A las tres de la madrugada del 8 de julio de 1828, la guillotina se hallaba levantada en una plaza de Metz. Se habían dispuesto también el tajo y el hacha. Michel Dalstein estaba condenado por parricidio; quienes aguardaban su ejecución podían reconocer, en esos mismos aperos adicionales, la pena que la ley reservaba a su crimen. Sin embargo, la sentencia había prescrito otra cosa: una ejecución militar, sin mutilación previa. En la plaza se había alzado el cadalso de una condena que no era la suya.
Pocas horas después, fue desmontado. La multitud vio retirarse aquello cuyo funcionamiento había ido a presenciar. En la prisión, un capellán había preparado a Dalstein para la muerte. La contraorden no lo devolvía a la vida de los demás hombres; lo devolvía a la espera. Para comprender cómo se había llegado a aquel extremo, era preciso desandar el camino que había recorrido junto a su padre una noche de enero.
El padre que vino a pedir un favor
Jacques Dalstein era labrador en Hubling. Había acudido a Metz por negocios y allí había encontrado a su hijo arrestado en la sala de prevención. Michel servía en un regimiento de línea, al que se había incorporado como sustituto. El padre fue a interceder ante el coronel y obtuvo su puesta en libertad. Antes de convertirse en el difunto por cuyos despojos litigarían los tribunales, Jacques había sido aquel hombre que pedía un favor para su vástago.
El 5 de enero, tras una visita al procurador a causa de un acreedor, abandonaron juntos la ciudad. Se detuvieron en la taberna de Michel Happ, en Saint-Julien, donde comieron y bebieron. Hacia las seis de la tarde, el tabernero recordó al soldado que era hora de regresar al cuartel. Su padre lo instó a lo mismo. Michel replicó que deseaba ver a su madre en Hubling y que prefería purgar unos días de calabozo antes que perder aquella ocasión.
Reemprendieron la marcha tarde. En Antilly, otra posada los acogió hacia medianoche. Se les sirvió vino; una segunda botella, denegada en un principio, les fue llevada finalmente. La crónica del proceso refiere que Michel imponía silencio a su padre cuando este pretendía terciar en la conversación. El dinero con que se pagó el gasto procedía de una pequeña bolsa de tela; el hijo la guardó en su capote. Los dos hombres reanudaron el camino hacia la una y media de la madrugada.
Existía entre ambos un asunto pecuniario más antiguo. Michel había prestado a Jacques ochocientos cincuenta francos, procedentes de la suma cobrada por su sustitución militar. Los bienes que garantizaban aquel crédito se habían vendido con su consentimiento. El padre adeudaba más de lo que poseía y el hijo, último acreedor registrado, albergaba escasas esperanzas de cobrar. Dicha deuda constaba en el sumario. Ello no autoriza a forjar la plática que pudo tener lugar entre ambas posadas o en el camino: los testigos no lo habían oído todo.
Quienes habían oído los golpes
Entre las tres y las cuatro de la madrugada, Jean Germain, aceitero en Luttange, y su mozo Louis Léonard llegaron a caballo a las inmediaciones de la granja de Champion. Les llegaron unos gemidos. Vieron a un hombre tendido en el camino y a un joven militar junto a él. En el suelo yacían un sombrero, un chacó y un garrote nudoso. Interrogado en alemán, el soldado guardó primero silencio; acabó relatando que unos hombres salidos del bosque los habían asaltado.
El herido decía que estaba muerto. Michel lo llamaba su querido padre, intentaba incorporarlo y mencionaba a su madre, que no los vería regresar. Léonard le aconsejó que fuera a pedir socorro a la granja. Seguidamente, los dos jinetes continuaron su camino. La nieve presentaba huellas que les hicieron suponer caídas de hombres ebrios antes que un ataque de bandoleros. Habían sugerido otra explicación, pero no se habían llevado al herido consigo.
Anne y Marguerite Duval, que también se dirigían a Metz, habían oído gritos y golpes repetidos en aquel mismo paraje. Aterrorizadas, se habían ocultado y luego alcanzaron la granja a través de los prados. Solicitaron allí cobijo hasta que amaneciera y previnieron al granjero. Cuando Michel se presentó poco después a implorar auxilio, las dos hermanas ya se encontraban allí.
Habló esta vez de un hombre ebrio hallado al borde del camino. Anne le rebatió con lo que había escuchado. Michel respondió que había sido él quien gritaba. El granjero hizo levantar a cuatro mozos, que partieron provistos de un farol. En el camino encontraron a Jacques malherido; repetía el nombre de pila de su hijo. Michel manifestó que reclamaba su dinero. Se buscó el caudal sin hallarlo.
El traslado hasta la granja no puso fin a las violencias consignadas por los testigos. Jacques, incapaz de tenerse en pie, fue arrastrado, arrojado sobre las piedras y luego llevado cabeza abajo. En el obrador del horno se había dispuesto paja. El amo propuso después una cama; Michel se negó en repetidas ocasiones. Presentaba ya al herido como a su padrastro. De un interlocutor a otro, el parentesco mudaba tan indefectiblemente como la relación del encuentro.
Jacques falleció hacia las cinco y media. Unos gendarmes, que habían reparado en la sangre sobre el camino, siguieron el rastro hasta la granja y arrestaron a Michel. Los facultativos atribuyeron la muerte a las violencias reiteradas que constataban en el cadáver. Ante el juez instructor, el hijo negó los golpes; adujo las caídas de su padre y la posibilidad de que lo hubiesen maltratado durante su ausencia. Tales descargos habrían de medirse con las declaraciones de los transeúntes y de las gentes de la hacienda.
¿Quién debía juzgar al soldado?
La causa fue remitida en un principio a la audiencia de lo criminal de la Mosela. Michel solicitó ser juzgado por tribunales militares. El Tribunal de Casación le dio la razón en esta cuestión de competencia: continuaba en servicio activo, no se hallaba de permiso y no se había ausentado el tiempo suficiente para ser tenido por desertor. Haber traspasado los límites de la plaza de armas no bastaba para someterlo a la jurisdicción ordinaria.
Ante el primer consejo de guerra, el letrado Bauquel orientó la defensa hacia la ausencia de ánimo homicida. No podía hacer desaparecer el cadáver ni los testimonios; pretendía deslindar las violencias voluntarias del designio de causar la muerte. La crónica de mayo da cuenta de una condena a trabajos forzados a perpetuidad, y de su posterior anulación tras el recurso del capitán ponente. Un segundo consejo debía juzgar a Dalstein.
Este último lo sentenció a muerte. Precisó, no obstante, que la ejecución sería militar, sin la mutilación prescrita para el parricidio en la legislación común. El reo interpuso un recurso de revisión, que fue desestimado. A tales alturas, la pugna sobre el fuero competente se había prolongado hasta el modo de cumplir la decisión judicial. No restaba ya simplemente cursar una orden; era menester transmitir la correcta.
En esta concatenación se inscribe el cadalso del 8 de julio. A tenor de la explicación referida con reservas por la crónica, el fiscal general mandó que le presentasen la sentencia, constató que ordenaba una ejecución militar y libró la contraorden. La gaceta añade que dio cuenta de ello al ministro de Justicia. No describe a un condenado colocado ya bajo la cuchilla. El dispositivo se había iniciado; el aparato fue retirado antes del suplicio.
Ocho días más
La suspensión no fue un indulto. El 25 de julio, un suelto de la Gazette des tribunaux anunció que Michel Dalstein había sido fusilado el día 16, en presencia de toda la guarnición militar. Esas pocas líneas otorgan su desenlace a la espera. No refieren confidencia póstuma alguna ni petición de perdón. Resultaría sencillo atribuirles una escena; carecen por completo de ella.
Entre los testigos de aquella noche de enero y los hombres formados para presenciar el fusilamiento, varias resoluciones se habían dictado, anulado o confirmado. Jacques Dalstein, por su parte, no gozó de ninguno de tales aplazamientos. Había hecho poner a su hijo en libertad; al día siguiente de partir de Metz, se certificaba su muerte en un caserío. La causa judicial preserva estos dos ademanes contrapuestos: un padre que obtiene una merced, y un hijo que rehúsa que se disponga una cama para el moribundo. El cadalso desmontado no debe relegarlos al olvido.
