En Santa Cruz, las quejas contra el capitán estallan ante los comerciantes congregados a bordo para despedirlo antes de zarpar. Varios marineros le acusan de suministrarles raciones insuficientes. El capitán replica que el mayordomo está a cargo de los víveres y que toda reclamación razonable será examinada. La marinería se dispersa; Paterson, uno de los quejosos, arrastra los pies cuando se le ordena aparejar el velamen. «Conforme comamos, así trabajaremos», murmura entre dientes. Esta disputa sobre las raciones precede al deslizamiento sin retorno de la galera George hacia la piratería.
John Gow, marino oriundo de las Orcadas conocido bajo el seudónimo de capitán Smith, ejerce entonces como segundo oficial y artillero. La tripulación regresa a alta mar, pero el capitán recela del espíritu de insubordinación reinante. Confidencialmente, delibera con el primer oficial y dispone la preparación de armas en la cámara por si la marinería se levantase en armas. Los conjurados sorprenden el coloquio. Asimismo, el capitán encomienda a Gow la limpieza del armamento; este comprende al instante que el complot acaso haya sido descubierto. A decir de Borrow, Gow ya abrigaba designios de alzarse en corso y sabía que la bodega custodiaba varios cofres de plata. Resuelve golpear antes de que los mandos alcancen a organizar su defensa.
La mitad de la dotación es convocada a la plegaria vespertina en la gran cámara a las ocho de la noche, mientras la guardia permanece alerta en cubierta. Tras el oficio religioso, los hombres bajan a sus hamacas. Entre las nueve y las diez de la noche, la consigna acordada —«Who fires first?» («¿Quién dispara primero?»)— desata la conjura. Varios sediciosos irrumpen en las cabinas del cirujano, del primer oficial y del sobrecargo, degollándolos durante el sueño. Malherido, el cirujano no tarda en desplomarse exánime. Los otros dos oficiales logran ganar la cubierta, apretándose las fauces de las heridas sangrantes con las manos e impetrando un instante para encomendar el alma a Dios. Los piratas los abaten sin miramientos a tiros de pistola.
El capitán, sobresaltado por el clamor de la lucha, indaga qué ocurre en el entrepuente. El contramaestre simula ignorarlo, mas finge temer que varios hombres hayan caído o sido arrojados por la borda. Al inclinarse el capitán para escrutar el costado del casco, dos asesinos intentan precipitarlo al agua; zafándose con presteza, este gira sobre sus pasos. Uno de ellos le asesta un tajo en la garganta sin lograr degollarlo por completo; el capitán implora clemencia. Otro agresor le clava una daga en la espalda, cuya hoja queda encallada en la herida. Aparece entonces Gow en la escena y le descerraja dos balazos a quemarropa. La crónica judicial sitúa así su comparecencia como el acto postrero del magnicidio consumado, y no como una orden remota impartida a la distancia.
Los cadáveres de los cuatro oficiales son arrojados al mar. Gow es aclamado comandante; asigna puestos de mando entre sus secuaces y declara abierta la campaña de piratería. Los marineros ajenos al complot corren a ocultarse entre los obenques o bajo la estiba de provisiones, temiendo correr idéntica suerte. Gow les garantiza la vida si acatan con diligencia las faenas que les fueren señaladas. Dos sayones montan guardia a su vera con sables desenvainados para sofocar cualquier atisbo de desacato. Durante esa primera noche criminal, los amotinados se reparten las alhajas y el caudal de la cámara principal y se entregan a la embriaguez sobre la toldilla, mientras los inocentes gobiernan el navío bajo coacción armada.
De una tripulación compuesta por veinticuatro almas, cuatro oficiales yacían muertos, ocho integraban el núcleo de conjurados y otros cuatro sellaron su adhesión al nuevo régimen antes del alba. Restaban ocho marineros ajenos al motín. Gow les asevera que recibirán manutención y justa recompensa según su pericia náutica, exigiendo únicamente sumisión inquebrantable a su disciplina. Guardan silencio; Borrow resalta cómo Gow interpretó aquel mutismo como un beneplácito formal que en realidad no estaban en condiciones de rehusar. El teniente Williams vigila y apalea a los reacios. Semejante opresión física y moral constituiría luego la clave de su proceso judicial: varios acusados obtendrían la absolución al acreditar los magistrados que habían obrado bajo irresistible fuerza mayor.
La galera George pasa a llamarse Revenge y se refuerza con varias piezas de artillería. La flotilla corsaria enfila hacia las costas de España y Portugal con el propósito de apresar cargamentos de vino. Capturan un bajel inglés que transportaba bacalao de Terranova con destino a Cádiz; despreciando la carga, los corsarios trasvasan a su capitán y a cuatro marineros avezados para reforzar sus maniobras, y echan a pique la nave desvalijada. Análogo destino depara a una embarcación escocesa colmada de arenques, tras vaciarla de tripulación, mosquetes, pólvora y provisiones de boca. En estas aguas, la violencia obedece tanto al expolio material como a un férreo afán de impunidad: los buques saqueados son hundidos para privarlos de testificar o reanudar su navegación.
Agotadas las vituallas tras varios días de crucero, los corsarios recalan en Porto Santo, asentamiento luso. Hacen llegar al gobernador un agasajo diplomático de salmón y arenque bajo el ardid de navegar hacia otro destino comercial. El mandatario sube a bordo acompañado de allegados y es colmado de agasajos de cortesía. Empero, al demorarse las chalupas designadas para suministrar los abastos cuando los invitados se disponían a zarpar, Gow muda de talante: amenaza con pasarlos a cuchillo a menos que las provisiones sean suministradas de inmediato. Aterrado, el gobernador ordena transportar cuantiosos cargamentos de vituallas hasta saciar las exigencias de los piratas para su partida.
A la altura del cabo de San Vicente interceptan un navío inglés procedente de las costas de Guinea cargado de esclavos y con rumbo a América. Lejos de retener este buque negrero, trasladan a bordo al capitán y marineros apresados en sus lances previos, saquean los víveres y parte del paño de las velas y le autorizan a proseguir su derrota. Poco después, un mercante francés cargado de caldos vinícolas, aceites y frutos les proporciona el codiciado botín. Trasvasada la mercancía, transfieren uno de los cascos al capitán escocés antes despojado; este emprende el viaje con sus marineros, salvo uno que decide libremente abrazar la piratería.
A pesar de las apariencias, la soldadesca corsaria distaba de hallarse cohesionada por el valor o la codicia compartida. Al avistar un navío francés artillado con treinta y dos cañones que enfilaba hacia ellos, Gow rehúye la confrontación por juzgarla un suicidio seguro. Williams le tacha públicamente de cobarde y le encañona una pistola al pecho; la llave falla y no prende la pólvora. Al instante, Winter y Paterson abren fuego sobre Williams, hiriéndolo de gravedad en el brazo y en el vientre. Creyéndolo difunto, se descuidan, pero el herido salta a la cala jurando prender la santabárbara. Los piratas logran reducirlo con grilletes y acaban traspasándolo a otra nave apresada, ordenando entregarle prisionero al primer navío de guerra de Su Majestad Británica que avisten. La reyerta atestigua cómo la disciplina impuesta por Gow a fuerza de sangre comenzaba a cuartearse irremisiblemente.
Gow pone entonces proa hacia las islas Orcadas, parajes que dominaba a la perfección desde su niñez, e instruye a su gente para hacerse pasar por honrados mercaderes en singladura desde Cádiz hacia Estocolmo. No obstante, un marinero forzado burla la vigilancia durante un desembarco en chalupa, arriba a Kirkwall y delata a los amotinados ante un magistrado. Otros diez hombres escapan al abrigo de la noche a bordo del lanchón mayor hasta tocar tierra en Escocia; pese a su inocencia, son encarcelados de inmediato en Edimburgo bajo fundadas sospechas de piratería. Pese a estas alarmas manifiestas, Gow persiste en fondear en las islas y comanda una incursión armada contra la hacienda del sheriff Honeyman con la mira puesta en acopiar víveres y caudales.
La mansión es asaltada y expoliada, si bien la señora Honeyman logra escabullirse a través de las líneas enemigas aferrada a una talega repleta de doblones de oro. Su hija arroja los títulos de propiedad y papeles familiares por la ventana y salta intrépida tras ellos para rescatarlos de las llamas que los asaltantes amenazan con atizar. La partida corsaria se retira cargada de lencería fina y orfebrería de plata, obligando a un criado a marchar al frente haciendo sonar la gaita bajo intimidación. Este asalto despierta la indignación comarcal ante la amenaza que suponen en tierra firme y evidencia la resuelta resistencia de unos lugareños resueltos a salvar sus vidas y su patrimonio antes que someterse.
La partida criminal fija entonces su objetivo en la hacienda de James Fea, antiguo condiscípulo de Gow, en Calf Sound. El Revenge queda varado en los bajos a causa de una maniobra torpe, demasiado cerca de la orilla para reanudar la navegación sin auxilio. Gow remite una misiva asegurando no guardar intenciones hostiles y suplicando una barcaza para remolcar su buque. Fea desconfía, rehúsa cooperar, barrena su propia embarcación para inutilizarla y pone a buen recaudo las velas y aparejos. Cinco piratas armados de pistolas acuden a parlamentar a su puerta. Fea disimula, los invita a una taberna vecina y los agasaja generosamente con aguardiente. Entretanto, sus criados se apostan en secreto y hacen astillas la chalupa en que habían desembarcado los emisarios. Fea aísla con astucia al contramaestre bajo el pretexto de mostrarle el casco de una lancha; los lugareños emboscados tras un seto se arrojan sobre él y lo maniatan. Acto seguido, irrumpen en la taberna por dos accesos simultáneos y desmantelan al resto de la partida antes de que atinen a empuñar las armas.
Fea manda mensajeros por todas las aldeas costeras, conminando a los pobladores a varar sus lanchas en seco y advirtiendo severamente que nadie reme a tiro de cañón del buque corsario. Secundado por los resueltos insulares, logra consumar la captura de veintiocho piratas sin derramar una sola gota de sangre ni contar heridos en las filas locales. Los facinerosos son conducidos bajo severa custodia a Edimburgo, transbordados a la fragata Greyhound y trasladados a Londres para comparecer ante los tribunales del Almirantazgo. Cinco de los reos aceptan declarar como testigos de la Corona contra sus antiguos camaradas. En Old Bailey, Gow se niega en un principio a declarar culpabilidad o inocencia, con la vana esperanza de fallecer bajo la tortura de la «peine forte et dure» para impedir la confiscación de sus bienes y legar su patrimonio a un pariente. Cuando los verdugos disponen las prensas para someterlo, depone su contumacia y pide regresar a la barra judicial. Gow y seis cabecillas son condenados a la horca; los marineros cuya sumisión por la fuerza quedó probada son plenamente absueltos. Los sentenciados marchan al patíbulo en Execution Dock el 11 de junio de 1725. Narra Borrow que los allegados de Gow tiraron de sus piernas para abreviar la agonía, rompiéndose el nudo corredizo, por lo que hubieron de ahorcarlo por segunda vez antes de embadurnar su cadáver en brea y dejarlo expuesto entre cadenas a orillas del Támesis.
