El 12 de septiembre de 1886, una noticia corrió como la pólvora por el distrito manufacturero de Viena: Karl Schiske, apoderado de la casa Gebrüder Klinger, se había presentado por su propia iniciativa ante el tribunal confesando considerables malversaciones. Quienes lo conocían creyeron al principio en un error. Desde hacía veinte años, dirigía prácticamente en solitario la sucursal vienesa; los propietarios, establecidos en Bohemia, le habían confiado las llaves, las cuentas y el gobierno diario de la empresa. Se le tenía por hombre exacto, reservado, ajeno a todo lujo. Al día siguiente, sin embargo, los periódicos anunciaron que se hallaba detenido y que se había descubierto un descubierto de sesenta a setenta mil florines.
La ciudad se apresuró a adjudicarle una pasión oculta. Unos hablaban de la lotería, otros de especulaciones bursátiles; otros tantos aseguraban que aquel hombre tan sobrio en su hogar había colmado de joyas a una bailarina. La crónica del Neue Pitaval recoge estos rumores para mostrar cuán arduo resultaba a sus allegados concebir otra explicación. Schiske jamás se había hecho notar en los teatros ni en los lugares de recreo; sus desembolsos personales, según los testimonios, seguían siendo modestos. Pero el recelo popular exigía una trama sencilla: el dinero desaparecido forzosamente debía haber alimentado una doble vida.
Schiske, por su parte, ofreció una versión aún más desconcertante. En la audiencia del 10 de noviembre, sostuvo que el déficit obedecía a una administración desordenada y no a un enriquecimiento personal. Había pagado de su propio peculio —afirmaba— desembolsos ordinarios de la firma sin llegar a asentarlos, había omitido rebajas concedidas a los clientes, pasado por alto honorarios de letrados y pólizas de timbre, adelantado sumas a los empleados y registrado facturas por su importe íntegro a pesar de los descuentos acordados. Se había conducido como si el negocio fuese suyo, empeñado en preservar a toda costa la apariencia de una sucursal siempre próspera. En aquel momento ya no podía aportar todos los justificantes. Reconocía su deber de reintegrar cuanto adeudase, pero negaba haberse apropiado de un solo florín.
El presidente del tribunal escrutó al hombre antes que a los libros: cincuenta y seis años, dos matrimonios, un hijo, el semblante marcado por una viva inquietud. Schiske había comenzado con un salario anual de mil doscientos florines; sus emolumentos se habían elevado luego a mil ochocientos, más una participación en los beneficios. Poseía una villa en Währing, adquirida a plazos, y llevaba, a tenor de los autos, una existencia arreglada. Declaró que su madre le había dejado en herencia cerca de veinte mil florines y que la póliza de seguro de su primera esposa le había reportado seis mil; caudales todos ellos destinados, según su relato, a enjugar el déficit. Más tarde había cedido a la firma su casa, sus muebles, sus libros, sus ropas y sus derechos de crédito. No le quedaba, afirmó, más que lo que llevaba puesto.
La sala escuchó entonces el interrogante inevitable que suscitaba semejante conducta: ¿por qué denunciarse a sí mismo si lo cometido respondía a una torpe gestión antes que a un delito? Schiske contestó que había obrado de manera ilícita. Mas, cuando el presidente le inquirió si había retenido alguna suma en provecho propio, respondió con una negativa rotunda. Su defensor insistió en la frontera capital entre una deuda mercantil, sujeta a cálculo, y una apropiación fraudulenta, sujeta a prueba. El ministerio fiscal, por el contrario, recordó que, tras conferenciar con su empleador, Schiske se había presentado al día siguiente ante los tribunales manifestando haber tomado sesenta mil florines para sus propias necesidades. Aquella primera confesión pesaba en su contra; su retractación en estrados venía a contradecirla.
Anton Klinger, hijo de uno de los propietarios, compareció como único testigo. Había contratado a Schiske en 1864, para conferirle la procuración en 1866. Describió una teneduría impecable, una casa que siempre creyó rectamente administrada y una confianza tan ciega que jamás le exigió un arqueo de caja. A partir de 1878, el saldo disponible había alcanzado entre ocho y diez mil florines; el constante desarrollo de la firma parecía justificar holgadamente tal remanente. Los dirigentes habían cesado de aceptar giros, convencidos de que un fondo de maniobra bastaba para la marcha del negocio. No revisaban la cartera de efectos, ni los créditos que Schiske negociaba a espaldas de la dirección.
La señal de alarma provino de una imposición de diez mil florines transferida por un banco a la orden de Schiske, en el mes de septiembre. Klinger le pidió explicaciones. El apoderado adujo que había querido auxiliar a un amigo; respuesta tan vaga empujó a Klinger a trasladarse a Viena para reclamar, por vez primera, las llaves del cofre. Schiske le reveló entonces la verdadera dimensión del desastre. El déficit total presentado a los propietarios se elevaba a 78 248 florines. No obstante, la empresa admitió después que cabía deducir ciertos gastos legítimos de explotación, y redujo su reclamación pecuniaria a 43 263 florines. Los anticipos, las quitas, los intereses de descuento y las letras libradas sin autorización se habían imbricado de tal modo que resultaba imposible reconstruir con premura cada operación.
La declaración de Klinger no despejó el enigma; antes bien, lo tornó más humano y desolador. Admiraba a Schiske, lo consideraba un maestro en su oficio y nunca habría querido agraviarlo imponiéndole una fiscalización. Creía además que el apoderado contaba con rentas y patrimonio heredado. Consideraba factible la veracidad de los descargos de Schiske, al tiempo que reclamaba el legítimo resarcimiento de la compañía. La confianza no había sido una mera inclinación moral: se había erigido en la propia norma contable. Nadie había verificado la caja en veinte años. Así, la pulcritud de los asientos, que debió haber sido garantía de solidez, servía de parapeto a maniobras mantenidas al margen de los balances. A medida que vencían los plazos, los pagarés descontados allegaban la liquidez requerida, pero los intereses ensanchaban el abismo que debían colmar. Los anticipos, descuentos y costas omitidos de los libros no configuraban una contabilidad B fácil de tasar; se diluían entre las pérdidas corrientes y el pasivo.
La acusación sostuvo que las deudas ficticias y los efectos mercantiles no habían sido sino ardides para distraer caudales; la defensa replicó que habían sostenido los dispendios y rebajas de la sucursal, absorbiendo luego el servicio de los intereses de un mecanismo concebido para aplazar el reconocimiento de las pérdidas. ¿Albergó Schiske el propósito deliberado de expoliar a sus patrones? Las probanzas articuladas en la vista no permitieron acreditar tal dolo. Los balances constataban un quebranto y una administración contraria a derecho; no bastaban para probar el destino personal de los fondos. La propia compañía reconoció partidas invertidas en provecho del negocio y convino en detraerlas de su demanda.
El tribunal absolvió a Schiske y decretó su inmediata excarcelación. Remitió a los Gebrüder Klinger a la vía civil ordinaria para dirimir la reclamación de daños: una conducta gravemente negligente podía acarrear responsabilidad contractual sin revestir tipicidad penal. Ello no significaba que los libros hubiesen sido llevados con corrección, ni que los dueños quedasen resarcidos por el fallo. No llegó a incoarse litigio civil alguno; Schiske y la familia Klinger zanjaron la indemnización mediante un acuerdo privado.
El cronista de la época atribuye finalmente el descalabro a una desmedida soberbia profesional: Schiske habría sacrificado su patrimonio con tal de conservar el lustre de un opulento comerciante y dilatar la amarga confesión de sus quebrantos. Esta hipótesis no constituye la verdad jurídica del tribunal, mas imprime a la causa toda su tensión novelesca. Un hombre inmune a toda fiscalización, una firma mercantil entregada a la fe de los libros, adelantos librados bajo la razón social y gastos efectivos marginados de los asientos habían engendrado un déficit en el que la justicia criminal no pudo dilucidar un enriquecimiento propio. Schiske perdió su posición y sus bienes; el resarcimiento se saldó mediante un pacto privado. A las puertas del presidio, la confesión parecía haber cerrado el expediente. En los estrados del tribunal, no hizo sino abrir el drama.
