Unas telas preciosas, ya inútiles para los mismos forajidos que las habían robado, fueron desgarradas y atadas a los cuernos de las cabras para distinguir los rebaños de los distintos asentamientos piratas. Walter Kennedy contempló aquella escena en una isla de las Bahamas. Había escuchado ya las hazañas de Morgan y de Avery; la visión de aquellos brocados reducidos a meras marcas de propiedad acabó de alimentar su ambición de contarse él también entre los piratas más notorios. Aquella imagen de opulencia derrochada y de poderío improvisado lo subyugaba, sin revelarle todavía el cortejo de espanto y privaciones que acompañaría a semejante existencia.
Kennedy había nacido en Pelican Stairs, en el arrabal londinense de Wapping. Su padre, un forjador de anclas de probada reputación, procuró a su hijo la instrucción más esmerada que permitían sus facultades. Walter se mostró sumiso y dócil en sus primeros años, aunque ya inclinado, a decir del cronista, a elevarse por encima de su cuna. Llegado a la edad conveniente para aprender un oficio, entró de aprendiz en la fragua paterna. Sin embargo, el artesano falleció antes de que concluyera su aprendizaje. Quedando los bienes en poder de su madre y de sus hermanos, Kennedy, dueño ya de seguir sus propias inclinaciones, decidió entregarse a la mar.
Sirvió durante un dilatado tiempo en un navío de guerra a lo largo de la contienda contra Francia, reinando Ana de Gran Bretaña. Las narraciones sobre los piratas de las Indias Orientales y Occidentales cautivaban su atención de manera constante. Buscaba con afán cualquier oportunidad para escuchar a los marineros más veteranos y llegó a memorizar las principales expediciones atribuidas a tales hombres, desde las correrías de Morgan hasta los golpes de Avery. El cronista atribuye a estas historias una influencia decisiva: Kennedy acariciaba la idea de que una coyuntura favorable le permitiría obrar hazañas semejantes. Una simple admiración de marinero se transformaba así en un designio criminal.
La anhelada ocasión pareció presentarse cuando navegó a las órdenes del capitán Woodes Rogers, enviado en calidad de gobernador de las Bahamas para reconquistar la isla de Nueva Providencia, ocupada a la sazón por una confederación de piratas. Estos se hallaban atrincherados en diversos parajes y habían dispuesto defensas y víveres para resistir. Rogers les hizo saber las condiciones del perdón real. La mayoría resolvió someterse; otros, resueltos a perseverar en aquella vida montaraz, emprendieron la fuga con la mayor cautela posible.
Habiendo asumido plenamente su cargo de gobernador, Rogers armó dos balandras destinadas al tráfico mercantil. Las tripuló con gentes de su propia dotación, a las que se sumaron ciertos piratas supuestamente reformados. Kennedy se embarcó en una de estas embarcaciones. No pasó mucho tiempo antes de que se uniera a una conjura para amotinarse: los conspiradores pretendían apoderarse del bajel, degollar a cuantos se negasen a seguir su causa y lanzarse de nuevo a la piratería. El plan prosperó sin tropiezo. Trasvasaron de la otra balandra cuanto juzgaron de provecho y la abandonaron a la deriva, por considerarla demasiado pesada para sus designios. Pocos días después, capturaron dos buques de mayor porte, con lo que cobró nuevo aliento su empresa corsaria.
El sueño de Kennedy tomó entonces la forma de una cofradía reglamentada. Según la relación que él mismo suministró, los piratas elegían un capitán cuya autoridad permanecía restringida en todo momento, salvo en el calor del combate, donde mandaba sin apelación. Habiendo padecido los rigores e insolencias de los oficiales de marina, pretendían evitar a toda costa que un solo hombre gobernase al grupo de manera absoluta. Establecieron asimismo ordenanzas contra las riñas intestinas, designaron oficiales subalternos para velar por su observancia y regularon minuciosamente el reparto de los botines apresados. Llegaron incluso a imponer juramento sobre la observancia de tales pactos. El cronista subraya la flagrante contradicción de esta disciplina: aquellos hombres que pisoteaban a diario las leyes divinas y humanas se forjaban estatutos propios para preservar la concordia de su propia facción.
Esta apariencia de concierto no tornaba su vida más apacible. Con cada navío avistado en el horizonte, los piratas arriesgaban la vida en un combate encarnizado y temían ser derrotados. Las presas concluían casi invariablemente en la embriaguez desenfrenada a bordo; las ocasiones de saltar a tierra escaseaban, pues las costas de Jamaica, Barbados y las Bermudas se habían vuelto madrigueras impracticables para su pabellón. Pasado un tiempo, nombraron por caudillo a un hombre llamado Davis y acordaron poner rumbo al litoral del Brasil. Confiaban en sorprender a algún galeón portugués cargado de retorno a la metrópoli, enriquecerse en una sola jornada y desamparar para siempre una vida tan arriesgada.
Descubrieron al cabo una escuadra de veinte navíos portugueses y estuvieron a punto de caer en sus manos. Davis aguardó a que uno de los buques quedara rezagado y ordenó abordarlo en mitad de la noche, sin disparar un solo tiro. Conminaron al capitán portugués, bajo amenaza de muerte, a señalarles cuál de las embarcaciones de la flota custodiaba el cargamento más rico. Cayeron sobre ella, pero pronto se vieron cercados por el resto de los barcos de guerra portugueses. Lograron zafarse de la persecución de milagro, habiendo estado a un paso de perder la libertad. El suculento botín que codiciaban se esfumó en la negrura; la sola salvación se les antojó un golpe de fortuna inaudito.
Agotaron en seguida las provisiones de agua dulce. Davis bajó a tierra con medio centenar de hombres armados con el propósito de llenar los toneles. El gobernador portugués de la plaza advirtió que trataba con filibusteros, pero comprendió que carecía de fuerzas suficientes para batirlos a campo raso. Resolvió entonces remitir una cortés invitación a Davis, convidándolo a almorzar al día siguiente en la fortaleza con cuantos acompañantes deseara llevar. El capitán, que hasta entonces había dado muestras de notable discernimiento, cayó en la trampa. Se puso en camino escoltado por diez marineros, todos engalanados con sus atuendos más fastuosos.
Apenas habían recorrido la mitad del trayecto cuando una partida apostada en emboscada hizo fuego sobre ellos con flechas envenenadas. La mortífera lluvia tendió a los marineros en tierra, refiere la crónica, con la única excepción de Kennedy y de otro marinero. Ambos alcanzaron la cima de un cerro escarpado y se arrojaron de cabeza al mar. Una chalupa despachada desde el barco logró izarlos a bordo a duras penas. El agasajo prometido en el castillo se había tornado en un lazo mortal. Tan solo dos fugitivos habían regresado con vida a bordo tras la funesta expedición.
Los supervivientes no tardaron en hastiarse de la costa brasileña. De regreso hacia el mar Caribe, capturaron varias presas de gran estima y resolvieron navegar con destino a Europa para disfrutar con holgura de sus riquezas. El nuevo capitán, un irlandés a quien la crónica no nombra, se propuso gobernar la nave hacia las costas de su patria. Se desató una violenta tempestad frente al litoral septentrional de Irlanda y los vientos empujaron al bajel hacia Escocia, donde zozobró violentamente. Kennedy era dueño por entonces de una inmensa suma de oro; sin embargo, la dilapidó o fue víctima de latrocinios en las Tierras Altas. Pasó luego a Irlanda, reducido a la mayor mendicidad, y finalmente embarcó para Inglaterra hasta llegar a Londres.
Allí fue reconocido por antiguos tripulantes cuyo navío había sido asaltado y expoliado tiempo atrás por la cuadrilla en que servía. Lo denunciaron de inmediato y la justicia le echó el guante. Tras una prolongada reclusión carcelaria, compareció acusado de piratería en una sesión del Tribunal del Almirantazgo en el Old Bailey y fue sentenciado a muerte en compañía de John Bradshaw. Recuerda el cronista que estos juicios se ventilaban con arreglo a una jurisdicción extraordinaria, ante una comisión en la que concurrían el magistrado del Almirantazgo y jueces de derecho común; un remo de plata maciza, insignia de la autoridad marítima real, presidía la mesa del tribunal. Kennedy marchó al patíbulo en julio de 1721 en Execution Dock.
Bradshaw obtuvo un indulto condicional que lo destinaba a la deportación en las colonias de América. Kennedy celebró aquella gracia con más fervor que si le hubiese sido concedida a él mismo. Consideraba que un destierro en ultramar lo habría empujado inevitablemente a reanudar sus viejos hábitos predatorios, antes que a enmendar su conducta. Tras los peligros sin tregua, la bancarrota y los hierros de la prisión, la muerte le parecía menos temible que el retorno a aquella perversa servidumbre que él mismo había escogido.
Llevado a la ejecución montado en una carreta, vio cómo portaban el remo de plata delante del cortejo. Volviéndose hacia el reo que ocupaba su costado, le hizo notar con amargura que los piratas eran capaces de amasar montañas de oro y plata sin reservar nunca lo bastante para su postrer hora: él mismo, se lamentaba, no conservaba ni un chelín para sufragar su propio ataúd. Walter Kennedy rindió la vida en el muelle de Execution Dock a la edad de unos veintiséis años. El océano, los navíos apresados, los ricos cargamentos y el oro no habían conseguido forjar la fortuna inquebrantable tras la que corrió; tras el naufragio y la ruina absoluta, la sola mirada de una antigua víctima bastó para conducirlo al cadalso.
