencia de Miles, afirma el cronista. Dicha dependencia confirió a su relación el peso de una traición a ojos de Barbara. Mantuvo su cólera contra su antigua cómplice hasta los últimos instantes. Su madre había muerto en Tyburn antes de mediado el verano, refiere la crónica. Barbara afirmaba haberla acompañado hasta el suplicio sin sospechar que la seguiría tan pronto. Sostenía que su madre había sido castigada injustamente. El texto no precisa el delito que se le había imputado.
Bajo sentencia, Barbara no creía que la pena de la hoguera llegase a aplicarse a su caso. Rehusaba asimismo considerar la falsificación de moneda como un pecado. Su temperamento, descrito por el cronista como impaciente y mudable, le impedía mostrar de forma constante la gravedad que se esperaba de una ajusticiada. Refiere este que ella decía ser incapaz de adoptar un semblante compungido, al tiempo que aseguraba que su corazón estaba tan conmovido como el de aquellos cuyo arrepentimiento resultaba más manifiesto. El cronista dudaba de tales aseveraciones y se remitía al juicio divino sobre la sinceridad de las almas.
A medida que el día señalado se aproximaba, el pavor a las llamas sustituyó a su denuedo. Reconoció entonces el crimen de manera más completa de lo que jamás había hecho. No obstante, no entregó a sus dos preceptores. Los describió como personas ya enmendadas y declaró no desear vivir a costa de su sangre. Esta negativa no disculpaba sus actos; tan solo atestigua el rechazo que proclamaba a salvar la vida al precio de una delación. La crónica no consigna que se le ofreciese indulto alguno a cambio de aquellos nombres. Se ignora tanto la identidad de la pareja como su papel exacto en el asunto, así como si los magistrados lograron identificarlos por otros medios.
La pena prescrita para las mujeres convictas de alta o pequeña traición era la hoguera, recuerda la crónica. Barbara vio los haces de leña y las zarzas dispuestos para el fuego y expresó cuán penoso le resultaba afrontar semejante fin. La multitud se agolpaba a su alrededor; el relato indica que le arrojaron piedras y terrones que la hicieron caer y la hirieron. Perdonó a las gentes que la habían golpeado de ese modo y rezó con fervor. Estos gestos, reunidos en el último párrafo, no componen una conversión serena: el mismo texto la muestra aún incapaz de olvidar a Miles y, acto seguido, pronunciando palabras de perdón en medio del tumulto.
Barbara murió a la edad de unos veinticuatro años, el 5 de julio de 1721, el mismo día que Robert Perkins, según la referencia cruzada de la crónica. La historia concluye con una condenada que al principio rehusó admitir que su actividad fuese inicua, para luego reconocer su culpabilidad al avecinarse el suplicio, sin entregar jamás los nombres de quienes la habían instruido. Su última advertencia iba dirigida a los demás monederos falsos. La crónica, por su parte, ya había presentado la ley como salvaguarda del orden monetario; deja entrever asimismo a una mujer cuya última resolución ya no podía revocar el delito ni la sentencia.
