El 21 de febrero, después del desayuno, cuatro personas de la casa de Chatonay sufrieron violentos vómitos. Cinco criados, que habían bebido los posos del café endulzados con un terrón de azúcar moreno, no experimentaron malestar alguno. En la alcoba, el café con yemas de huevo se había preparado para el abate de Bouvard, amigo de la familia; la doncella había llevado el azucarero y, a continuación, la señora de la casa había compartido el brebaje con sus hijos. Un solo hombre no lo había probado: el señor de Vocance, presente durante el refrigerio, jamás desayunaba ni bebía café. Antes de que concluyera el día, el abate habría muerto y el amigo se convertiría en sospechoso.
El señor de Vocance, antiguo consejero en el Parlamento de Grenoble, se había retirado de sus funciones cuando dicha corporación fue suprimida en 1771. Se consagraba a sus asuntos domésticos y a la educación de sus vástagos. Durante la temporada estival, trasladaba a su familia a Chatonay, en el Bajo Delfinado, a cuatro leguas de Vienne. Allí había trabado con el abate de Bouvard una amistad que se prolongó a lo largo de nueve años. Canónigo de Saint-Pierre, pariente de la señora de Vocance y de edad ya avanzada, el eclesiástico poseía escasas rentas; la casa de campo había llegado a ser tan suya como de sus anfitriones, y solía pasar en ella la mitad del año.
Bouvard, descontento con algunos de sus sobrinos, quiso legar una porción de su modesta herencia a los hijos de su amigo, en testimonio de gratitud por la hospitalidad y los desvelos recibidos. El señor de Vocance rechazó esta donación y señaló al testador al más joven de sus sobrinos como el heredero natural. En las disposiciones acordadas, solo figuró en calidad de albacea testamentario. Para Champagnac, esta negativa tornaba inverosímil que hubiese pretendido luego apoderarse de los bienes del abate mediante un crimen. Semejante razonamiento pertenece a la defensa del encausado; el hecho en sí, consignado en la crónica, precedió en pocas semanas al suceso que transformaría su amistad en sospecha.
Hacia finales de diciembre de 1780, Bouvard regresó para hospedarse en Chatonay. Los Vocance se disponían a volver a Vienne para pasar el invierno, pero prorrogaron dos meses su estancia a fin de complacer el ruego de su amigo. El 20 de febrero de 1781, el abate solicitó para el día siguiente un café preparado con yemas de huevo. La señora de Vocance ordenó el desayuno. La cocinera cascó dos huevos y separó las yemas en un plato; la doncella acudió a la despensa, regresó con el azucarero colmado de azúcar moreno y espolvoreó las yemas. Llevó después todo a la habitación donde se hallaban la señora de Vocance, sus hijos y su esposo.
El señor de Vocance batió los huevos. Su esposa regresó, mezcló el café y sirvió dos tazas, llenándolas con la bebida preparada. Guardó una para sí y envió la otra a Bouvard, aún en el lecho, llevada por su hija de diez años. La madre dio asimismo unas cucharadas a los niños reunidos en torno a ella. Entre tanto, los criados habían vertido leche sobre los posos del café; la cocinera había añadido a su bebida un único terrón de azúcar moreno, del tamaño de una nuez, tomado del mismo azucarero. Cinco de ellos lo bebieron sin daño alguno.
Los estragos del desayuno no tardaron en manifestarse en la madre y los niños. El señor de Vocance, que no había probado ni huevos ni café, no acudió junto a ellos hasta oír sus quejas. Él y su esposa corrieron al aposento del abate: lo hallaron en su lecho, presa de los mismos padecimientos. Mandaron llamar al cirujano del pueblo. Este examinó la cafetera, el tenedor y el plato sin hallar en ellos vestigio alguno. Las miradas recayeron entonces sobre el azucarero. La doncella tomó una pizca y la tragó para probar que no consideraba peligroso el azúcar moreno; de inmediato, fue acometida a su vez por los vómitos. El cirujano disolvió una porción de azúcar en agua tibia y creyó distinguir, en el sedimento del fondo del vaso, una partícula de arsénico.
Urgió socorrer a los enfermos. El cirujano recurrió primero a la leche y luego la sustituyó por el tártaro emético, administrado en repetidas ocasiones y en copiosas dosis. Bouvard, que había consumido una taza entera, resultó el más gravemente afectado; los vómitos se prolongaron sin tregua. El médico le suministró después elixir de los cartujos y vino de Alicante. Tras doce horas de agonía, el abate expiró. Champagnac atribuye a este tratamiento una responsabilidad decisiva y refiere que los últimos instantes de Bouvard se debatieron entre los auxilios espirituales y las palabras de afecto hacia su amigo. Esta muerte arrebató al hombre que había brindado su cariño y una porción de su legado a los hijos de los Vocance; y dejó a la madre y a los jóvenes al borde de un peligro idéntico, del cual no se restablecieron sino al cabo de quince días.
El castellano del lugar abrió una primera instrucción sumarial. Se tomó declaración a los testigos capaces de esclarecer las circunstancias; el atestado recogió los pormenores del refrigerio, el empleo del mismo azúcar por la servidumbre y el estado de los comensales. El juez no dictó auto alguno. Con todo, antes de que la calma retornase a la mansión, la opinión pública se apoderó del suceso. ¿Por qué se habían celebrado los funerales del abate sin pompa alguna? El señor de Vocance había querido ocultar el deceso a su esposa; los desocupados y gacetilleros transformaron esta precaución en indicio de culpa. Se insinuó si el amo de la casa no habría mezclado él mismo el arsénico con el azúcar, y si los celos o su afición al juego no explicarían el deseo de deshacerse de su familia y de su amigo.
Los rumores crecieron hasta el punto de que el procurador general del Parlamento de Grenoble ordenó una nueva investigación judicial. Fueron interrogados los esposos Vocance, sus criados, los vecinos, drogueros y boticarios. Se descubrió que el consejero había comprado arsénico varios años atrás para combatir los roedores. Este hallazgo explicaba su presencia en el inmueble, pero no probaba quién lo había mezclado con el azúcar moreno. La existencia de un veneno y la designación de su poseedor distaban de establecer una intención criminal.
El juez de Vienne ordenó el arresto de la cocinera, de la doncella y de uno de los lacayos. Dos meses después, se libró auto de comparecencia personal contra el señor de Vocance. Este eludió la acción de la justicia, temiendo, según la crónica, que el proceso instruido contra sus sirvientes pusiese en peligro inminente su propia vida. En su rebeldía, el juez sobreseyó la causa para los tres criados, mas condenó al consejero a una ampliación indefinida del sumario y al pago de las costas. El procedimiento no demostraba el origen del tósigo; no obstante, perpetuaba la amenaza sobre la libertad y el honor de aquel a quien aún no lograba convencer de culpabilidad.
¿De qué suerte se había mezclado el arsénico con el azúcar moreno? Champagnac sostiene que nadie pudo saberlo a ciencia cierta. La despensa donde se custodiaba el azúcar era también frecuentada por las ratas; la llave quedaba a veces puesta en la cerradura, y los niños habrían podido causar la mezcla por descuido. Otra explicación, reputada como más verosímil por la crónica, procedía de dos testimonios: el tendero habría despachado unas libras de azúcar moreno que introdujo sin cautela en un saco que presumiblemente contenía un resto de arsénico. Al extraerse el producto por la parte superior, el azúcar no se habría contaminado sino en el momento de alcanzar el fondo. Este relato sugería un origen accidental, si bien el autor no presenta la hipótesis como un hecho demostrado.
El señor de Vocance apeló ante el Parlamento de Grenoble. El tribunal decretó una nueva instrucción y cartas monitorias a fin de esclarecer una causa en la que se ventilaban el honor y la vida de un ciudadano. En esta ocasión, las diligencias resultaron propicias al encausado. Servan asumió su defensa, rebatiendo con su elocuencia los prejuicios que habían conferido a un accidente doméstico las apariencias de un crimen. El 15 de julio de 1783, el Parlamento anuló la sentencia de primera instancia y absolvió de toda culpa al señor de Vocance, así como a los tres criados que habían sido involucrados.
Bouvard yacía bajo tierra; la señora de Vocance y sus hijos habían superado una dolencia gravísima; el consejero había padecido la huida y un fallo judicial que lo mantenía bajo un proceso sin término. El azúcar moreno había ofrecido un rastro de arsénico, pero su ausencia en las comprobaciones iniciales dio paso a toda suerte de conjeturas sobre el azucarero, la despensa, la llave y el saco del tendero. El veredicto definitivo no designó a quien había vertido el veneno en el azúcar. Únicamente restituyó a los procesados la honra de su nombre: la acusación no prosperó contra Vocance ni contra su servidumbre, y la muerte del abate quedó ligada a un enigma que ni la propia crónica consiguió desentrañar.
