Cuando los restos del naufragio son arrojados a la costa irlandesa, se descubre entre ellos una labor de bordado confeccionada por Miss Glass. Una parte de la pieza lleva la fecha de su cumpleaños, que precede en un solo día a los asesinatos consignados por Borrow. Los fugitivos habían comprado armas, alquilado caballos y buscaban regresar a Inglaterra; incluso habían intentado hacer desaparecer el navío. Habían dejado atrás aquello que había ocupado las manos de la muchacha antes de su muerte. Este pequeño indicio contribuirá a relacionarlos con las víctimas.
En la crónica de Borrow, el capitán Glass persigue un proyecto comercial en la costa africana. Hijo de un pastor escocés, Glass ya se ha ganado la confianza de varios negociantes, quienes le han confiado un buque para el comercio en Guinea. Un puerto le parece tan prometedor que decide gestionar el derecho exclusivo para explotarlo. De regreso en Inglaterra, expone su descubrimiento ante la administración y obtiene por veinte años el monopolio comercial en dicho fondeadero. Dos o tres hombres acaudalados se asocian con él. Equipan un navío y zarpan de nuevo hacia la costa de África.
Pronto el hambre amenaza la empresa. Glass y tres hombres se embarcan en un bote abierto para alcanzar las Canarias y comprar provisiones. Una vez allí, el capitán presenta una petición al gobernador con el fin de obtener permiso para abastecerse. El gobernador español lo manda arrestar bajo sospecha de espionaje y lo encierra en un calabozo donde, según la crónica de Borrow, solo recibe pan y agua. Le prohíbe asimismo la pluma, la tinta y el papel. Un navío lleva a Inglaterra la noticia de su cautiverio; el gobierno británico se dirige al rey de España, quien ordena la liberación del capitán.
Su esposa y su hija, de unos doce años, arriban a las Canarias desde Londres coincidiendo casi con su puesta en libertad. Los tres se embarcan con rumbo a Inglaterra en una nave comandada por el capitán Cockeran. El contramaestre, Peter M’Kinlie, el cocinero George Gidley, Richard St. Quintin y Andrew Zekerman se conciertan para asesinar a las demás personas a bordo y apoderarse del tesoro: cien mil libras en dólares, de las cuales una parte pertenece a Glass y a sus socios.
El plan no prospera de inmediato. Tres tentativas, llevadas a cabo en noches distintas, fracasan porque el mando se mantiene en guardia. Los conspiradores son asignados a la guardia nocturna del 13 de noviembre, cuando el buque ya ha entrado en el canal de la Mancha. Hacia la medianoche, Cockeran sube a la toldilla para cerciorarse de que todo esté en orden. Al regresar, M’Kinlie lo sujeta; Gidley le asesta un golpe con una barra de hierro y le fractura el cráneo. Arrojan al capitán por la borda. Dos marineros que acuden al oír sus quejidos son muertos en el acto y arrojados al mar.
Glass oye el alboroto y sube a su vez a cubierta. Creyendo que ha estallado un motín, baja de nuevo a buscar su espada. M’Kinlie adivina su propósito, lo sigue por la escalera de la cabina y lo aguarda en la penumbra. Cuando Glass sube espada en mano, el contramaestre lo aferra por los brazos desde atrás y llama a sus cómplices. Glass es un hombre robusto; casi logra soltarse e hiere a Zekerman en un brazo. Pero llegan los demás. Desarmado, recibe varias estocadas y su cadáver es lanzado a las aguas.
La señora Glass y su hija salen entonces a la cubierta. Se arrodillan y suplican a los hombres que les perdonen la vida. Zekerman les ordena que se preparen para morir. Ambas se abrazan; los conjurados las separan a la fuerza y las arrojan también al mar. Únicamente dejan con vida a dos muchachos: el sirviente del capitán Glass y un grumete aprendiz.
Los cuatro hombres ponen proa hacia la costa de Irlanda. El 3 de diciembre se hallan a unas diez leguas del puerto de Ross. Echan la lancha al agua y cargan en ella dos toneladas de monedas de plata, según la crónica. Luego abren una vía de agua por los portillos de lastre y abandonan a los dos muchachos a bordo de la nave. El criado del capitán, que no sabe nadar, se ahoga. El otro alcanza la lancha a nado, pero Zekerman lo golpea en el pecho y el adolescente se hunde. En la desembocadura del río Ross juzgan demasiado arriesgado remontar la corriente con todo el caudal. Entierran en la arena doscientos cincuenta sacos de dólares y cargan con cuanto logran transportar. Su fortuna no cabe en los bolsillos; deben confiar a la arena lo que planeaban disfrutar en libertad. En la aldea de Fishertown se detienen a comer. Mientras almuerzan, un irlandés les sustrae discretamente un saco de mil doscientos dólares.
Al día siguiente, los fugitivos llegan a Ross, donde venden mil doscientos dólares. Cada uno adquiere un par de pistolas y alquilan caballos para ellos y dos guías. Su destino es Dublín; se hospedan en la posada Black Bull, en Thomas Street. Llevan dinero encima, pero las circunstancias de su paso por Fishertown y Ross despiertan sospechas. Dos hombres despachan un correo urgente al gobierno en Dublín, detallando la descripción de los viajeros y los motivos para considerarlos piratas.
El pecio llega a la orilla el mismo día en que los fugitivos abandonan Ross. El bordado encontrado a bordo contribuye a incriminarlos, asegura Borrow, sin pormenorizar cada fase de su identificación. Una parte de la labor se habría completado el día del cumpleaños de Miss Glass; más tarde se establece que esa fecha precedía a los homicidios en una sola jornada. El lord alcalde y los alguaciles reciben órdenes directas. M’Kinlie y Zekerman son detenidos durante la noche. Interrogados por separado, ambos confiesan los crímenes e informan a los magistrados de que sus cómplices han alquilado una silla de posta con destino a Cork, donde esperan embarcar hacia Inglaterra. Gidley y St. Quintin son apresados al día siguiente en una posada en la ruta a Cork. También ellos confiesan.
El sheriff de Ross recupera los efectos del pecio así como los sacos enterrados en la arena y los deposita en la tesorería de Dublín a disposición de los propietarios. Los cuatro acusados reconocen su culpabilidad ante el tribunal. Son condenados a muerte y se dispone que sus cuerpos sean colgados en cadenas cerca de Dublín. La sentencia se cumple el 19 de diciembre de 1765.
