Un hombre ansiaba recuperar su montura. Había sido despojado en Hounslow Heath: su caballo, un reloj de plata y algunas monedas desaparecieron en manos de Ferdinando Shrimpton. Una vez prendido el salteador, el viajero acudió a suplicarle auxilio. Shrimpton accedió. Una guinea pasó de mano en mano y el caballo, estimado en quince libras, reapareció. En cuanto al reloj, el trance resultó más enojoso. El recluso aún tenía intereses que salvaguardar, y distaban de ser los de su víctima.
Fue preciso desembolsar treinta y cuatro chelines, por mediación de la esposa del dueño, para rescatar la alhaja empeñada ante un prestamista. La crónica achaca las vacilaciones iniciales al recelo de no importunar a este último. Por su parte, Shrimpton juzgó que media corona premiaba con mezquindad sus desvelos. De este modo, la restitución misma reportaba ganancias al ladrón. Tras los asaltos camineros emergía una red de bienes dispersos, componendas y nuevas sumas exigidas a quienes ya lo habían perdido todo.
La crónica criminal que consigna este lance entrelaza los destinos de Shrimpton y de Robert Drummond. En Sunderland, Drummond había regentado una quincallería y gozado de una reputación respetable. Sus convecinos no sospechaban, anota el cronista, que recabara asimismo su hacienda en los caminos reales. Empero, los desmanes terminaron por desgarrar el velo de aquella doble vida. Detenido a raíz de un robo, fue condenado en los tribunales de circuito y luego agraciado con la conmutación por destierro ultramarino. Pese a ello, halló el modo de regresar a Inglaterra.
El retorno no lo devolvió al mostrador. La reseña le atribuye copiosos asaltos y una condición despiadada: disparaba sobre los viajeros que ensayaban la huida y aporreaba a quienes se sometían. Su propio hermano, James, fue arrastrado a sus empresas. Cuando el acoso de la justicia se tornó amenazante, Robert lo desamparó; el cronista vincula la muerte de James a dicho abandono. No obstante, la cuadrilla volvió a componerse. En compañía de los Shrimpton, se afirma que Drummond perpetró hasta nueve o diez atracos en una sola noche; cifra que ilustra el frenesí delictivo que el texto les achaca.
Ferdinando procedía, asimismo, de un hogar donde la respetabilidad fungía de mera fachada. Su padre residía en Bristol; bajo apariencias intachables, ejercía, según la misma fuente, el oficio de salteador de caminos. Una noche, los corchetes irrumpieron en una posada para apresar a un tercero. Creyéndose perseguido, desenfundó una pistola y abatió a uno de los oficiales. Su propio espanto lo delató con mayor certeza que una pesquisa. Condenado por aquel homicidio, confesó otros crímenes. Tras ser ajusticiado, su cadáver fue suspendido en cadenas.
El hijo había recibido instrucción, mas no aprendió oficio alguno. Fallecido su padre, sentó plaza como infante en la Guardia. La soldada se vio engrosada con el botín de las fechorías. Se asoció con Drummond y entrambos incitaron a William Shrimpton, primo de Ferdinando, a tomar parte en uno o dos asaltos. Dado este primer paso, Ferdinando no le dio tregua. Sin embargo, aquel pariente empujado a los caminos se convertiría andando el tiempo en su acusador ante la curia judicial.
Los tres acabaron detenidos. William convino en deponer contra sus antiguos camaradas. En las sesiones del Old Bailey, un nombre presidía las imputaciones: Simon Prebent, cochero al servicio del señor Tyson. Ferdinando Shrimpton comparecía acusado de haberle dado muerte; Robert Drummond, de prestarle auxilio. Ambos fueron declarados culpables, así como del expolio perpetrado contra Tyson tras la muerte del sirviente. La partida se había apoderado del caudal del viajero, mientras que el hombre a su servicio dejaba allí la vida.
Las acusaciones sucesivas hicieron desfilar ante el tribunal a otros caminantes y despojos. Robert Furnel había perdido un reloj de precio, guinea y media, plata amonedada, un látigo y diversos enseres. A Jonathan Cockhoofs le habían arrebatado un caballo castrado bayo valorado en nueve libras, amén de lechones para asar y tajadas de cerdo. Drummond y Shrimpton fueron hallados nuevamente culpables. Tan dispares objetos daban fe de otras tantas travesías truncadas al borde del camino: cuanto los salteadores lograban acarrear nutría su cosecha, sin distinción entre la orfebrería y las viandas.
Hallándose bajo sentencia de muerte, se limitaron a admitir que eran grandes malhechores. Arrancarles pormenores de los hechos resultó empeño vano. Dos reos, Knowland y Westwood, ya habían subido al cadalso por robos de los que ahora se sospechaba a Drummond y Shrimpton. Ninguno aportó la confirmación requerida. Instado a responder, Drummond montó en cólera: ¿acaso debían cargar sobre sus espaldas con cuantas fechorías asolaban el reino? Aquella negativa dejaba en suspenso una incógnita que su propio castigo no bastaba para despejar.
La viuda de Knowland porfió hasta los instantes postreros. Suplicó a Drummond que declarase la verdad: hallándose en trance de muerte, una confesión añadida no agravaría ya su suerte. Para ella, en cambio, unas pocas palabras habrían lavado el honor de un nombre y la memoria de un ajusticiado. No obtuvo respuesta concluyente. El cronista recoge este postrer intento sin poder brindarle el desenlace anhelado. La sospecha contra los dos convictos permaneció en penumbra; su silencio no devino en prueba de un crimen ajeno.
Ni siquiera la muerte del cochero parecía turbar a Ferdinando. Durante el sermón ordenado expresamente con motivo del homicidio, continuó departiendo y chanceándose con sus compañeros de prisión, según consigna la crónica. El autor advierte en tal proceder una impenitencia consumada. Concediendo valor a su juicio, la estampa transmitida conserva toda su crudeza: se predicaba sobre un hombre inmolado, y aquel que había sido condenado por su fin parecía no albergar la menor pesadumbre.
Drummond y Ferdinando Shrimpton fueron ejecutados en Tyburn el 17 de febrero de 1730. Contaba el primero unos cincuenta años de edad, y una treintena el segundo. William, el cómplice trocado en testigo de cargo, había contribuido a conducirlos hasta la horca. La mujer de Knowland acudió en pos de una revelación que jamás le fue otorgada. El viajero de Hounslow Heath había recobrado caballo y reloj mediando nuevos dispendios. Al expirar esta crónica, los saldos distaban de quedar saldados: ciertas pertenencias volvían a sus dueños; mas ni Simon Prebent ni los hombres antes ahorcados habrían de regresar.
