El palo se había elegido, en un principio, para prestar un servicio. Del montón de leña menuda del tabernero, Roch había tomado uno bastante recio, al que desbastó la corteza para no lastimar la mano de su acompañante. Debía cargar con un pavo hasta Saint-Ouen. Al día siguiente, un mozo de mesón aseguraría haber visto en él manchas de sangre; pero la cocinera ya lo había arrojado al fuego. Un objeto que habría podido hablar a la justicia acabó ardiendo como vulgar leña de desecho. Quedaba tan solo el recuerdo de quienes lo habían visto pasar.
El 21 de enero de 1828, Raget había acudido a París en busca de dos cosas: quinientos francos y un ave de corral para un convite previsto al día siguiente. Antiguo militar convertido en vinatero en Saint-Ouen, bajo la enseña del Canonnier français, solía recurrir a Thibout, un cocinero que ya en otras ocasiones le había prestado dinero. El amigo no llevaba encima la cantidad solicitada. Le dio cita en una taberna, acudió a su encuentro y le contó las monedas una a una. Bebieron juntos, continuaron la charla en un café y se separaron hacia las dos y media de la tarde.
Raget no emprendió de inmediato el camino de regreso a Saint-Ouen. A las ocho de la noche, entró en casa de Osmond, hospedero y tratante de vinos en Clignancourt. Pidió de comer, luego de beber, e invitó a cuatro parroquianos presentes a compartir su consumición. Entre ellos figuraba un huésped a quien conocían por el apodo de Petit-Jean. Se trataba de Roch. Había servido en el ejército, desertado, sufrido una condena militar cuyo castigo le fue condonado, y vuelto a desertar. El nombre supuesto le permitía subsistir en París; hallaba trabajos precarios y se alojaba en casa de Osmond desde diciembre.
Hacia las diez, Raget quiso saldar la cuenta. Extrajo del bolsillo un pañuelo que contenía los quinientos francos recibidos de Thibout y lo colocó sobre la mesa. El dinero destinado a reflotar sus negocios quedó así expuesto ante los comensales que acababa de conocer. Solicitó a continuación un palo para suspender el pavo envuelto en un paño. Roch se ofreció a buscarlo sin que nadie se lo pidiese. Cuando Raget buscó un compañero para el camino, se dirigió a él. Roch aceptó, a condición de poder pernoctar en casa del vinatero en Saint-Ouen. Se cerró la promesa y ambos hombres salieron.
Regresaron escasos minutos después. Esta vez, Raget venía colérico: acusaba a su acompañante de haber intentado hacerlo caer en el fango, acaso para robarle, y rechazaba su ayuda. Roch replicó que bien podía quedarse allí. No hubo, pues, una confianza serena y constante que fluyera de la mesa al sendero; se produjo esa interrupción, ese retorno ante testigos, esa sospecha formulada antes de la partida definitiva. Osmond y su esposa tenían a ambos hombres ante sus ojos. El peligro, de haberlo entrevisto Raget, no había tomado aún la forma de un hecho consumado.
Raget exigió de nuevo bebida. El matrimonio se negó al principio, juzgándolo ya demasiado bebido, pero consintió en servir una última ronda bajo la promesa de que se marcharía. Pidió un farol y volvió a mudar de parecer respecto a Roch, convidándole a acompañarle. Hacia las once y media, abandonaron Clignancourt juntos. Roch portaba el ave, el palo y la luz; Raget se apoyaba en su brazo. La escena reviste una sencillez engañosa: un hombre prestaba auxilio a otro, y los objetos encomendados a sus manos eran precisamente los que este último requería para regresar a su hogar.
Al amanecer, Raget fue hallado muerto. Su cabeza presentaba numerosas heridas; las diligencias describieron la acción combinada de un instrumento cortante y de un objeto contundente. A pocos pasos yacía el farol, desprovisto de su vela. Roch no había vuelto a dormir a casa de Osmond. Las sospechas recayeron de inmediato sobre él y se transmitieron sus señas a la gendarmería. El 23 de enero fue arrestado en un despacho de vinos de Les Batignolles. Negó haber dado muerte a Raget. Alegaba haberlo visto caer y haber intentado ponerlo en pie antes de alejarse.
La investigación reconstruyó entonces su itinerario tras la separación que aducía. Durante la noche, se había hecho trasladar en carruaje de alquiler a casa de Labruyère, hospedero de la calle Pierre-Lescaut. Allí había cenado en compañía de una mujer llamada Justier. Ella había advertido sus manos y sus ropas muy sucias, así como la atención reiterada que el hombre les prestaba. Al día siguiente, el pavo destinado a la fiesta de Saint-Ouen se sirvió en aquella mesa, donde almorzó asimismo el cochero Chalmet. Roch había alquilado su carruaje para toda la jornada. El ave ya no era una compra devuelta a casa de un amigo; seguía ahora los pasos del superviviente de la marcha nocturna.
En la cocina, el mozo Kowaski había divisado en el palo unas gotas que tomó por sangre. Después, la madera había sido arrojada al fuego. Las ropas corrieron otra suerte. Roch las desgarró y las arrojó por la ventana; Kowaski recogió los pedazos y solo conservó al principio media blusa, que Roch le volvió a reclamar. Para salir a la calle, este se arrebujó en el capote del cochero y fue a comprar ropa al mercado Saint-Jacques. Se mudó también de calzado, dejando los viejos zapatos a la vendedora. Lo que abandonaba se tornaba, a ojos de los pesquisas, más precioso que lo que acababa de adquirir.
Se recuperaron diversas prendas que fueron sometidas al peritaje de Barruel y Vauquelin. Su análisis concluyó que se trataba de manchas de sangre. Roch había hablado primero de restos de tabaco de mascar; invocó después la sangre que el pavo hubiera podido desprender. La esposa del hospedero rebatió esta explicación señalando el estado del ave, muerta desde hacía al menos dos días y cuya herida estaba seca. Ante el tribunal de lo criminal, alegó además que pudo haberse herido o sangrado por la nariz al caerse y al intentar levantar a Raget. Los análisis no atribuían esa sangre a un individuo identificado; no obstante, situaban sus sucesivas explicaciones frente a una dificultad material insoslayable.
En la vista del 30 de abril de 1828, Roch sostuvo no ser el autor del homicidio. La acusación cotejaba la última caminata, la ausencia del alojamiento, la posesión del pavo, los gastos y las ropas abandonadas. Cada objeto reconducía a los testigos hacia el mismo intervalo: tras la salida de casa de Osmond, antes de la llegada a casa de Labruyère. Ningún alegato sobre el aspecto del encausado resultaba tan elocuente como aquel trayecto. El jurado deliberó durante una hora y media, respondió afirmativamente a los cargos de asesinato y robo, y el tribunal dictó la pena de muerte.
Su recurso de casación fue desestimado. El 27 de junio, al término del traslado desde Bicêtre a París, Roch pidió entrevistarse con Appert, un filántropo a quien había conocido durante su servicio militar. La entrevista consignada en la crónica no arrojó la confesión aguardada. Roch reconoció el robo, mas continuó negando el crimen. Admitía que las circunstancias podían mover a sus jueces a condenarlo, al tiempo que rechazaba esta última responsabilidad. Sus palabras habían mudado una vez más de alcance: lo que en adelante rebatía ya no era haber cometido falta alguna contra Raget, sino el acto concreto de haberle arrebatado la vida.
Appert permaneció junto a él hasta la hora de partir hacia el patíbulo. Roch fue ajusticiado sin haber admitido jamás, según este relato, el homicidio. La crónica recalca su aplomo; el sumario conserva, por encima de todo, el abismo entre esa negativa y el veredicto del jurado. En cuanto al palo preparado con tanta solicitud en casa de Osmond, nunca pudo aportarse como pieza de convicción en la audiencia. Otros objetos habían ocupado su lugar: unos zapatos, media blusa, un farol abandonado en el camino. Raget había solicitado ayuda para regresar a su hogar; fue a través de los vestigios de aquel auxilio brindado como la justicia siguió el rastro de su último compañero.
